La resolución de la justicia de Inglaterra amparando a Pdvsa del congelamiento de activos resuelto en una instancia anterior por un juez de ese país, vuelve a poner las cosas en su lugar.
Como el lector recordará, la empresa Exxon ( en Uruguay es ESSO), la multinacional petrolera más grande del mundo, reaccionó ante la decisión soberana en 2001 del gobierno de Venezuela de nacionalizar sus riquezas existentes en el subsuelo. A raíz de ello comenzó un largo período de negociación en el que el gobierno caribeño propuso formar Empresas Mixtas a las compañías extranjeras trabajando en su territorio y, a quienes lo quisieran, se les indemnizaba y se retiraban del país. Exxon, a quien el gobierno de Venezuela sindica como el patrocinador de la huelga petrolera que paralizó Pdvsa y del posterior golpe de Estado al presidente Chávez, no se avino a lo dispuesto por la administración y nunca aceptó la nacionalización.
Todo este largo proceso culminó con la presentación de la multinacional en diferentes juzgados de distintos países, acciones de embargo y de congelamiento de los activos de Pdvsa. Inglaterra y Holanda fueron de las pocas justicias que accedieron a la solicitud pero, presentada la versión venezolana de los hechos, el Poder Judicial de Inglaterra dio marcha atrás en la decisión tomada y consideró que Venezuela tenía todo el derecho a nacionalizar las riquezas del subsuelo en su territorio y también que la justicia inglesa no tenía jurisdicción para enjuiciar una acción soberana basada en la Constitución y las leyes de ese país.
Resulta gratificante que un diferendo de este tipo (que es mucho más que económico) se dilucide en los ámbitos normales que las personas y los países civilizados utilizamos cuando surgen diferencias (sin ir muy lejos, tenemos pendiente con Argentina, en el Tribunal de La Haya, la resolución sobre el derecho a definir quién invierte en Uruguay, si somos nosotros o si la decisión la tenemos que compartir con Argentina). No es la usanza de muchas empresas norteamericanas, e incluso de los gobiernos de ese país que dos por tres apelan a la fuerza para "defender los intereses del país, donde sea", una frase que con seguridad hemos escuchado reiteradamente para justificar actitudes belicistas.
El uso de la fuerza tiene un sinnúmero de connotaciones (por ejemplo, cuando se es muy poderoso, es una muestra de cobardía utilizar la fuerza contra el más débil) pero, en general estos diferendos no pueden medirse con esos parámetros, sino con la ideología que los respalda: la defensa de los intereses nacionales está por encima de todo. Un principio que podría ser aceptado, el problema es que para EEUU sus intereses son el mundo e incluso el espacio y por eso hemos vivido tantas invasiones en América Latina, en Cercano Oriente, en Afganistán, en Irak, en Vietnam, etc., etc., y somos objeto de espionaje por parte de los satélites que lanzan al espacio.
Daría la impresión de que esta mentalidad imperial, predominante en el gigante norteño, se ve algo acotada en estos momentos. La crisis que vive el imperio hoy no es totalmente ajena a sus aventuras guerreras, ya que para alimentar la industria armamentista debe generar guerras que, a su vez, le originan importantes déficits en su cuenta corriente que a la larga culminan en procesos inflacionarios difíciles de controlar. Esta nueva realidad, con precios del petróleo que les jaquean los costos energéticos, con profunda crisis financiera, comprometida la generación de empleos y debilitado el dólar a niveles nunca vistos, ha derivado en un resurgimiento europeo que busca posicionarse de otra manera en el mundo y comenzar a desplazar al dólar de su posición hegemónica y a EEUU como principal mercado abastecedor y comprador de bienes y servicios.
Se trata de una jugada largamente esperada y pacientemente organizada por los europeos en un mundo globalizado que, por un lado u otro, busca encauzar a los países pobres impidiéndoles definir con autonomía su camino. Entendemos que para nuestra región y nuestro país, es estratégico, sin renunciar a abrir cuantos mercados podamos, trabajar para fortalecer el incipiente proceso de unidad sudamericana como el Unasur, propuesto por Venezuela pero apoyado fervientemente por países como Ecuador, Bolivia y otros.
Ojalá tengamos la claridad suficiente para poder compaginar una gran apertura comercial con el mundo con una integración sudamericana real con respeto a nuestra idiosincrasia y a las particularidades de cada país, donde los pequeños seamos respetados y tenidos en cuenta.
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