En la contratapa del pasado viernes el economista Daniel Olesker realiza un análisis de la marcha de la economía y demuestra de manera incontrastable que el crecimiento económico que se verifica en los últimos años se ha visto reflejado en una notoria mejora de los indicadores sociales. Como él mismo lo señala, se puede crecer y distribuir con más justicia al mismo tiempo, con lo cual queda absolutamente desvirtuado el principio esgrimido por los fundamentalistas del neoliberalismo (y suscrito por unos cuantos socialdemócratas) de que primero había que hacer "crecer la torta" para luego repartirla.
No vamos a repetir lo expuesto por el actual jerarca del Ministerio de Salud Pública aumento del salario real, aumento del empleo, disminución del desempleo, crecimiento del gasto en salud pública y en educación, etcétera pero sí queremos destacar que los logros innegables del gobierno actual se obtuvieron sin que hubiera mediado una ruptura brusca con el modelo anterior ni con los organismos de crédito internacionales. El gobierno (y especialmente el equipo económico) no se ha adherido a ninguna ortodoxia, y es así que, manteniéndose dentro de la lógica capitalista (un sistema que por ahora es impensable remplazar por otro de corte socialista), ha sabido tener la injerencia necesaria en la economía como para marcar un rumbo diferente al modelo LACE (Liberal, Aperturista, Concentrador y Excluyente, según la definición del propio Olesker). Ha sabido conjugar con inteligencia la libertad de mercado y la participación reguladora del Estado para corregir los excesos del afán de lucro capitalista. Nuestra economía está abierta pero no a cualquiera ni a cualquier precio; por ejemplo, no al precio de rebajar el salario real o de enajenar las empresas públicas. No ha tenido la postura de los gobiernos de Lacalle y de Sanguinetti de dejar casi todo librado al mercado (el famoso "laissez faire") sino que, por el contrario y sin caer en un estatismo inconducente, ha intervenido de manera prudente en la economía y en sus consecuencias sociales.
Queremos poner especial énfasis en este asunto del sabio manejo de los aspectos socioeconómicos, pues a pesar de los éxitos que exhibe, el gobierno es objeto de ataques desde dos frentes opuestos.
Que la derecha lo critique, ponga el grito en el cielo y denueste al gobierno no es motivo de asombro para nadie. La derecha ve con alarma que esos logros pueden significar que la izquierda vuelva a ganar las próximas elecciones, amén de que por primera vez ve postergados sus anhelos y sus intereses mezquinos.
Lo que no se entiende es que desde sectores de izquierda también se lancen dardos contra el gobierno popular. Bien cierto es que quienes disparan misiles contra el gobierno exigiendo medidas radicales son grupos de ultraizquierda casi marginales, pero de todos modos parecen no advertir que su actitud es funcional al interés de la oligarquía y de sus representantes políticos.
Es perfectamente posible y admisible que la gente manifieste su punto de vista, que disienta con algunas medidas del gobierno, que critique los posibles errores que se cometen. Es natural que los sindicatos reclamen medidas más profundas y mayores aumentos salariales.
Pero lo que resulta inaceptable y demencial es que se exijan medidas drásticas como si se hubiera llegado al gobierno luego de una lucha armada que derrocó un régimen político, y que las nuevas autoridades estén dispuestas a hacer tabla rasa del antiguo régimen para construir una sociedad nueva asentada en un sistema económico radicalmente opuesto.
Felizmente, la sensatez de la dirigencia de la central sindical ha prevalecido sobre los gritos extemporáneos de los obcecados que reclaman y exigen imposibles.
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