Por Enrique Ortega Salinas - Militante frenteamplista
Todos los partidos políticos tienen hoy un grave problema: la falta de un candidato invencible.
Pedro Bordaberry liderará un grupo reducido a cenizas tras los desmadres de Sanguinetti y Batlle, así que la cosa será entre el Frente y el Partido Nacional, un partido que otrora fuera considerado una fuerza de centroizquierda, pero que a la muerte de Wilson cayó en las redes de la derecha más recalcitrante y cuando tuvo su momento para gobernar nos dio el lustro más salpicado de corrupción desde 1984 hasta la fecha.
Lacalle, a quien respetamos su cambio de opinión, porque tiene derecho a variar de postura (como lo tendrán Mujica y Tabaré en su momento) se lanzará a la arena nuevamente; y es que si no lo hace, su muerte política está asegurada. Con seguridad tendrá que resignarse a ser senador por un nuevo período; pero esa posibilidad se verá fortalecida por la publicidad derivada de la campaña para las internas. Debe ser candidato; aunque su derrota sea segura.
Larrañaga, representante de la derecha aristocrática y conservadora, fiel defensor del statu quo engendrado por los partidos tradicionales, no es más que un clon de Lacalle, por más que se revuelque por el piso jurando lo contrario. No haber asumido con dignidad su derrota frente a Tabaré, criticar siempre sin aportar nunca, ha sido un error estratégico difícil de enmendar. Será difícil que Vidalín logre que el aparato político lo prefiera antes que a Larrañaga y Lacalle; y si lo hiciera, tendrá que arrastrarlos consigo, como socios obligados. Cambiaría el director pero la orquesta sería la misma.
En la izquierda, Tabaré dice que no y el Frente no tiene otro Tabaré. Un líder carismático capaz de reavivar la esperanza, cautivar al electorado de izquierda y centro, generar confianza en los inversores y no alarmar al mercado, capaz de conservar la calma cuando ya todos alrededor la han perdido y que asegure la profundización de los cambios buscando el norte de un socialismo a la uruguaya...no es fácil de hallar.
El carisma importa y mucho. No tendría que ser así, pero aceptamos las reglas del marketing electoral o morimos abrazados a la bandera.
Mujica dice "difícil que el chancho chifle". Quiere darle paso a la juventud y le fastidia la posibilidad de discutir temas de cuarenta años atrás; porque sus contrincantes pondrán sobre el tapete su época de guerrillero, endosándole algunas calumnias para ensuciarlo lo más posible. Pero el chancho chiflará; porque la alternativa es Astori; y aunque formidable candidato, no parece entusiasmar a toda la militancia frenteamplista. Medio Frente se quedaría en la casa, riesgo demasiado grande como para que lo asuma la izquierda.
Mujica es la garantía de que mantendremos nuestra identidad ideológica, con el timón hacia la izquierda. No le temblaría la voz a la hora de defender a Venezuela y denunciar los abusos imperiales. Pero si se mantiene en su negativa, lo más inteligente será ampliar el espectro de búsqueda. ¿Por qué no un "outsider"? Eso era Tabaré. ¿Por qué no buscar una figura no desgastada por las lides políticas, pero que nos haya acompañado siempre y cuyo pensamiento progresista conozcamos bien? De pronto unos pocos árboles nos impiden ver el bosque.
El retorno de los partidos tradicionales será retroceder a épocas lamentables de tarjetazos, tráfico de influencias, sumisión a jefes militares, dependencia de Estados Unidos y privilegios desmedidos para la clase gobernante. No es opción. Lo único a definir es si en el Frente elegimos a un candidato que nos empuje hacia el centro (al estilo conservador de muchos gobiernos europeos, mal llamados socialistas) o hacia una izquierda humanista, progresista y visión de futuro, sin miedo para hacer cambios profundos.
No temamos a una interna entre varios candidatos. No sacralicemos el consenso. ¿Desde cuando le tenemos miedo a la democracia interna? Habrá que hilar fino, porque la derecha tiene medios de comunicación poderosos y enormes capitales. Nosotros sólo el entusiasmo de los militantes. ¿Quién puede reavivarlo?
Elijamos bien o el revolcón será doloroso.
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