Antes de lo previsto en el plan director de este gobierno, el país está atravesando el umbral del pleno empleo. Ya no importan en demasía las inflexiones de décimas de variación de la ocupación o la desocupación. Si el gobierno logra garantizar una relación de estabilidad y crecimiento razonable tal cual parece estar ocurriendo, las novedades en materia de empleo se caracterizarán de aquí en más por un dramatismo diferente al tradicional. Si nadie confunde los tiempos y su misión, los problemas de empleo serán informados y discutidos en una perspectiva de escasez de la oferta laboral, tanto en términos de cantidad como de calidad. Los uruguayos ingresamos en una instancia desafiante, extremadamente exigente a la hora de encarar las consecuencias que tiene una economía trabajando cerca del pleno empleo. En primer término, es preciso revisar la manera de pararnos frente a este tema. Ya el referente no será el gobierno y sus políticas específicas. La política de empleo no interesará demasiado y tampoco será interesante relatar cómo lidia el Banco Central con el encarecimiento del factor trabajo desde su responsabilidad frente al riesgo inflacionario. El foco comienza a desplazarse hacia los actores sociales, al sistema educativo, a la acomodación y revalorización de las familias frente a la calificación de los hijos para un mercado de oportunidad, sustentable en el largo plazo.
Hasta el presente, las tareas de salida de la crisis y la creación de las bases de un cambio estructural han determinado precauciones de todo orden en lo que refiere a la relación de los ciudadanos y el mercado de trabajo: reivindicación de garantías y seguridad, temores tan naturales como excesivos a la hora de tentar cambios y abandonar lugares relativamente seguros, dilución de responsabilidades frente a la creación de valor que presupone el trabajo, imposición de rigideces y, sobre todo, pérdida de vista de lo que supone el trabajo como factor de movilidad social. Estos son los temas de la discusión laboral moderna. Lo que explica esencialmente la desgarrante búsqueda del joven emigrante de la periferia: oportunidades laborales abiertas, competencia sana, premio del esfuerzo y el talento, celebración de la creatividad y aspiración de crecimiento personal en una dinámica estimulante.
El gobierno y las circunstancias han hecho lo suyo. De aquí en más la elaboración y las tareas vinculadas al empleo deben ser jerarquizadas en la reflexión y el plan de vida de cada individuo, en el seno de cada núcleo familiar. De allí surgirá un clamor de exigencias múltiples que volverá a demandar al Estado y las instituciones, a las fuentes de derecho laboral y comercial, pero ya en términos más concretos. La institucionalidad y las normas deberán habilitar la modernización y el desarrollo de un mercado laboral dinámico en múltiples sentidos.
Hasta ahora el análisis del mercado de trabajo y sus inferencias económicas y políticas ha sido un ejercicio demasiado vinculado a la confrontación del capital y el trabajo. Ahora, en un nuevo contexto de equilibrios la discusión de lo laboral estará animada de urgencias y exigencias frente a una atención y una actitud del ciudadano también diferente en su vínculo con el mercado.
Los medios de comunicación tenemos nuestra propia responsabilidad en este segmento del cambio. Paulatinamente le iremos prestando menos atención a los porcentajes mensuales de variación marginal del nivel de actividad, la ocupación y el desempleo para concentrarnos en registrar y seguir esos nuevos vínculos del individuo con su nuevo entorno laboral. Deberemos inquirir con más esfuerzo propio cómo responde la institucionalidad en el tránsito por este umbral hacia el pleno empleo. ¿Qué está sucediendo con el discurso y las actitudes de los educadores y sus instituciones? ¿Qué está sucediendo en ese juego de autorregulación y regulación del mercado educativo? ¿Cómo están siendo afectados los valores que definen la contribución de las instituciones educativas a una plena utilización de las nuevas oportunidades? Y en esa bitácora de novedades y exigencias veremos si podemos recrear y multiplicar las esperanzas que atrajeron las corrientes de inmigración del siglo XX. Esas que ahora continúan operando en sentido inverso y seducen tan explicablemente a los jóvenes uruguayos.
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