E l Frente Amplio está viviendo una situación contradictoria y compleja, donde se podría decir que vive las primeras contracciones de un parto. Hay amplia coincidencia de que la fuerza política que está en el gobierno necesita una profunda renovación política, programática y generacional. Los distintos actores remarcan esta situación, pero no aparece una luz clara en el horizonte sobre cómo lograrlo e instrumentarlo.
La presidencia del Frente Amplio se ha transformado en un verdadero remate público donde todos apuestan sin creer que sus candidatos sean viables y merecedores del premio.
Lo único claro es que el FA va a necesitar de una nueva dirección, que logre crear un clima de confianza en la interna que permita poner a la fuerza política de proa hacia el futuro, más cuando una encuesta confirmaría que la izquierda no ganaría en la primera vuelta.
Si bien una encuesta no hace el crudo invierno, no es un dato a despreciar porque es la primera vez que la realidad se muestra negativa para la izquierda, desde el punto de vista electoral.
En este marco apareció con fuerza creciente lo que se conoce como el G-8, la reunión del grupo extra estatutario de los intendentes frenteamplistas, que aparecen en la escena política con una nueva pujanza y un estilo de ver la realidad mucho más pragmático que lo que es la estructura clásica de la coalición de izquierdas.
El G-8, integrado por los jefes comunales Ricardo Ehrlich, Marcos Carámbula, Oscar de los Santos, Julio Pintos, Ramón Fonticiella, Artigas Barrios, Gerardo Amaral y Juan Giachetto, se ha transformado en una corriente política no expuesta que apuesta a la renovación de la izquierda.
Este no es un dato menor, en tanto por primera vez la izquierda gobierna en ocho departamentos, desde que surgió en 1971 como expresión del pueblo unido.
Aunque usted no lo crea, estos dirigentes departamentales no tienen un peso específico en la interna de la estructura del Frente Amplio, al carecer de la posibilidad de ejercer su voto específico en los congresos y plenarios.
Este grupo apareció sin previo aviso, cuando se cumplieron los dos años del triunfo del Frente Amplio en las elecciones nacionales, durante un acto en El Galpón, y volvió a reaparecer, como el ave Fénix, el pasado fin de semana en la ciudad de Colonia, durante un seminario sobre descentralización.
En todos los casos, quienes presenciaron estos eventos salieron satisfechos con el discurso, el buen talante y la información que dieron, mostrando que son dirigentes políticos con una sensibilidad especial sobre los temas de la sociedad, pero a la vez con una propuesta estratégica para articular los emprendimientos de privados y estatales, con el fin de lograr el Uruguay productivo.
Al G-8 hay que seguirlo, no sólo periodísticamente, sino políticamente. Seguramente ninguno de ellos ha elaborado una estrategia de poder, pero los hechos los benditos frutos del árbol los van a llevar, necesariamente, a tomar definiciones de futuro.
Es de esperar que la nueva dirección del Frente Amplio, surgida después del próximo congreso, comprenda esta nueva realidad y sepa potenciar a estos ocho intendentes que se están matando por sacar a sus departamentos adelante, por encima de los aciertos y los errores que puedan haber cometido.
En 1971 la novedad fueron los comités de base; ahora la novedad puede llegar a ser el G-8, si sus integrantes no quedan atados a sus afectos sectoriales. Veremos qué pasa. *
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