Los más recientes indicadores de la economía norteamericana reflejan el agravamiento de problemas que desde hace algún tiempo vienen preocupando a economistas y políticos en todo el mundo. El debilitamiento del dólar frente a otras monedas como el euro, el yen; la crisis en el sector hipotecario y el aumento del precio del barril de petróleo hasta sobrepasar límites históricos han incrementado los augurios acerca de una recesión en Estados Unidos.
La alerta fue dada desde el corazón del capitalismo. Para David Walter, contralor general estadounidense, el alarmante desequilibrio fiscal podría conducir a una explosión de la deuda, mientras que para Allan Greenspan, ex presidente de la Junta Federal de la Reserva, las posibilidades de una recesión se sitúan en más de un 50 por ciento.
La entrada de la economía norteamericana en la fase de recesión vendría a confirmar, con la tozudez de los hechos científicos, la validez de las previsiones de Marx respecto del carácter cíclico de las crisis en el sistema capitalista. Es cierto que se han acumulado experiencias para modificar el ciclo y retardar o disminuir el efecto de las crisis económicas, pero la irresponsabilidad de la actual administración con su política guerrerista financiada con un dólar cada vez más debilitado y sin respaldo, ha venido creando una situación insostenible hacia el futuro.
Se ha insistido, y con razón, en que la crisis por sí sola no significará el fin del capitalismo, que la economía norteamericana tiene la capacidad de remontar la crisis y que sólo la lucha de los pueblos, incluido desde luego el norteamericano, podrá acabar con el sistema de dominación imperialista.
Sin embargo, una crisis de grandes proporciones, como la que parece avecinarse, traería cambios inevitables en la política tanto interna como externa de Estados Unidos e influiría considerablemente en sus aliados imperialistas. Recordemos la crisis de 1929, sus efectos devastadores a escala mundial, y el surgimiento en la política de Estados Unidos de una figura como Franklin Delano Roosevelt y su New Deal para hacer frente a los agudos problemas sociales agravados por aquella crisis.
Ahora, las pretensiones hegemónicas y la política que sustentan los sectores más reaccionarios de Estados Unidos sufrirían un duro golpe y se crearían mejores condiciones para la supervivencia y desarrollo de los procesos de cambio en marcha en nuestra región.
No se trata en modo alguno de desear la crisis como remedio a todos los males actuales que atraviesa la humanidad, porque estamos conscientes de los efectos negativos que ella tendría para la economía internacional, pero sí de prepararnos y aprovechar las posibilidades que se abrirían con el debilitamiento del poder hegemónico para avanzar en la reestructuración del orden financiero internacional actual basado en el dominio del dólar, afianzar la multipolaridad, y consolidar los procesos de integración en América Latina y el Caribe.
Junto a los augurios de crisis económica está a la vista la fractura de las bases éticas, políticas y jurídicas de las sociedades más desarrolladas de Occidente, y en especial la norteamericana actual, la cual constituye, como se sabe, el poder hegemónico del capitalismo mundial. Hace más de un decenio, la revista The New Yorker publicó un premonitorio artículo con el título El regreso de Carlos Marx, que subraya la vigencia de su pensamiento en la explicación de los fenómenos de la economía capitalista. El tiempo y la historia le están dando la razón. Está llegando la hora de la justicia social.
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