La ejecución del ex dictador iraquí Saddam Hussein, lejos de propender a la normalización del país y a "sellar la paz", será sin duda un nuevo elemento irritativo que exacerbará los enconos internos y avivará el odio contra el ejército de ocupación.
En momentos en que Estados Unidos se halla empantanado y no se avizora una solución al conflicto (ni siquiera una "solución" bélica ya que la victoria militar tan anunciada ha debido diferirse una vez más), la condena contra Saddam Hussein a morir en la horca --fallo emitido por un tribunal de más que dudosa imparcialidad e independencia-- no significa otra cosa que un paso más en la escalada violentista que sacude al país mesopotámico y una demostración más de la soberbia, la ceguera y la prepotencia de la administración Bush. El imperio instaló en Irak un gobierno provisorio --y títere-- que se muestra incapaz de manejar una situación explosiva en la que se mezclan sentimientos nacionalistas, odios interétnicos, enfrentamientos entre sectas religiosas y toda una variada gama de intereses antagónicos que no se resuelven por la fuerza de los misiles.
Contra los optimistas anuncios de Bush en el sentido de que la incursión bélica sería fulminante y lograría un éxito inmediato prácticamente sin arriesgar la vida de soldados estadounidenses, 45 meses después del comienzo de la invasión el año 2006 se cierra con un saldo de tres mil bajas del ejército invasor. Pero Bush no se arredra y acaba de prometer la continuación de su estrategia de mantenerse a la ofensiva contra los "enemigos de la libertad" en pos de un "Irak libre y unido".
A esta altura, las patrañas inventadas por el gobierno estadounidense para justificar la agresión se han desmoronado estrepitosamente y la opinión pública va cayendo en la cuenta de que fue burdamente engañada. Jamás aparecieron las armas de destrucción masiva, no se logró la pacificación de Irak, no se alcanzó la unidad nacional, el ejército de ocupación está empantanado y todos los días sufre alguna nueva baja; con este panorama, fácil es explicar los altísimos porcentajes de desaprobación que viene registrando la gestión de Bush, así como los insistentes reclamos de que los soldados vuelvan a casa. Los estadounidenses cada vez tienen más claro que la empresa militar ordenada por su presidente no tuvo los resultados prometidos y empiezan a sospechar que detrás de ella se combinan intereses espurios de jerarcas gubernamentales.
Se ha venido al suelo todo el andamiaje de mentiras propagandísticas montado por el gobierno después del 11 de setiembre de 2001, tratando de explotar un supuesto sentimiento patriótico y el honor herido de un país que se creía invulnerable. Las grandes palabras vacías de contenido ya no convencen a nadie pues nadie cree, verdaderamente, que la guerra contra Irak responda al noble propósito de democratizar al país y de garantizar las libertades públicas.
El señor George W. Bush, fiel a sus antecedentes y a su imagen de sheriff bravucón y oligofrénico, ha dado un motivo más de intranquilidad a sus súbditos, pues viene en cierta medida a justificar el odio que el mundo musulmán profesa hacia Occidente en general y hacia Estados Unidos en particular. Las amenazas de nuevas represalias contra objetivos estadounidenses no se han hecho esperar, con lo cual se renuevan la sensación de inseguridad y el pánico de una sociedad que se creía a salvo.
Con esta ejecución torpe e innecesaria, Bush y la política desarrollada por la camarilla de ineptos y soberbios que lo asesoran ha logrado convertir a un dictador sanguinario en mártir. *
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