Domingo, 26 de agosto, 2007 - AÑO 9 - Nro.2650
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La marginalidad que nos duele

L a marginalidad que observamos, lamentablemente, todavía en Montevideo, en cada cuadra, con personas agrisadas que duermen bajo mantas raídas o cartones, muchas de ellas que utilizan (en el mejor de los casos) la clasificación de basura como medio de vida, nos hace pensar en las carencias que todavía vivimos en un país que ha tenido un crecimiento considerable, medido en números, en el último quinquenio.

Una situación de exclusión o marginación social, que es un proceso por el que una sociedad rechaza a determinados individuos, desde la simple indiferencia hasta la represión inconsciente. También se da el caso de quienes, por no concordar con los valores y normas de una determinada sociedad, se automarginan y es muy difícil, por más esfuerzos que se hagan, volverlos a reincorporar al conjunto.

Característica común a todos los grados y tipos de marginación es la privación o dificultad para la normal satisfacción de las necesidades básicas, por ello hay personas que están en situación de calle y se siguen negando al calor de un refugio nocturno, en donde además tendrían alimento e higiene. Y ello ocurre también con menores de edad en situación de calle que, en este invierno infrecuentemente cruel, prefieren la intemperie a la regimentación de un hogar del INJU.

La problemática es difícil de abordar, pero fundamental. Con el nuevo gobierno se creó un nuevo Ministerio, para atender la pobreza pero, lamentablemente, pese a su loable acción, no ha logrado erradicar a la horrorosa marginación de cientos o miles de compatriotas que, al no tener trabajo dignificante por mucho tiempo, sufren el estigma de la vergüenza, la frustración e impotencia ante una sociedad que ven de alguna manera desarrollarse y avanzar al margen de ellos mismos.

Evidentemente los marginales son la contracara de una sociedad con traumas, que vive una realidad sociocultural que ha hecho surgir una nueva clase de hombre cuya ideología es el pragmatismo, la falta de compromiso ante la relativa imposibilidad de participar en la toma de decisiones, la neutralidad y el conformismo. Este hombre es frío y se vuelve más vulnerable e indefenso por la carencia de valores. Está perdido y desorientado.

No vive la felicidad ni la alegría. Por el contrario, sólo le importan el placer y el bienestar inmediatos. No puede preocuparse por el futuro debido a que está desesperanzado y a que no siente que pueda aportar un cambio en el devenir de los acontecimientos. Por ello, como todavía no ha internalizado los cambios que está provocando el gobierno progresista, tiene como objetivos el vivir lo mejor posible o, en su defecto, irse.

Son las rémoras del sistema neoliberal que viene de atrás, que creó sujetos individualistas, consumistas y con tendencias a caer en la imitación. Con ello, lo que se pretendía --de no modificarse-- es que la sociedad se mantuviera entretenida en otros asuntos y de tal manera no tuviera de qué preocuparse, ya que sin una sociedad que se manifieste, el sistema seguiría reproduciendo sus estereotipos sociales.

Quienes por diversas razones se separan de ese mundo son la contracara de la misma moneda, rechazando a la sociedad, automarginándose, por exclusión o marginación social. A ello se suma el proceso por el que la sociedad misma rechaza a determinados individuos, desde la simple indiferencia hasta la represión y reclusión. La característica común a todos los grados y tipos de marginación es la privación o dificultad para la normal satisfacción de las necesidades básicas.

La exclusión social es un proceso, no una condición. Por lo tanto sus fronteras cambian, y quién es excluido o incluido puede variar con el tiempo, dependiendo de la educación, las características demográficas, los prejuicios sociales, las prácticas empresariales y las políticas públicas.

Sin embargo, parecería que los casos de exclusión que están reiterándose por estos días en el Uruguay, que saltan a la vista y duelen las conciencias de todos los que queremos una sociedad mejor, son difíciles de retrotraer a un estado anterior. Si no es posible llevar a un refugio nocturno a una persona que está durmiendo en un portal con temperaturas bajo cero, ¿cómo será posible lograr otros niveles de socialización?

Por supuesto que el camino está en el trabajo, en la ocupación diaria, a la que le persona debe su salud, su subsistencia, su serenidad y su sentido común. Una dignificación esencial con la que se logra el respeto individual y, obviamente, el de la sociedad.

Pero, ¿es posible lograr ese objetivo? *


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