Qué sino lugares comunes y frases hechas parecen atacar mi memoria cuando pienso en escribir algo para ellas, las madres santas de nuestro mundo entero. Y qué si lo común fuera amarlas hasta no encontrar sinónimos para expresar esa devoción imposible de medir y tan sagrada, que fuera inevitable no reiterar los "te amo" y los "te adoro" y gastar palabras y oraciones similares de tanto decirlas por ser una eterna y perpetua verdad millones de veces repetida, sólida como piedra en su realidad de amor puro y profundo.
Nada destruirá jamás la grandeza del momento de parir, el misticismo de llevar en las entrañas la esencia del ser y no es poesía. Y si lo es, es que es poesía la vida.
Axé bendiciones para las Iyami Oxorongá, las madres del misterio según el mito africano que endilgaba hechicería al milagro de surgir una persona de adentro de otra, haciendo a las mujeres poseedoras del don de la perpetuidad de la especie y por eso semi diosas.
Bienvenida entonces la esperanza que renace en las panzas embarazadas de ilusiones. Porque este corrompido mundo se redime en cada vientre de mujer que se preña y acomete el sin par desafío de dar un hijo al mundo.
Todos, o casi todos, fuimos un sueño que no dejaba dormir, ensuciaba pañales y exigía cuidados sin dar más satisfacciones que la mera existencia. Todos, o casi todos, fuimos amados incondicionalmente por ella, la siempre presente, la tapadora de líos frente al padre exigente y menos propenso al ablandamiento permisivo. Ella mamá. La de las noches en vela, la compinche sin límites, canilla libre de cariño y cuidados, de alegría en la tristeza y de cobijo insustituible en los grandes dolores.
¿Lugar común ternura? ¿Lugar común dedicación sin horarios, tiempo para juegos y deberes y algún coscorrón fuera de la ley, y dentro de la dicha de tenerla con nosotros?
Común fuera adorarte mamita querida, y estés dónde estés, ser siempre dos en una.
Tu capacidad de comprensión, tu espíritu de paciente entendimiento y de infinito querernos, brinda paz y nos hace más hijos cuanto más crecemos, pues crece con nosotros la necesidad de protección y abrigo. Porque asumimos las responsabilidades y los que vienen se respaldan en nosotros y nosotros ¿en quién? Y ansiamos... ¡Ay cuánto ansiamos, lo confesemos o no, volver a tu vientre y arrolladitos de calmada espera, sentir que pasa el tiempo sin necesidad nada más que de ti, fuente sin límites de generosidad y amparo!
Volver a ser chicos siendo padres, que nos guíen cuando otros dependen de nosotros, son deseos tal vez irrealizables. Sin embargo, tu semillita del amar sembrado, siempre florecerá con raíces fuertes y reconfortantes sombras que darán sosiego al sol quemante de la vida no siempre apacible, con la certeza de lo bueno que vendrá si nos levantamos y luchamos como nos enseñaste mientras mamábamos miel y coraje de tus pechos benditos.
Feliz Día Mamá y que todos sean tuyos para disfrutar de lo que te has ganado: nuestro corazón.
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