L os recientes hechos de violencia ocurridos en el fútbol nos deben llevar a una profunda reflexión, pero también se deben tomar medidas concretas. El pasado fin de semana los uruguayos vivimos un verdadero momento de estupidez, cuando las fuerzas del orden tuvieron que actuar para que no hubiera una verdadera guerra civil en el entorno del partido Cerro-Peñarol.
Por suerte la eficacia policial salió a relucir, lo que junto a la madurez de las directivas de ambos equipos permitió que no hubiera una batalla campal. Pero igualmente el espectáculo fue triste, porque no hay derecho a que las familias deportivas de nuestro país tengan que ir a un partido de fútbol rodeadas de granaderos.
Lo más grave ocurrió a pocas cuadra de allí, en las proximidades del estadio Paladino, en la zona del Pantanoso, donde el Lejano Oeste pareció revivir a punta de pistola, a poca distancia del partido Platense-Cerrito, situación que terminó con heridas de bala.
Si no hubiera habido balaceras y heridos, si no hubieran existido piedras y empujones, igualmente las horas vividas tendrían un sabor desagradable, porque nadie tiene derecho a expulsar de los campos deportivos a quienes quieren participar de un partido de fútbol.
Ante la reiteración de este tipo de actitudes que están encaramadas en algunos sectores de la sociedad, no cabe otro camino que actuar con severidad, siempre apegados a la ley. Pero con eso no alcanza, sino que hay que dar una gran batalla cultural en todo el país, tratando de integrar a los más amplios sectores de la población a una sociedad integrada, respetuosa de los códigos de convivencia.
En esa batalla cultural, que siempre es de mediano o largo plazo, debe jugar un papel fundamental todo el sistema de enseñanza, desde el sector básico a la Universidad. Pero que sea de largo plazo no quiere decir que haya que demorarse en el accionar.
Sería bueno que todas las aulas del país, durante esta semana, se abrieran a la reflexión sobre la violencia en el fútbol y se diera participación a alumnos, docentes, autoridades y padres.
No vale la argumentación de que los niños y los adolescentes deben de estar al margen de las malas manifestaciones sociales y que por esa razón hay que aislar al muchacho de las malas contaminaciones.
Los niños y jóvenes de nuestro país ya vivieron los hechos de violencia del pasado fin de semana a través de la televisión, de los diarios y de los medios radiales, y escucharon los comentarios de sus padres y vecinos; por eso la enseñanza tiene que encarar de frente esta problemática.
Por eso las aulas tienen que abrir sus puertas y ventanas, para que la reflexión sea serena y positiva. Incluso se pueden tener iniciativas colectivas que lleven a los alumnos a manifestarse mediante la expresión plástica o la escritura.
Si eso se logra se estará ganado un espacio para la vida, para la comprensión mutua, para ir construyendo espacios de paz y de entendimiento. Y se estará ganando desde el pie, con las nuevas generaciones construyendo nuevos hábitos culturales imprescindibles para fortalecer la democracia y la institucionalidad.
El fútbol, al ser una de las identidades fundamentales de los uruguayos, debe de reencontrarse con la familia como protagonista y para ello habrá que aislar a los violentos, que deberán ser recuperados por otros espacios del Estado y del sector privado.
El país está a tiempo de superar toda esta situación que nos hiere como uruguayos, como simples humanos que consideramos el juego y el deporte como parte sustancial de nuestras vidas. El sistema educativo tiene la palabra. *
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