De regreso de su primer viaje como Presidente de la República, en el mes de marzo, el Dr. Jorge Batlle comentó, durante la ceremonia en la que reasumía el mando, "¡es impresionante cuánto poder tiene un Presidente!".
Eran los tiempos del "estado de gracia": todo rodaba a favor, no había facturas pendientes para el nuevo presidente y una extendida expectativa favorable lo acompañaba.
Batlle, ¿diría lo mismo hoy?
La negativa del profesor Carlos Julio Pereyra de dar sus votos para la aprobación de la venia a la propuesta de Adauto Puñales, más allá de un simple episodio, quebró en forma visible la mayoría de la coalición en el Senado.
Se afirma que, a menudo, las crisis políticas (o económicas) permiten vislumbrar lo que pasa desapercibido en los tiempos de funcionamiento normal de los partidos y de las instituciones.
En ese aspecto, el trancazo resulta ilustrativo de la real composición de este gobierno.
Muestra quiénes son los soportes político-electorales de Batlle y, a la vez, cuáles son las lógicas que los mueven.
Una gestión gubernamental que se mueve en torno a la defensa a ultranza de los postulados del liberalismo económico no puede escapar a las leyes de los aparatos políticos que le imponen, para la conducción de gigantescas empresas públicas, cuadros extraídos de sus filas.
Desde el punto de vista de le imagen pública y externa, que preocupa tanto a la administración, los efectos no pueden ser peores.
La campaña contra el peso de la politiquería en los directorios de los entes autónomos, el Dr. Jorge Batlle, junto con otros dirigentes colorados y blancos de la época, la inició cuando se juntaron firmas para plebiscitar la reforma constitucional de 1966. ¡Hace 34 años!
Para terminar con los feudos, se decía.
Para modernizar y poner fin al clientelismo, se proclamaba.
"Disminuir el gasto estatal" es una consigna permanente del Dr. Batlle.
"Alcanzar mejores grados de competitividad para estar acordes con los desafíos del mundo actual" se escucha cada vez que un integrante del equipo económico hace uso de un medio de comunicación.
Todo parece indicar que el Presidente querría nombrar a otros ciudadanos al frente de las empresas del Estado: técnicos, hombres con calificación en cada rama de actividad y con experiencia en el sector privado de la economía.
El hecho es que no puede.
Batlle, que llega al gobierno con el apoyo del forismo y el lacallismo, grandes aparatos gestados y amamantados desde la ubre estatal, no puede, como demuestra la crisis actual, ponerse de sombrero a sus propios correligionarios.
No puede por la gravitación que tienen en el Parlamento los aparatos partidarios, pero no sólo por eso.
No puede porque la plana mayor de la burocracia estatal, tanto civil como militar, que detenta muchas palancas clave de poder, está ligada a aquellas fuerzas políticas y a sus propios intereses corporativos.
Un asunto importante de la democracia uruguaya es que las posibilidades de cambio real aparecen muy fuertemente condicionadas.
En algunos planos, como por ejemplo en materia de corrupción y pequeños privilegios que, como herencia sanguinettista, algunos paniguados usufructuaban en el Edificio Libertad, en el Ministerio de Salud Pública o en el Ministerio de Turismo, Batlle se movió en un sentido positivo, sobre todo durante los primeros tramos de su gestión.
El agónico proceso de aprobación de las venias muestra otra realidad.
La realidad muy extendida que denunciaron, durante la sesión del martes, los senadores del Frente Amplio-Encuentro Progresista: muchos de los nombres que se proponen por el Presidente han realizado una gestión clientelística y poco transparente que ha merecido serios y reiterados reparos por parte del organismo de contralor que es el Tribunal de Cuentas.
¿Se conseguirá una buena "performance" en las empresas y en la imagen externa del país con directores que han recibido tantas "tarjetas amarillas"?
Batlle, que tiene mucho poder, no tiene tanto como él se imaginaba hace unos meses.
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