FERNANDO LOPEZ D'ALESANDRO - Historiador, docente de la Regional Norte de la Universidad de la República
Irene Barros y Gloria D'Alesandro son dos subversivas. A cuenta de que nuestro modesto autito es un bien ganancial, la señora Barros --jamás de López-- me obligó a llevarla con su suegra al Memorial de los Desaparecidos el Día de los Derechos Humanos. No conformes con eso, ambas adquirieron, váyase a saber cómo, una botella de champaña y me obligaron --sí, me obligaron-- a sentarme en la rambla, a brindar por la muerte del señor general Augusto Pinochet Ugarte. Las siguientes líneas son para rescatar mi conciencia.
Dos semanas antes del auténtico 11 de setiembre, o sea de 1973, el presidente constitucional de Chile, Salvador Allende, designó comandante en jefe del ejército al general augusto pinochet (así, con minúsculas). El General Prats (con mayúsculas) caído luego del caceroleo de las esposas de sus subordinados, y del tancazo de junio, sugirió a Pinochet como un seguro sucesor.
El hombre era confiable. Alguna vez en Chile me contaron del servilismo del actual finado hacia las autoridades de la Unidad Popular. Cómo reprendía a sus subordinados cuando se vestían de gala y les recordaba que el de Allende era un gobierno popular. Sembró confianzas para cosechar traiciones. Tan confiable era el hombre que Clodomiro Almeida --canciller de Allende-- no se cansaba de contar que aquel 11 de setiembre, cuando los aviones ya amenazan la Moneda, Allende se lamentaba: "Lo que le estarán haciendo al pobre de Pinochet".
Pinochet fue, primero, un traidor.
Juró por la Constitución y se apoyó en la confianza de Salvador Allende. Pero no quiso ni pudo frenar las conspiraciones militares. Al final, parece que sobre el límite de la fecha, se sumó al proyecto de golpe.
Fue un oportunista.
Apareció sentado, con sus lentes negros y con su perfecta cara de culo, entre los otros comandantes, asumiendo la responsabilidad de la victoria segura. Victoria que llenó estadios, pero no de simpatizantes. Victoria que sembró 3.000 muertos seguros, y miles de desaparecidos. El modelo económico dicen que fue un éxito.... sembrado sobre miles de cadáveres.
Pinochet fue un asesino.
Chile fue el ejemplo de neoliberalismo, aunque jamás la dictadura permitió la privatización del cobre, nacionalizado por Allende. Creció y las estadísticas decían que la riqueza era para todos. Las barriadas pobres que vi en Santiago ¿existían?
Además, a pesar de la represión, se aseguraba que el dictador no era corrupto. Hoy las cuentas en la banca extranjera florecen con cifras pasmosas a nombre del general y su familia.
Pinochet, fue un ladrón.
¿Vale la pena lamentarse por la muerte de un traidor, un oportunista, y además, asesino y ladrón?
Brindemos.
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