Cuando se anunció, a fines de enero, la renovación parcial del gabinete del doctor Vázquez, representantes de la oposición y sus voceros de la prensa adepta, hablaron del comienzo de un "carnaval electoral", como si el recambio ministerial, previsto para dentro de unos días, formara parte de una jugada del gobierno, enmarcada en la supuesta estrategia del Frente Amplio, con vistas a la campaña para los próximos comicios del año 2009.
Sin embargo, a poco que se observe cuál ha sido la estrategia opositora desde la asunción del gobierno actual, se advertirá fácilmente que la misma se ha limitado prácticamente a montar una suerte de "carnaval interpelativo". En efecto, tanto en el ámbito del Parlamento cuanto en el de la Junta Departamental, toda la tarea opositora se centró en hacer desfilar, mediante los mecanismos de llamado a sala o interpelación, a todas las figuras del gabinete nacional o departamental que pudieran ofrecer --a juicio de los partidos del llano y especialmente del Partido Nacional-- flancos débiles por donde atacar al gobierno.
No es la primera vez que nos ocupamos de este frenesí interpelativo en el que ha caído la oposición, como si su única función fuera la de controlar al Ejecutivo. Todos sabemos que el Parlamento tiene la "sagrada misión de desconfiar", que es éste uno de los pilares del régimen republicano representativo, y los partidos del llano deben ejercer su derecho de manera irrestricta; por algo la normativa estipula que los votos necesarios para que se concrete una interpelación son un porcentaje muy inferior al 50 por ciento de los integrantes del deliberativo, de manera de garantizar a las minorías la posibilidad de llevar adelante las investigaciones y controles sobre el Ejecutivo. Pero viendo cómo se mueve la oposición, a nadie escapa que más allá de los controles, el objetivo a que apuntan los partidos del llano es a montar un circo mediático.
En el transcurso de esta semana, le tocó comparecer ante la Comisión Permanente del Poder Legislativo, al titular del Mtss Eduardo Bonomi, para que explicara asuntos relativos a las relaciones laborales y, fundamentalmente, para cuestionar severamente el tema de las ocupaciones de los lugares de trabajo. Pero también, durante esta semana, dos directores municipales (Luis Polakof y Fernando González) debieron concurrir a la Junta Departamental para responder a inquietudes de la oposición, respecto de la organización del Carnaval y la suspensión del desfile de Llamadas.
Como ocurrió en ocasiones anteriores, ninguna de las dos instancias tuvo consecuencias políticas relevantes, y el ciudadano queda con la impresión de que, las explicaciones vertidas en sala por los interpelados, ya habían sido suficientemente expuestas en las comisiones o en respuesta a pedidos de informes, y que, en todo caso, las inquietudes de los parlamentarios opositores podrían haber sido aclaradas en un mano a mano y sin necesidad de distraer horas con el solo fin de impactar en la opinión pública.
Lo que quedó, en definitiva, no fue sino una suerte de circo, de gimnasia dialéctica sin consecuencias políticas. Es que el instituto de la interpelación no está previsto para este tipo de pirotecnia sino para exigir explicaciones, controlar al Ejecutivo y, eventualmente, para censurar a un miembro del gabinete.
Tal vez dicha estrategia se justificara si la oposición no tuviera prensa y necesitara ventilar públicamente sus inquietudes y sugerencias. Pero no es el caso de la oposición actual, conformada por los partidos tradicionales que cuentan con medios que responden a sus intereses.
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