A riesgo de caer en lugares comunes, parece inevitable --en esta fecha-- hacer referencia al significado y a lo que simboliza la celebración de la Navidad. Se trata sin duda de una festividad de origen religioso --al aniversario nada menos que del nacimiento de Jesús de Nazaret-- que, sobre todo en nuestra sociedad fuertemente marcada por el batllismo ateo de principios del siglo que expira, ha perdido mucho de su religiosidad para adquirir otro significado social; no en vano el 25 de diciembre está señalado en los almanaques oficiales como el día de la familia, en la medida que se convirtió en una pauta cultural que exige celebrarlo en el seno del hogar.
Parece obvio recordar que el mensaje de Jesús es esencialmente humanista y que preconiza el amor al prójimo y la paz, al tiempo que transmite un clarísimo reclamo de justicia social, valores que trascendieron lo religioso para integrarse a la cultura civil occidental. Bueno es recordar también --aunque no tan obvio-- que todas esas ideas fueron sistemáticamente olvidadas o tergiversadas por los amos del mundo cada vez que entraron en conflicto con sus intereses, para lo cual siempre contaron con la aquiescencia de altos prelados y otras autoridades eclesiásticas.
No obstante, y fundamentalmente a partir del papado de Juan XXIII, la Iglesia Católica fue rescatando el auténtico mensaje cristiano y tratando de impulsar sus valores más notorios y postergados. Así se fue produciendo un paulatino alineamiento de la Iglesia junto a las causas populares y por la dignificación de los humildes y explotados.
La Iglesia uruguaya adhirió desde un comienzo a esos postulados postconciliares, y en los tiempos difíciles en que las reivindicaciones populares encontraban la respuesta brutal del autoritarismo, figuras como el padre Spadaccino o monseñor Carlos Parteli desempeñaron un papel destacado al lado de los oprimidos y contra los desbordes del poder.
El actual arzobispo de Montevideo, monseñor Nicolás Cotugno, parece transitar también la senda correcta señalada por los valores cristianos. Aun antes de que el doctor Batlle promoviera el clima necesario para lograr una solución al problema de los desaparecidos, ya monseñor Cotugno había tomado la iniciativa de buscar salidas posibles. Y cuando fue propuesto para presidir la Comisión para la Paz, fue unánime el acuerdo de todos los sectores sociales. Sin apearse de los principios cristianos de perdón y reconciliación, el arzobispo montevideano exhibe una firme postura a favor de que se descubra la verdad, algo que incomoda tanto a militares responsables de terrorismo de estado cuanto a civiles cómplices y genuflexos.
Pero la actitud positiva de monseñor Cotugno no se limita al problema de las víctimas de la dictadura. Su denuncia permanente de las injusticias sociales, su prédica de la "globalización de la solidaridad", su condena explícita al capitalismo salvaje, conforman una posición de inusual firmeza en el cuestionamiento a un modelo de desarrollo material (y de valores culturales) en flagrante contradicción con los principios cristianos.
Por todo ello, en esta fecha tan especial valoramos como corresponde el mensaje y la actitud de las autoridades eclesiásticas.
Brindaremos, entonces, por que se llegue a conocer la verdad de lo que ocurrió durante los años sombríos, como única forma de empezar a transitar por el camino de la reconciliación.
Y al mismo tiempo, nos proponemos no cejar en nuestra lucha contra un sistema socio económico inhumano y anticristiano.
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