En Tucumán, Uruguay ha vuelto a expresarse con claridad en la reivindicación del Mercosur como su lugar natural en un mundo cada vez más complejo y exigente. Sin embargo, la urgencia en resolver problemas consustanciales de la integración frente a la permanencia de las insuficiencias del bloque no ha pasado desapercibida ni en el discurso ni en las mesas de negociación. Uruguay ha recordado que el plan de ruta de la Unión Aduanera, convenido y afirmado en los contratos institucionales de Ouro Preto hace tres lustros y precisados en los acuerdos de 2004, se han desdibujado en demasía. Con delicadeza extrema pero sin vacilaciones, el presidente Vázquez y el ministro Astori han indicado que no se puede intentar "mercurizar" a través de la incorporación a un Código aduanero de por sí ya difícil de conciliar, instrumentos de política comercial unilateral, como detracciones o retenciones, que tienen efectos dañinos sobre las propias economías de los socios.
Uruguay ha defendido sus derechos con cautela y firmeza. Pero además, y sobre todo, ha interrogado a socios, ahora con cierta urgencia, acerca de qué sucederá si las cosas se complican y los mecanismos de protección deben ser activados en un marco del desconcierto institucional absoluto que caracteriza la actual coyuntura del bloque.
No es preciso ser especialista en política comercial ni integración regional para saber que sólo la bonhomía en la cual transcurre la vida por estos lares permite mantener un Mercosur en stand by. Cualquier deterioro del entorno financiero o comercial generará tentaciones proteccionistas que, o son estudiadas y decididas en conjunto por un Merciosur que se respete, o terminarán indefectiblemente haciendo estallar lo que queda de él, exponiendo a las economías más pequeñas a una multiplicación regionalizada de aquellos impactos adversos.
Vázquez, Fernández y Astori tienen claro hasta dónde puede llegar el daño de esa implosión consentida. El costo de un cierre desordenado de su mercado es para Uruguay extremadamente más oneroso que para sus socios grandes. Además de derrumbar la capacidad adquisitiva de salarios e ingresos, esas protecciones unilaterales levantadas en la precipitación de las crisis colocarían al país al borde de un colapso inflacionario, energético o financiero. La mesura del discurso presidencial en Tucumán no es tributaria tan sólo de la historia reciente y los riesgos de reabrir llagas dolorosas. Ese es el tono de un componedor empedernido de la unidad en los principios y la utilidad práctica frente a una perspectiva de oportunidades y riesgos nuevos. Ha sido elaborado en la búsqueda de mantener plataformas y vínculos de negociación en los cuales, durante los próximos seis meses, el Mercosur, además de instituir el código aduanero y resolver algún conflicto principal, debe proveer algunas garantías que no está ofreciendo.
El problema es simple y así se ha planteado: pese a los estímulos que producen las asimetrías e incentivos propios de los grandes mercados para la radicación de inversión productiva, hasta ahora al menos, Uruguay ha logrado constituirse en un destino alternativo y preferente en muchos para esas corrientes de IED. Incluso de la inversión proveniente de la misma región. Nos ha costado eludir la tentación de recorrer el camino argentino y utilizar impuestos al comercio exterior prohibidos en la norma y la filosofía integracionista. Pero lo hemos hecho. Al igual que hemos podido mantener la apertura creciente de la economía mejorando su productividad, utilizada en gran parte para financiar políticas sociales de choque.
Argentina tendrá sus motivaciones para continuar arriesgando la cara construcción de la integración, pero ostensiblemente Brasil ha comenzado a auspiciar mecanismos bilaterales que Uruguay va a utilizar no sólo en esos acuerdos energéticos o de integración energética, sino también explorando nuevas formas de integración abierta al mundo.
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