Desde que asumió el gobierno actual, la oposición se encargó de dejar bien en claro que su proceder se enmarcaría dentro de una estrategia de franco enfrentamiento con el gobierno.
El frenesí interpelativo se hizo sentir entre los dirigentes de los partidos del llano a tal punto que Reinaldo Gargano ostenta la marca de haber sido objeto de un pedido de renuncia aun antes de asumir al frente del ministerio de Relaciones Exteriores. Todo un símbolo de lo que sería la estrategia opositora y una especie de preaviso de lo que vino después.
Pero sin llegar a extremos tales, recuérdese la saña exhibida por blancos y colorados (sobre todo por los primeros) en su insana pretensión de desestabilizar a algún secretario de Estado. Mariano Arana debió comparecer ante el Parlamento cuando recién había tomado posesión del cargo de ministro de Vivienda, para explicar todo lo relativo al cumplimiento de la reforma constitucional que dejó en manos del Estado el suministro de agua potable; tal vez suponían, los opositores, que el gobierno se las vería en figurillas para dar cumplimiento al mandato constitucional, y ya estaban refregándose las manos ante el fracaso.
Poco importa que las predicciones de catástrofes no se hayan cumplido; poco importa que los augures de calamidades se hayan equivocado de medio a medio; poco importa que el gobierno se siga anotando éxitos en varias y variadas áreas del quehacer nacional. La estrategia opositora es una sola, y blancos y colorados siguen aferrados a ella como al madero salvador que milagrosamente habrá de conducirlos al triunfo electoral en los próximos comicios.
En rigor, nadie debería asombrarse por esta conducta del Partido Nacional, la fuerza política de más peso en el llano. Está dentro de las reglas del juego político en toda democracia representativa que los partidos que no integran el gobierno traten de desprestigiarlo a como dé lugar, pues de ello depende en gran medida la posibilidad de tener un éxito electoral y desplazar al partido que ocupa el gobierno.
Ahora bien, en ese afán destructivo, el Partido Nacional ha caído en desbordes evidentes e inconducentes. Ninguna de las innumerables interpelaciones a que fueron sometidos los integrantes del gabinete (algunos de ellos en más de una oportunidad) tuvo consecuencia política alguna, y no sólo por el hecho de que el partido de gobierno cuenta con mayoría absoluta en el Parlamento, sino porque los cuestionamientos de la oposición fueron sistemáticamente desvirtuados por la solidez argumental de los ministros convocados. Tales instancias parlamentarias terminaron por convertirse en un circo apto para el despliegue verborrágico y la gimnasia dialéctica.
Al final, probablemente consciente del nulo efecto político de tales enfrentamientos en el ámbito del Parlamento, el Partido Nacional ha salido ahora a la palestra a recriminar al ministro Danilo Astori no se sabe bien qué. Aparentemente, lo que irrita a los blancos es el éxito de Astori en la conducción económica del país, y entonces aparecen exigiendo que Astori deje el ministerio y vuelva a ocupar su banca en el Senado, aduciendo un impedimento (?) a los ministros de hacer campaña electoral; concretamente, se le reprocha que se mantenga en el MEF cuando ya ha comenzado la lucha electoral.
El planteo es absurdo por donde se lo mire. En primer lugar, porque Astori --como él mismo se ha encargado de reiterarlo-- no es candidato a nada; su nombre es mencionado con insistencia como uno de los dirigentes con más chances de ser el candidato del Frente Amplio, pero por ahora no hay nada oficial al respecto. Entonces, ¿qué pretende el Nacionalismo? ¿Que Astori abandone el ministerio aun antes de saber si será candidato? Que los blancos dejen de lado su soberbia, pues Astori hará lo que crea conveniente cuando lo crea conveniente y no por una absurda imposición de quienes se han arrogado el papel de jueces supremos de la ética política.
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