L as reiteradas contradicciones que se viven en la política argentina son asombrosas, por no calificarlas de otra manera. A la intempestiva designación presidencial de la candidata oficialista a la primera magistratura del país vecino, que fue decidida por el propio Néstor Kirchner, se suma una seguidilla de denuncias de hechos de corrupción que el gobierno argentino resuelve, por el momento, "mirando para otro lado"
La bolsa con dinero aparecida en el baño del despacho de la ministra de Economía, Felisa Miceli, las denuncias de escandalosa dispendiosidad de la directora de Medio Ambiente, Romina Picolotti, que designó con cargos muy bien pagos a amigos y parientes, se suman a hechos anteriores en que se comprobaron coimas por las cuales fueron destituidos dos altos funcionarios del gobierno.
El presidente argentino, ante la magnitud del desprestigio que está teniendo su gobierno, jaqueado un día y otro también por hechos que sorprenden a la opinión pública y que, además, son repudiados por la mayoría de los argentinos, hartos de un pasado lleno de funcionarios que se enriquecieron por maniobras concretadas durante la gestión pública, responde con mal tono, habla de la patria y sigue sumándose a las peores y más lamentables causas, como la que oponen el grupo de piqueteros de Gualeguaychú a la planta de la empresa finlandesa Botnia. Olvidando, quizás, acuerdos que han anunciado personalidades serias y responsables, como el periodista, Joaquín Morales Solá, que dio cuenta de un posible acuerdo para poner punto final a la enojosa situación luego de las elecciones presidenciales argentinas.
Al parecer, Cristina Kirchner no quiere, de ganar la elección, comenzar su gestión con ese conflicto irresuelto con Uruguay.
Sin embargo su marido, fiel a su estilo agresivo y demagógico, sigue echando leña al fuego, indicando que la lucha contra Botnia es una "causa nacional", sin reparar que sus afirmaciones lo único que hacen es desconcertar a quienes buscan el camino serio al entendimiento.
Bueno, es una contradicción más del presidente argentino, un hombre que llegó al gobierno con el 30 por ciento de los votos de la ciudadanía y luego, en una estrategia singular fue acumulando poder y más poder personal que, por supuesto, no le ha servido para mantener la supremacía electoral ni en la ciudad de Buenos Aires ni en Tierra del Fuego, en donde sus candidatos fueron derrotados sin levante.
La misma designación de Cristina Kirchner, para lo cual el presidente no consultó a nadie, despertó la repulsa de importantes sectores del propio Partido Justicialista, muestran al presidente argentino como un hombre con un descomunal poder personal que le sirve para manejar a su real saber y entender los asuntos de gobierno, pero sin suficiente peso político.
A Kirchner lo apoyan ministros, gobernadores y funcionarios, algunos de ellos, que tiemblan --afirman algunos periodistas-- cuando Kirchner se enoja y mira con cara indescifrable. Sin embargo, algunas encuestas de opinión pública lo tienen bien situado, quizás sea porque no ha aparecido un oponente presidencial de fuste, no obstante las significativas derrotas electorales en Buenos Aires y Tierra del Fuego.
Por más que Argentina siga creciendo, montada también en una coyuntura internacional favorable, y el gobierno continúe favoreciendo a sectores populares con subsidios en los combustibles, manteniendo además aplastadas las tarifas de los servicios públicos, no podemos decir que allí esté todo dicho. Las contradicciones del gobierno son demasiado agudas. Las consecuencias de los errores económicos se hacen evidentes, como en el caso de la energía, pues las empresas al recibir tarifas magras tampoco invierten de acuerdo a las necesidades del creciente consumo.
Veremos qué ocurre en octubre. Cristina Kirchner va tener todo el apoyo del oficialismo, pero ¿la gente la respaldará? *
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