Fortalecer la soberanía efectiva es la primera garantía del cambio
Hay en el conflicto con la Argentina --que poco tiene que ver ya con los riesgos ambientales de una planta de celulosa-- una razón cuya entidad y trascendencia es profundamente estructural. Uruguay ha sido bloqueado en su aspiración soberana, entendida esta ya no como un conjunto de valores e identidades, sino como la principal vía de sustentación para una proposición de cambio cultural, político, social y, obviamente, económico.
El cargoseo con Galeguaychú y el enfoque lugareño del conflicto disfuma los contenidos del conflicto, particularmente en sus implicancias de futuro. Botnia ha comenzado a producir y exportar; los flujos de su proyecto ya habían sido estresados en la previsión de los costos que supondría la confrontación clásica de una industria de esta naturaleza instalada en una comarca cualquiera. Los sobrecostos asumidos por Uruguay para la instalación de un emprendimiento de esta naturaleza también han sido evaluados; desde el sacrificio fiscal de los estímulos para la instalación de la empresa hasta la reducción de ingresos en servicios determinado por el cierre de los puentes.
Sin embargo, el problema que Botnia ha activado y colocado ante nosotros en toda su dimensión y trascendencia es, precisamente, el de la soberanía, en esa acepción que suma a los valores, otros elementos esenciales para la estructuración del proyecto nacional de desarrollo. Y allí sí aparece el bloqueo en esa dimensión mayor. Es desde allí que el gobierno y la sociedad deben atender el conflicto; desde las posibilidades reales que tiene este país de manejar con independencia y responsabilidad su proyecto de desarrollo. No es este un asunto que pueda considerarse desde la subjetividad o la evaluación de responsabilidades menores en el origen y gestión del conflicto. ¿De qué sirve a esta altura enfrascarse o continuar informando y discutiendo las anécdotas de Gualeguaychu multiplicadas seguramente por la proximidad de la temporada? Lo que está sucediendo en las relaciones de Uruguay con la Argentina debe ser enfrentado como lo que es: como oposición frontal de intereses nacionales muy diferentes. Y esto no tiene nada que ver con trasnochados chovinismos o la pobreza del nacionalismo. El mundo ya no admite este tipo de evasión de realidad.
El modelo de crecimiento e inclusión de un pequeño país como Uruguay necesita anclas y fundamentos más poderosos que los que hoy exhibe el programa en ejecución. Sin ellos, la vulnerabilidad aparece a la vuelta de cada incidencia del entorno económico. Es más, sin resolver los problemas de la soberanía íntegra, la sustentabilidad de ese programa va a depender exclusivamente del ciclo de los términos de intercambio. O peor aun, del humor de titulares circunstanciales de los gobiernos de la comarca. El ambicioso programa expuesto por este gobierno o el que pudiera implementar cualquier otro es y será insustentable si es que Uruguay no puede desarrollarse de cara al mundo programando iniciativas agresivas de captación de inversión externa directa. Y no de cualquier IED, sino de aquella que no repara tan sólo en el bajo precio relativo de la tierra o una exoneración fiscal más o menos, sino en la endurance institucional de su eventual destino.
Botnia ha llegado para quedarse y el problema para Uruguay está un poco más allá de las dificultades propias del caso; el problema consiste ahora en como revertir la potente señal provocada por Argentina en la puerta misma de la ciudadela nacional. No es casual que la desavenencia haya sido activada en la misma cumbre iberoamericana. Uruguay debe pasar a la ofensiva en ese juego de generación de señales expuestas al mundo. Y en esto no alcanza con la proverbial tolerancia del chico. Uruguay debe demostrar que tiene la estatura necesaria para defender la inversión de riesgo de cualquier ciudadano o empresas del mundo que califique para compartir un proyecto común. Esto supone una estrategia específica para afrontar de ahora en más los problemas de Botnia y los puentes. Pero por sobre todas las cosas implica una reconsideración profunda de cómo se entiende la soberanía y cuáles son sus flancos débiles en clave de futuro. Esta es la responsabilidad principal que tiene el gobierno progresista en la actualidad. Todo lo demás se hace bien o mal, tarde o temprano; pero ahora Uruguay debe neutralizar el riesgo soberano que, naturalmente, no se reduce a la capacidad de repagar sus deudas en tiempo y forma. *
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