CARLOS LEMOS
En verdad que el ex presidente Julio María Sanguinetti tiene una virtud que lo caracteriza: puede hacer levantar indignado a un muerto de su tumba. No es nuestra costumbre opinar sobre todo lo que pasa en el país, pero cada vez que el líder del Foro Batllista (sector político hoy resumido a su mínima expresión) toma una bandera hay que sospechar. En la noche del martes lo vimos por televisión, casi fuera de su habitual compostura. Mientras unas 15 o 20 personas -siempre las mismas- lo escuchaban con devoción, Sanguinetti con su rostro empapado en sudor las arengaba con alusiones a violaciones a la Constitución que el actual gobierno pretende realizar, por ejemplo, con la reforma tributaria.
La parte más emocionante que hizo saltar literalmente de las sillas a sus adherentes fue cuando, casi encolerizado, se puso del lado de los jubilados y pensionistas. No vamos a permitir que la voracidad fiscal deprima aun más las magras retribuciones de la gente que trabajó toda su vida, dijo, más o menos, en alusión a los cientos de miles de pasivos que, se sabe, ganan muy poco. Es por ello, que vamos a luchar en todos los frentes e incluso pondremos en marcha un plebiscito a nivel nacional. Ahí sí, el paroxismo con el agitar de dos o tres banderas coloradas.
Sanguinetti dijo "hoy el jubilado es agredido por una reforma impositiva que pretende establecer que la pasividad es una renta". Aseguró que se impugnará la constitucionalidad de esas normas, "si es que se aprueban tal cual están hoy".
"Esta vez hay que ir más allá y juntar firmas para una enmienda constitucional que erradique definitivamente la posibilidad de imponer gravámenes a las jubilaciones y pensiones. Esto hay que definirlo y plebiscitarlo".
El senador defendió la gestión de los gobiernos de los que fue primer mandatario, señalando que el sistema de seguridad social que se instauró en su segundo mandato "fue una histórica construcción del Batllismo". Dijo que el sistema se había aproximado a la quiebra "y pudimos igualmente salvarlo, con una reforma que creó las AFAP, aseguró el ahorro individual del trabajador e hizo del BPS una estructura moderna".
Pero, ¿de qué hablaba Sanguinetti?
Lo que estaba haciendo, ni más ni menos, era un intento de desinformar, de embaucar a la gente que, radio y televisión mediante, lo pudiera estar escuchando y viendo. Quería hacer creer que la reforma tributaria alcanzaría a gravar a jubilaciones y pensiones de dos mil, tres mil o 10 mil pesos. Pero, en rigor, basta con ojear la reforma para saber que en realidad el que va a tener que pagar algunos pesos flacos va a ser él, por su buen sueldo como ex presidente de la República. De paso, Sanguinetti le hace un favor a unos dos mil amigos en igual situación, de los partidos tradicionales. Se sabe de sobra que el 90 por ciento de los jubilados y pensionistas del país no van a tener que erogar un solo peso cuando empiece a aplicarse la reforma tributaria, ya lo explicó hasta el cansancio el ministro Astori y ayer el contador Asti.
Salvando las distancias y con mucho respeto, esto tiene algo de similitud con la Ley de Caducidad.
En este caso no importa alterar la tranquilidad de cientos de personas de edad avanzada con el siniestro cuco de que los van a dejar sin comer por los impuestos que van a aparecer en sus sobres ya vacíos del BPS.
El recurso es intolerable, vulnera todo criterio humanista y atenta contra la inteligencia de los ciudadanos.
Impulsar un plebiscito popular para defender su propia jubilación no sólo es surrealista, es inmoral. *
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