Sabido es que la violencia y los comportamientos agresivos forman parte y han formado parte desde siempre de la condición humana. Los hombres del Paleolítico solían dirimir sus conflictos de forma violenta, ya fuera por la comida, el fuego, el territorio o las hembras; y no bien las comunidades fueron adquiriendo cada vez mayor complejidad, la lucha por el poder también fue motivo de duros enfrentamientos.
También es preciso tener en cuenta que la psiquis del ser humano, por ser infinitamente más compleja que la del resto de los animales, proporcionó motivos extra para que afloraran las conductas violentas; los sentimientos nobles o innobles como el amor, las pasiones, la envidia, el odio, suelen ser disparadores de la agresividad latente que anida en el alma humana. En los animales, la violencia entre individuos de la misma especie sólo aparece en la lucha por el alimento o el territorio y por los favores de las hembras. No hay otros motivos de enfrentamiento; y ni hablar de prácticas de tortura, algo lamentablemente tan frecuente en los seres humanos.
Ahora bien, los comportamientos violentos en una determinada sociedad pueden ser más o menos frecuentes --y más o menos crueles-- según el grado de desarrollo de dicha comunidad y según el modo de producción. Esto último que afirmamos podría ser visto como una simplificación de postulados marxistas, pero en rigor a nadie escapa que en las misiones jesuíticas en América del Sur, los hechos de violencia eran escasos, mientras que hoy en Estados Unidos son moneda corriente.
Ocurre que el capitalismo (y mucho más el capitalismo salvaje que se ha entronizado en el mundo globalizado), por ser un sistema esencialmente injusto, promueve necesariamente conductas agresivas y actitudes violentas. Basta ver la escala de valores capitalista para advertir que esas pautas (afán de lucro, individualismo a ultranza, competitividad, etcétera) deben necesariamente producir violencia. Y si a ello sumamos las flagrantes y brutales injusticias en la distribución del producto inherentes al capitalismo, no podemos sorprendernos de que los más infelices apelen a la violencia para llegar a las metas que el sistema propone.
La contradicción más insultante radica en que por un lado, desde los medios masivos de comunicación, se insta a la población indiscriminadamente a un hiperconsumismo demencial (modificando la máxima cartesiana en "Consumo, luego existo"), pero por otro lado, se niega a buena parte de esa población los medios para consumir.
La televisión exhibe modelos a imitar pero el sistema no proporciona a las masas postergadas los medios para satisfacer las necesidades creadas por el bombardeo publicitario a que son sometidas desde la pantalla chica. Ante esta realidad paradojal, ¿cómo sorprenderse de que muchos de los postergados, los marginados, los excluidos opten por las vías violentas para acceder a esos bienes con que los tienta la publicidad (o a veces simplemente para satisfacer necesidades básicas)?
Y si pensamos no en los excluidos, no en los pobres e indigentes, sino en los integrantes de la clase media (asalariados y pequeños empresarios), veremos que si no apelan a la violencia como los sumergidos, es porque han incorporado cánones de convivencia que proscriben los medios ilegales. Sin embargo, ellos también padecen la violencia del sistema que les exige consumir más, cambiar el modelo de automóvil todos los años, veranear en determinados sitios prestigiosos, u otras metas que se nos imponen a través de los medios.
Normalmente sin tener plena conciencia de ello, el hombre-masa acepta las reglas de juego que impone el sistema y cae en una alienación que lo deshumaniza, convirtiéndolo en un mero engranaje de esa maquinaria infernal.
Y esto último también es violencia.
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