SUSANA ANDRADE
Cantarle a Don José allí en la plaza Libertad, abrazada a una de las grandes protagonistas de la saga histórica de poner tras las rejas al ex dictador Bordaberry y a su cómplice canciller, llorando las dos de emoción incontenible, fue glorioso. Las imágenes y sobre todo los sentires, no se borrarán fácilmente.
Nunca cantar a Artigas nuestro prócer tuvo un significado tan poderoso, tan profundo y trascendente. Como el apagón de la noche anterior y casi a la misma hora, la noticia de la decisión del procesamiento con prisión de ambos otrora represores nos sacudió en masa.
¡Ay Dios de todos, qué momentos! La doctora Martínez Burlé en el interior del país cuando le avisan lo que acaban de pasar por televisión, y la letrada que corre a cumplir una de sus promesas más íntimas que por serlo no se puede contar. La cosa era disfrutar la victoria del bien sobre el mal, y cada uno rumbeamos para el interior de nosotros mismos antes de volcarnos al abrazo necesario y desesperado. Digo desesperado porque ya no lo esperábamos.
¿Conocen lo que se llama el síndrome del niño apaleado? ¿Ese al que le van a hacer una caricia y se tapa con los dos brazos porque la rutina es el golpe? Así era siempre para los uruguayos en materia de pedir justo castigo a los culpables del gobierno de facto y sus secuaces. Entonces: ¿Cómo no vamos a festejar?
Lo usual era la impunidad, el despliegue de arrogante injusticia, la subestimación del drama de "los de los ojos en la nuca", la falsedad institucionalizada para no incomodar a los dueños del sistema. En resumen: la negación de la inmoralidad del terrorismo de Estado. Los equivocados éramos los que protestábamos.
"La letanía de los familiares de asesinados y desaparecidos aburre", dicen los que posan de duros u objetivos demostrando ser despreciablemente insensibles o peor aun, enemigos del pueblo. Matar y torturar a personas por su manera de pensar era cosa vista como normal en este país tan pequeño en su geografía pero tan intenso en su historia.
El magistrado Roberto Timbal, actual juez de la causa por los asesinatos de los legisladores Michelini y Gutiérrez Ruiz en 1976, juicio iniciado en 2002 por los abogados doctor Walter de León y doctora Hebe Martínez Burlé, nos sorprendió a todos con su ritmo y nos puso a bailar al toque de su nunca mejor sonante timbal.
Los uruguayos festejamos esa tarde con humano derecho la victoria de la democracia por encima del miedo y la ilusoria y vigilada paz que todavía se atreve a mencionar Sanguinetti. Celebramos el triunfo de la igualdad de las personas ante la ley.
Bordaberry preso... Lo primero que pensé cuando lo supe fue: ¿Será verdad? ¿O será Justicia?
"Si la patria me llamaaaa, aquí estoy yo", resuena la plaza en un límpido eco de alegría. Coro de ángeles jóvenes, viejos y niños, de mujeres y hombres con un solo sexo llamado Memoria. Coro de pueblo ensayado a dolor descarnado de pérdida tras pérdida. Coro que viene de tumbas no encontradas y brama ante mentiras uniformadas que duelen como picana en los genitales del Uruguay.
Cantá Hebe, dale, esta parte es tuya.
Mientras; yo te hago música con mis lágrimas. *
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