Por Ricardo Cappeletti (Analista, desde Chile)
Evocar un año esencial en la historia del siglo XX como lo fue 1968 y pretender reducirlo a un estado psicológico adolescente en la humanidad parece poco creíble, rescatando en el tiempo la efervescencia social y política generada por hechos que marcaron a varias generaciones. En París, aquel mayo francés o Mayo del 68, durante la primavera boreal estalló una serie de huelgas en universidades e institutos que derivaron en una feroz represión policial sobre los estudiantes en el Barrio Latino y finalmente en un paro general obrero estudiantil multitudinario, en el país gaélico. Los hechos culminaron con la celebración de elecciones parlamentarias anticipadas un 23 de junio de ese mismo año. Un año marcado por Vietnam, las bombas de napalm y la resistencia de Ho Chi Mihn y el pueblo vietnamita, "venciendo al enemigo paso a paso", la lucha por los derechos civiles de las otrora minorías en los EEUU y el asesinato de Martín Luther King. Un momento impactante en la música y en la genialidad del "pop art" con Los Beatles ofreciendo al mundo su álbum blanco y Daniel Cohn Bendit, como líder de aquel movimiento que sacudió al mundo. En 1968, también en América Latina la impronta de la muerte sacudía a México en sus Juegos Olímpicos, precedidos por la masacre de estudiantes en la Universidad Autónoma de la nación azteca.
A 40 años de aquellos hechos, en la Francia posmoderna, su actual Presidente, Nicolás Sarkozy, ha fustigado ya hace algún tiempo aquellos valores libertarios, democráticos y humanistas de 1968 que constituyen la reserva moral y política de la humanidad hasta nuestros días. Se ha avivado paralelamente en este mes conmemorativo a través de los medios en Francia, una polémica en la cual recodar a héroes y a sus respectivos idearios, parece anacrónico, casi un sacrilegio, en medio de una globalización mercantilista que consume fetiches e imágenes del "Che" en bebidas cola. No podemos sin embargo -y muy a pesar de cierta miseria humana contemporánea- retrotraernos en la historia y soslayar la agitación social y estudiantil que durante 1968 en Montevideo y en todo el país era una escena cotidiana, signada por un 15% de inflación mensual, Medidas Prontas de Seguridad y un hecho que comienza a sentenciar el destino trágico de Líber Arce. En la madrugada del 9 de agosto, el entonces ministro del Interior del gobierno de Jorge Pacheco Areco, Eduardo Jiménez de Aréchaga, decide el allanamiento de la Universidad de la República, provocando el destrozo y la acción vandálica de los represores que incautaron desde material docente hasta fichas de estudiantes. El escenario de la lucha por autonomía universitaria era la calle y en medio de una manifestación relámpago, un 14 de agosto, cae baleado y herido de muerte Líber Arce, estudiante de auxiliar de Odontología, militante de la FEUU y de la Unión de Juventudes Comunistas.
Con Líber y con su martirologio, el Uruguay de las tradiciones democráticas desaparece y asoma en el horizonte la máscara del fascismo. Velado en el atrio de la Universidad, más de 250.000 personas en las calles acompañan su féretro hasta el Cementerio del Buceo, plebiscitando en esa congoja popular el rechazo de los uruguayos hacia la criminalización de la protesta obrero estudiantil y al estado de sitio imperante. Tres años más tarde nacía, también en las calles y en el corazón del pueblo, el Frente Amplio.
Comentarios (beta!)