Los problemas de drogas --consumo y narcotráfico-- han venido incrementándose y profundizándose en nuestro país en el correr de los últimos veinte años. Es otra de las perlas que nos regaló la globalización: junto a la uniformización de las pautas culturales y de las recetas económicas, hemos importado comportamientos que se han extendido rápidamente en toda la población.
El Estado uruguayo debe enfrentar, pues, un doble problema: el consumo de sustancias psicoactivas, sobre todo entre los jóvenes, y el tráfico y comercialización de esas sustancias. Este último asunto, de resorte policial y judicial, si bien incluye la distribución en nuestra población adicta, nos toca más que nada en la medida en que Uruguay es una de las escalas elegidas por el narcotráfico internacional para la distribución de la droga en los grandes mercados consumidores del primer mundo.
El problema del consumo en nuestro país, por su parte, es de competencia de la Junta Nacional de Drogas, organismo que, con apoyo de diversas ONG y de otras dependencias estatales, ha entablado una lucha muy seria para prevenir el consumo, para recuperar a los adictos y para sensibilizar a toda la población respecto de los estragos orgánicos y psíquicos que causa el consumo en los seres humanos. Hay que destacar los enormes esfuerzos que despliega la Junta en campañas publicitarias, en asistencia a familiares de adictos, en apoyo a éstos mediante la habilitación de clínicas y centros de recuperación. El problema más grave es, tal vez, la aparición de la pasta base, suerte de droga para pobres aunque su consumo no es exclusivo de los estratos más bajos, cuyos efectos son particularmente perniciosos tanto en el mediano y largo plazo (con consecuencias irreversibles) como en el corto plazo. Muchos de los delitos que padece la sociedad son cometidos bajo los efectos de dicha sustancia. Sin contar con que la adicción es tan fuerte que lleva al adicto a procurarse la dosis al precio que sea, lo cual degrada por completo al individuo haciéndole perder todo parámetro de conducta.
En lo que tiene que ver con el narcotráfico, por ser el Uruguay un simple punto en el itinerario de la droga, la sociedad no tenía plena conciencia del problema. No obstante, en la medida en que ha aumentado el número de adictos, la distribución en nuestro país ya ha pasado a ser un asunto que nos concierne directamente. El combate a esta actividad delictiva no había arrojado resultados palpables hasta no hace mucho, cuando la Brigada Antidrogas, con el apoyo de otras dependencias policiales y aduaneras, empezó a asestar golpes certeros al flagelo, tanto a los traficantes internacionales como a los distribuidores domésticos.
La lucha contra el tráfico de drogas en Uruguay está obteniendo resultados espectaculares, que contrastan notablemente con la ineficacia policial bajo los gobiernos anteriores. Este hecho no suele ser suficientemente destacado por la prensa en general, y sin embargo, salta a los ojos la eficiencia de los cuerpos policiales encargados del combate. Llama la atención, por tanto, que desde la oposición y desde los medios de prensa que son sus voceros, no se reconozca ese hecho incontrastable y se prefiera seguir insistiendo en críticas o reclamos de mayor control.
Nunca antes en el país los organismos encargados de prevenir y reprimir el narcotráfico habían logrado incautarse de volúmenes tan significativos de cocaína. Tampoco habíamos asistido a la captura y posterior procesamiento de tantos delincuentes vinculados a ese delito como hoy.
Creemos que es de enorme importancia hacer conocer, difundir, divulgar al máximo, con objetividad, los éxitos policiales en su lucha contra el narcotráfico. Sería una manera de enviar señales positivas a la población, de modo que vuelva a creer en los organismos encargados de protegerla.
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