LEOPOLDO AMONDARAIN - Convencional del Partido Nacional
Ni como uruguayo ni como blanco, tengo la más mínima simpatía por Bordaberry. Como ciudadano de mi país, porque fue la cara visible y por ende responsable primario del quiebre institucional. Razón que sirve también como blanco. Aunque no hubiese podido evitar el golpe de Estado, que por el contrario fomentó, su obligación moral y legal era enfrentarlo y oponerse. No solo no lo hizo sino que quiso ponerse al frente desde el punto de vista ideológico.
Colectivista convencido, es tan enemigo del régimen democrático como los que desde las sombras opositoras provocaron la caída de un régimen electo por el pueblo y no impuesto por el estampido de las armas. Pero como blanco le tengo que sumar que su primer paso político efectivo electoral fue el de aprovecharse y traicionar la confianza de nuestro partido en una coalición, "enancado" en Nardone y su ruralismo para salir electo senador en la ocasión. No solo lo hizo sino que posteriormente publicitó a los efectos de la traición una serie de diferencias con los blancos que un hombre público y avezado político debió conocer con antelación obvia a la integración en listas nacionalistas. Sin olvidar claro está, la traición también a su colectividad colorada a los efectos de ocupar un sillón senatorial blanco.
No fue un hombre que hubiese trabajado con ahínco ni por los colorados ni mucho menos por los blancos no obstante las altas investiduras que le tocaron a la postre en suerte. Supongo que en los colorados habrá pesado su tradición familiar, y en los blancos un acuerdo electoral con Benito Nardone, su amigo personal. Por una u otra razón oportunista, llegó. Y en el primer momento que tuvo de demostrar por lo menos un mínimo de agradecimiento, sin recurrir al respeto a las libertades públicas más elementales, nos pagó con una "puñalada trapera", pidiendo la disolución política de quienes lo habían proyectado. ¡Más frutillas encima del postre, imposible!
Pero también es cierto que la justicia en la oportunidad no nos parece acertada. No porque no se le quiera enjuiciar. Razones válidas las hay de sobra. Todas contundentes como para "tirarle con el Código Penal por la cabeza". Pero no justamente las esgrimidas que merecen dudas obvias y groseras. El propio senador Michelini, hijo de Zelmar, una de las dos víctimas señaladas, lo exculpa en su diálogo con el hijo Pedro Bordaberry grabado. Y Gonzalo Fernández, secretario de la presidencia y grado cinco de Derecho Penal por añadidura, lo rubricó también. La presunción cada vez más real, de que no apretaron el gatillo ni tuvieron con el canciller Blanco decisión en el hecho concreto, de un delito incluso cometido en la Argentina, salta en forma obvia. La compartimentación en plena guerra desatada era notoria y la poca injerencia que en esta materia como en todas las otras les quedaba a esa altura, era prácticamente nula.
No se pueden inventar delitos de los que no son responsables sino de los reales, que este dictador por supuesto los cometió. A nadie se le puede ocurrir que el senador Michelini y el secretario de la Presidencia quieran proteger o tener simpatías por Bordaberry. Y ellos mismos son los que dan los mejores argumentos al respecto. Reitero, como blanco y wilsonista por añadidura, que supimos estar presentes en las barras del Senado la noche de la infausta despedida institucional y cierre democrático del palacio de las Leyes, repiqueteándonos aúun en los oídos las tonantes sentencias de nuestro líder Ferreira, denunciando a Bordaberry como el principal enemigo de la Patria y del Partido Blanco del Padre Oribe, no me convence ni tampoco a mucha gente con sentido común, que creemos deben ser juzgados por pruebas contundentes y reales que las hay, y no por un manto de dudas que pueden dejar a la Justicia mal parada y a Bordaberry nada menos, convertido en víctima. *
Comentarios (beta!)