idel no se murió. Sólo dio un paso al costado, mostrando una vez más que es un ser humano distinto que le cambió la cara al Siglo XX y a la primera década del siglo que vivimos, por lo menos en América Latina y el Caribe.
Fue el más grande político del siglo que finalizó, no sólo porque supo gritarle en la cara al prepotente Estados Unidos que en el Caribe había un pueblo que quería conducir, sin dependencias externas, su propio destino, sino porque además fue un intelectual de primera línea que puso su intelecto en defensa de los más humildes y a favor de la ciencia, particularmente vinculada a la salud de millones de mujeres y hombres.
Fidel Castro, enfermo y con más de ochenta años de edad, comprendió que era el momento de dejar el camino a las nuevas generaciones cubanas, demostrando una vez más que no actuó como un dictador que por sus apetencias de poder pudo llevar a su pueblo a confrontaciones no deseadas.
Muy por el contrario, después de haberle visto la cara a la muerte por razones biológicas, comprendíó que su obra debía culminar con rostro humano y que por eso no debía seguir al frente de los organismos institucionales de Cuba.
Quienes dedicaron ríos de tinta para mostrarlo como un sanguinario dictador se equivocaron. Primero, a ningún dictador se le llama sólo por su nombre. Este hombre alto, buen mozo e inteligente, logró que admiradores y enemigos siempre se refirieran a él hablando de "Fidel". Eso no ocurrió ni con Pinochet, ni con Franco, ni con Hitler, ni con Stalin, ni con Bordaberry. Tampoco con Videla o con Stroesner.
Fidel es Fidel, alguien que por encima de las críticas nadie olvida que enfrentó al imperialismo norteamericano, definición que es aceptada por la gran mayoría de las academias del mundo, menos el Pentágono, el diario El País y los militares que están presos en nuestro país por violar los derechos humanos.
Fidel es de los comandantes que sabe elegir en qué terreno pelear. Sabiendo que ya no tenía energías para recorrer Cuba una y mil veces, prefirió elegir el camino de la pluma como principal arma de sus ideas.
Al igual que en la oratoria, donde fue maravilloso, sus enemigos tendrán que soportarlo con sus finos análisis críticos, donde cada palabra será una estocada, pero también un punto de reflexión.
Fidel llegó para quedarse en la historia, la que terminará juzgándolo, como a todos los seres humanos. Esa historia tendrá luces y sombras - ¿quién no las tiene? pero seguramente será un ejemplo para mucha gente que quiere construir el futuro con atrevimiento e imaginación.
Los grandes, como Fidel no conocen los grises, son parte de los colores fuertes que a veces generan amor u odio, pero que no pasan desapercibidos.
Ya hoy están apareciendo los que quieren cobrarle viejas facturas, esos que lo único que han hecho en su vida es arrodillarse ante los poderosos, sin el menor gesto de desagrado.
En estas horas preocupa que los candidatos demócratas de Estados Unidos, los más liberales de la competencia electoral, hayan salido a la luz pública vomitando odio, sin darse cuenta de que la dureza de Fidel fue producto de la soberbia imperialista de Estados Unidos.
Una vez más es la hora de rodear a Cuba, para que sea su pueblo el que elija su propio camino, sin la intromisión de los poderosos que quieren seguir dominando a los pueblos, para el beneficio de sus insultantes clases dominantes.
La izquierda uruguaya y latinoamericana tiene, a la vez, la responsabilidad de construir su propio destino, sabiendo que hay etapas en el pensamiento progresista que se agotan y que se deben abrir paso a las nuevas ideas, para que aquel grito de Fidel en 1959 en la cara del imperialismo tenga una nueva expresión que permita a nuestros pueblos seguir avanzado en una sociedad más democrática y más avanzada.
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