En Santa Cruz de Bolivia ganó la derecha, la oligarquía, los centros de poder mundial que quieren que nada cambie, que los pueblos indígenas sigan siendo explotados para beneficio del hombre blanco, que tiene tres celulares per cápita mientras los pobres de América no tienen tres kilogramos de carne para consumir en un año.
Estamos ante la rebelión de las derechas, del racismo, del imperialismo, que quieren fracturar a Bolivia para que los ricos sigan siendo ricos y los pobres continúen siendo pobres. Pero también quieren fracturar a toda la América Latina, porque la fractura permite mantener la dominación de los poderosos criollos y extranjeros. La autonomía de Santa Cruz es el primer paso para desatar un camino de destrucción de nuestras naciones, que se van volcando lentamente hacia posturas progresistas, cosa que no ocurre en la vieja Europa que se vuelve lentamente fascista o ultraderechista, con al excepción de España que no se aparta de la socialdemocracia. Creer que en Bolivia sólo hay un escenario que contiene a la lucha de clases interna, es por lo menos una ingenuidad. Está la mano de Estados Unidos, que quiere detener el proceso de integración de los pueblos que están al sur del río Bravo, mediante la división de esos pueblos dentro de sus propias fronteras. Hay situaciones y actores que son indicadores de la actual realidad. El embajador de Estados Unidos en Bolivia es un personaje siniestro. Se llama Philip Goldberg y se desempeñó como jefe de la misión de su país en Kosovo, donde practicó sus artes separatistas. La experiencia que adquirió Goldberg en la región del este europeo donde se produjeron luchas étnicas después de la separación de la ex Yugoslavia está siendo utilizada en Bolivia para impedir los cambios que pretende introducir el actual gobierno de Evo Morales. No fue por azar que fue designado embajador en Bolivia. El separatismo no es sólo un tema de Bolivia. En los últimos días se supo de la creación de una reserva de tierras de indios en una zona fronteriza de Brasil en plena zona amazónica, que podría implicar una amenaza a la soberanía de ese país. Esto, por cierto, molestó al ejército de Brasil.
Quizás para los uruguayos todo esto pueden parecer situaciones extrañas para un país pequeño como el nuestro, pero hay que saber que los malos ejemplos son contagiosos. Para tener una conciencia de esto sólo basta pensar ¡que nunca ocurra! que mañana a alguien con carisma se le ocurra independizar a Punta del Este, para que quede en manos los Pancho Dotto, los Tinelli o los Carlos Menem, donde seguramente si la elección fuera entre los propietarios de la península ganarían los separatistas. Santa Cruz es eso: es nuestro Punta del Este, aunque las estructuras económicas no sean las mismas. Pero, en el fondo del análisis, está el problema de que los poderosos no quieren compartir sus ganancias con los más humildes. No olvidemos: sin Punta de Este, Maldonado se muere y se transforma en una selva. La nueva hora de Bolivia se resuelve no sólo en el plano nacional, sino también en el internacional. Es, a la vez, la hora del diálogo porque lo peor es la confrontación y la guerra civil. El Mercosur y su parlamento tienen que entrar a la cancha, a jugar su prestigio para que se encuentre una salida que pasa, en primer luchar, por reconocer la legitimidad del gobierno de Evo Morales. Después se puede discutir todo, menos eso, y Uruguay tiene para aportar y mucho.
Hoy es tarea fundamental impedir que en Bolivia, como en cualquier otro país de la región, se instale la violencia, el peligro de la guerra civil y la confrontación. Lo único que nos va a salvar de entrar en una espiral de sangre son los principios, pero también la flexibilidad necesaria para encontrar puntos de acuerdos y de entendimiento. Sobre esto tiene mucho para aportar el gobierno uruguayo, pero también es tarea fundamental de los partidos políticos, de los pueblos y las organizaciones sociales, a la vez de los empresarios que necesitan del gas boliviano, quienes tienen que manifestarse a favor de la democracia y de la unidad de Bolivia. Bolivia no sólo necesita una salida al mar. En esta hora clama por una salida democrática, pacífica, negociada, que consolide la institucionalidad y abra camino a la felicidad de su gente largamente postergada.
Bolivia está en nuestro corazón y ese corazón requiere que todos tomemos partido por ella.
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