Cuando han transcurrido 17 años del primer encuentro de partidos de izquierda celebrado en Sao Paulo, esta instancia de análisis, discusión y propuestas progresistas comenzará las sesiones de su XIII Encuentro el próximo viernes 12 en San Salvador.
El mundo ha cambiado en estos 17 años. En América Latina, concretamente, durante ese lapso se verificó un aumento constante y sostenido del peso electoral de la izquierda en todos los países, al punto que hoy en día fuerzas y partidos políticos progresistas gobiernan en 12 países del subcontinente y se han constituido en la segunda fuerza electoral en México, Costa Rica, Colombia y El Salvador.
Como para dar un rotundo mentís a los pronósticos posmodernos que no vacilaban en anunciar el fin de la historia y de las ideologías, el Foro de San Pablo se convirtió en un faro desde donde se irradian ideas, propuestas, iniciativas, se diseñan estrategias que apuntan en definitiva a mantener la esperanza de un mundo mejor. El Foro de San Pablo ha sido el combustible necesario para mantener encendida la llama de la utopía.
Bajo la consigna de que "otro mundo es posible", la izquierda latinoamericana viene librando una batalla no sólo electoral y de acumulación de fuerzas sino, también, ideológica. El Foro ha sido una de las formas de enfrentar la ideología nefasta del "pensamiento único" del neoliberalismo, una doctrina que pretendió inhibir todo pensamiento crítico o contestatario con el argumento de que la realidad se imponía a cualquier intento cuestionador y que era menester someterse a ella con espíritu pragmático. Toda iniciativa, toda propuesta, todo proyecto que pudiera eventualmente configurar una amenaza a esa realidad funcional a los intereses de las clases dominantes y del poder económico mundial, era sistemáticamente catalogada de utópica y condenada unánimemente por su "falta de realismo".
Precisamente desde la caída del bloque soviético, en los comienzos de los noventa, hemos sido permanentemente bombardeados por la prédica conformista que propugna la resignación. Frente a ese "no se puede", o "es lo que hay" se ha levantado la bandera cuyo lema reza "es posible". La lucha que debemos librar quienes nos oponemos a la resignación es dura y desigual. Nos enfrentamos al poder omnímodo de los grandes grupos de poder que manejan a su antojo no sólo la economía --la suya y la del resto del mundo incluida la nuestra-- sino, también, toda la parafernalia mediática a su servicio. Para eso cuentan con intelectuales cuyos principios éticos fueron prestamente dejados de lado en aras del famoso realismo económico que se extiende como una mancha viscosa hacia todos los otros ámbitos de la vida: política, sociedad, cultura, mentalidades, modas, usos y costumbres. A través del cine, la televisión globalizada, la música y los discursos más o menos ingeniosos, las ideas guía del pensamiento único del neoliberalismo nos fueron presentadas como axiomas, esto es, como verdades evidentes ante las cuales no cabía otra actitud que la mansa aceptación de esa realidad.
La apertura de los mercados, la caída de las barreras arancelarias, la reducción drástica del Estado, el endiosamiento de lo privado, la competencia despiadada como valor moral, todo ese bagaje ideológico fue penetrando sutilmente en el inconsciente colectivo. Sin embargo, merced a la tenaz resistencia de movimientos como el Foro de San Pablo que nunca bajó los brazos ni los principios, los embates doctrinarios del neoliberalismo no han logrado destruir la esperanza. *
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