RICARDO CAPPELETTI - Analista
"Pinochet hoy, Fidel mañana", reza el título de un editorial reciente de prensa de un medio que comulga con las opiniones del diputado colorado Washington Abdala y que pretende medir con la misma vara en esa invocación al líder de la revolución cubana y al conductor del golpe militar que en setiembre de 1973 acabara con la vida del Presidente Allende. Nos parece un despropósito mayúsculo en el que la derecha política vernácula ha incurrido sistemáticamente, pretendiendo identificar la impronta de un liderazgo continental y mundial con la caricatura de un dictador agonizante y su consumada desaparición física. Esta improvisación grosera implica además un tremendo desconocimiento de lo que ha sido el devenir histórico de América Latina, sus luchas de independencia frente al colonialismo y la dominación imperial, la aplicación de políticas económicas de hambruna de la mano del sistema global neoliberal y de naciones convertidas en laboratorios humanos, cuyas dictaduras, durante los años 70 y 80, exterminaron a opositores políticos desapareciendo, torturando y agrediendo a pueblos sometidos al terrorismo de Estado.
La historia absolverá a Fidel y a su pueblo, pues no existe en este mundo plagado de pandemias, inequidades, emperadores y pretores que gobiernan los destinos de la humanidad, algo más puro y cristalino que la alborada continental cubana del pasado siglo XX, anunciando la redención del hombre frente a la explotación capitalista.
Todos, quienes nos consideramos parte de la izquierda, somos hijos de aquella generación de luchadores políticos y sociales que alumbraron el continente a comienzos de los años 60. No pueden existir dos opiniones frente a Fidel.
Es el líder de una revolución triunfante, de un pueblo que siente orgullo de su liberación. Rebasa la estatura de político o estadista y transforma en épica la gesta libertaria vencedora de Batista, del bloqueo yanqui, de sus detractores y enemigos, "yuppies" y neorrevisionistas que pululan en la política del posmodernismo y cual augures del amo del mundo anuncian nuevamente el fin de una historia de mística y fuego sagrado de convicciones antiimperialistas.
Resulta tragicómico escuchar de boca de los ideólogos y profetas neoliberales la ansiada transición hacia la democracia de los Reagan, o los Bush. Serán los cubanos de la isla --y no los saboteadores y conspiradores de Miami-- quienes determinen el curso a seguir, una vez producido lo ineluctable. Más de 1.000 personalidades de todo el mundo celebraron en La Habana hace unos días el 80 cumpleaños de Castro, a pesar de su enfermedad y de los agoreros.
Millones de personas celebramos su vigencia y expresamos nuestra gratitud hacia quien es ejemplo de coherencia entre lo que se dice y se hace. Fidel ya entró en la historia.
A cuarenta y siete años de aquella gesta y obviando las categorizaciones, los matices propios de cada realidad social y política, América Latina avanza hacia su definitiva liberación, de la mano del arma más contundente y preclara: el voto.
Estas conquistas democráticas y populares recogen la siembra de quien, por otros caminos, liberó a su pueblo, protagonista de los cambios profundos, amo y señor de su destino.
En las antípodas del heroísmo se sitúa Pinochet. La civilización democrática global ha condenado a quien pretendiera perpetuarse como "libertador" de Chile, eludiendo la justicia por delitos de "lesa humanidad", apropiación indebida de dineros y bienes públicos, falleciendo paradojalmente el Día de la Declaratoria Universal de los Derechos Humanos.
En el ocaso de su vida fue desechado por todos quienes le utilizaron como brazo armado de sus privilegios, incluidos los actuales ocupantes de Irak. ¿Puede haber mayor deshonra, juicio y lapidario epitafio sobre su tumba? *
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