Raúl Legnani
Dicen que por lo general los hombres buenos se mueren sin homenajes y sin que casi nadie se entere. Eso, por lo menos, lo decía un viejo amigo que después falleció en la más absoluta soledad.
Hace pocos días me enteré tardíamente de la muerte de Justino Zavala Carvalho, mi casi desconocido vecino de Canelones y mucho más vecino y amigo de México.
Justino vivió en el piso de abajo del inclinado edificio de Berlín 7 en la Colonia Juárez del Distrito Federal --nuestra pequeña "Torre de Pisa" que nos cobijó durante más de siete años--, a sólo un gritito por la ventana de la cocina, para avisarnos que estábamos prontos para compartir un mate con palitos molidos en la licuadora, un ron, un recuerdo o una simple clase de política que yo seguía con la atención de un alumno aplicado.
Con él aprendí la diferencia que existe entre un colorado y un batllista, porque cada vez que lo toreaba con que era colorado la cara se le ponía roja, apretaba la boca, miraba al piso, me lanzaba alguna ironía y siempre una explicación. Justino era batllista; un batllista natural, hereditario, casi autóctono. Alguien que no podía ser otra cosa, por encima de en qué colectividad política se manifestara su batllismo.
Era de los batllistas de "dios" con minúscula, al grado que en una Nochebuena no logré sacarlo de la cama para que fuera al garaje del edifico a darle posada a José y María, dos niños mexicanos que recorrían el barrio representando ese papel, pidiendo algún pesito y antojitos, mientras los vecinos compartíamos clericó, tequila, tacos, burritas y el canto de recibimiento a los padres de Jesús.
Sus cuentos interminables siempre partían de Bañado de Medina, zona de conspiraciones, donde su padre, Justino Zavala Muniz, Paco Espínola y otros intelectuales y demócratas organizaron la lucha armada contra la dictadura de Terra.
Era capaz de contarme con detalles la muerte del general Oscar Gestido, según él uno de los que había bombardeado aquel movimiento insurgente en las costas del Río Negro, siempre matizando sus anécdotas con los recuerdos del Sodre y cómo, una vez, en una ciudad del interior para recibir con lujos al ballet, habían lustrado el piso, por lo que hubo que lijarlo antes de danzar.
Llegó a México proveniente del principado de Andorra, de donde trajo registradas no sólo las bellezas de aquel paisaje, sino también el transcurrir de los etarras pasando de España a Francia sin que nadie quisiera darse cuenta. Justino era un hincha tremendo de Felipe González y amigo de la causa sandinista.
De su estadía en aquel pequeño territorio no ocultó nunca su lucha para sobrevivir, siempre con la ayuda de la infaltable y sacrificada Ana (su esposa y mi generosa profesora de francés), que lo llevó a trabajar como servidor de nafta. Y como buen intelectual, negado para la utilización de las manos, debió luchar todos los días con la manguera que se le volvía indomeñable, como eran indomeñables sus recuerdos del paisito.
Desde su comienzo integró la Convergencia Democrática en Uruguay (CDU), participando de distintas actividades solidarias con las luchas de nuestro pueblo. Su ingreso en la CDU permitió incluir la columna batllista, a pesar de que sus vínculos con el Partido Colorado no eran de los mejores.
Una de las ultimas veces que lo vi fue en México, porque acá en Uruguay no pudimos encontrarnos, seguramente para eludir todo un tiempo de cargas emotivas, cosa que sí ocurrió con dos de sus hijas que lo acompañaron por su injusto y largo peregrinar por el mundo.
Creo que esa última vez fue en lo de Moisés Lasca, cuando ya olíamos el retorno, donde compartimos unas truchas ahumadas que nos llevó comerlas casi 16 horas, regadas de recuerdos, apuestas al futuro y de alguna buena bebida.
Justino se fue en silencio, seguramente enojado con alguien o discutiendo con algún otro en su intimidad más profunda, porque Zavalita, como le decía Lasca, no era un tipo fácil. Era más bien un cascarrabias, pero ante todo un buen amigo que conoció destituciones y persecución, uno de los tantos civiles que no colaboró con la dictadura.
Si se llegara a enterar de estas líneas ya estaría rabiando por haberlas escrito o cuestionándome por el solo hecho de pensar, aunque fuera figurativamente, que él podría conocer la existencia de las mismas.
Vaya a toda su familia, a los que estuvieron en México y a los que no estuvieron, un apretado abrazo de hermano a hermano.
* Periodista
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