Desde hace ya unos años, se viene verificando un fenómeno alarmante: la reiteración de conductas incivilizadas entre los jóvenes. Algo de eso está ocurriendo recientemente en el Liceo de La Teja, donde se han sucedido hechos de violencia, impensables hace unos pocos años. La violencia se ha entronizado en la sociedad y no parece abandonarnos por ahora.
En realidad, no es un fenómeno nuevo. Desde siempre ha habido expresiones de violencia en todas las sociedades. En algunas de ellas y en ciertas épocas, esas manifestaciones de la agresividad del ser humano fueron especialmente irracionales y adquirieron ribetes trágicos; dejando de lado los enfrentamientos bélicos (la forma suprema de violencia) y para no remontarnos demasiado en el tiempo, recordemos la Alemania nazi y su demencia antisemita. Como se advierte, la violencia es un componente insoslayable del alma humana y se halla latente, pronta para manifestarse bajo cualquier circunstancia fortuita.
Desde la antigüedad, las mentes más lúcidas mostraron su preocupación por este asunto y los pensadores se encargaron de elaborar doctrinas tendientes a una toma de conciencia del problema, de modo que el superyó incorporara la convicción de que los comportamientos violentos son impropios de mentes civilizadas. Las religiones también desempeñaron un papel relevante en su prédica no violenta integrando preceptos morales que la rechazaban; el cristianismo es, quizá, el código moral más contundente en ese sentido.
Ahora bien, todas las preocupaciones suelen centrarse exclusivamente en los hechos de violencia física, o a lo sumo verbal: golpes y, eventualmente, insultos. No obstante, hay formas mucho más sutiles de violencia que no son advertidas como tales por la mentalidad media. Formas que están implícitas en la propia estructura social, en el sistema económico y en la escala de valores predominante. Las injusticias sociales, la distribución inequitativa del ingreso, la pobreza, la marginación y la alienación a que conduce el hiperconsumismo son todos elementos que generan, inconscientemente, sentimientos violentos porque son ellos mismos violentos. Se trata de una violencia mucho más sutil, menos visible pero no por ello menos trágica. Piénsese en el bombardeo publicitario a que son sometidos los individuos desde todos los medios, instándolos a consumir cada vez más, ofreciéndoles machaconamente marcas de ropa de prestigio, nuevos modelos de electrodomésticos, los últimos adelantos en cosmética, o lo que sea. Para aquellos que disponen de medios para satisfacer las necesidades creadas por la publicidad, el asunto no es tan problemático aunque lleva a la alienación; pero para los pobres y para los excluidos, a quienes se exhorta a consumir por medio de la pantalla chica y al mismo tiempo se les niegan los medios para hacerlo, el asunto se convierte en un hecho violento.
Se ha producido un desacomodo en la sociedad. Mientras las clases altas y medias se obsesionan con tener más de acuerdo con la escala de valores impuesta por el capitalismo, las clases bajas y los sectores depauperados sienten en carne propia la marginación de que son objeto al quedar excluidos de un consumo normal.
En este contexto, ante esta realidad, no debemos sorprendernos del incremento de las conductas delictivas puesto que el delito es el único medio de que disponen los que no tienen ingresos suficientes para satisfacer sus necesidades (las mínimas y las creadas por el consumismo). Pero tampoco debemos sorprendernos del auge de los comportamientos violentos, sobre todo de parte de los jóvenes inmersos en una sociedad que los ignora; esos comportamientos violentos son la respuesta inconsciente a un orden de cosas que adivinan injusto.
Está bien, pues, que se tomen medidas preventivas e incluso represivas para combatir la violencia en los liceos o en las bailantas, pero es preciso sentarse a reflexionar sobre las causas de esas conductas.
Comentarios (beta!)