La prensa se ha transformado definitivamente en el ámbito de la discusión principal. Más allá de los deseos y las costumbres, la sociedad se comunica a través de sus medios para explicarse fenómenos crecientemente complejos. Y los medios tenemos dificultades para conformar esa demanda, defendiendo nuestras convicciones en equilibrios sostenibles con esa verdad, nueva, avasallante, llena de desafíos y riesgos. El introito tiene que ver con la formación de expectativas y conductas de los uruguayos. Los lectores conocen perfectamente nuestra opinión respecto a la opacidad que rodea la comunicación pública en Uruguay. Pero, a esta altura, desdeciría la motivación fundacional del diario, nuestro compromiso con la ciudadanía y la responsabilidad que supone la pertenencia a la izquierda, eludir los problemas que continúa ostentando el discurso oficial. Este se ha concentrado en demasía sobre el éxito económico y la búsqueda, casi desesperada a veces, de la reintegración social.
Al menos, esta dominancia del éxito económico y de la procura de la protección, han contribuido grandemente a generar una expectativa difícil de manejar. De esas expectativas surge una propensión al consumo que explica parte importante del incremento del gasto. Esas expectativas son caras para la propia política económica y monetaria de este gobierno, y son sumamente peligrosas de manejar en una perspectiva de estabilidad de mediano y largo plazo. Importa reparar en cómo funcionan esas expectativas a nivel individual y colectivo. El consumo de las familias está creciendo a tasas mayores a las del producto, reduciendo fuertemente la porción del ingreso marginal destinado al ahorro y la inversión de los uruguayos. Esto está siendo compensado porque Uruguay ha podido sin grandes dificultades --hasta ahora-- capturar ahorro e inversión externa; la que ha compensado con creces la insuficiencia doméstica. Las familias utilizan la mejora del ingreso en satisfacer consumos postergados y, en los deciles más pobres, esa propensión al consumo es, incluso, mayor al ya importante incremento del ingreso. En tanto, allí, esas expectativas recrean una espiral de endeudamiento que por ahora no ha constituido un problema, pero que expuesto a la agresiva oferta del crédito público y privado, llegará indefectiblemente a serlo. No hay que abundar mucho para comprender cuál puede ser la resultante de la acumulación de esa propensión al consumo tan elevada, un endeudamiento mayor y el desencuentro con la verdadera capacidad de protección del Estado en un escenario en el cual Uruguay recueste su crecimiento a tasas del 3.5% - 4% y ya no del 7%-8% actual.
El funcionamiento de esas expectativas en su expresión colectiva es aún más difícil de administrar. Los agrupamientos sociales multiplican ese discurso del éxito y la protección posible en proporciones geométricas. El caso más actual es el de la enseñanza. El adicional de la rendición de cuentas agregó ciento treinta y cuatro millones de dólares completando una asignación para la enseñanza que en 2009 alcanzará el 4.5% del PIB, unos U$S 1.500 millones. Sin embargo, ello no ha satisfecho ninguna expectativa de reivindicación sino que, por el contrario, ha multiplicado la exhortación al gasto. En suma, las expectativas creadas por la recreación del éxito económico están condicionando la propia continuidad del cambio y su sustentabilidad a futuro. No hay por qué ocultar esto. Entre otras razones, porque si la discusión programática y electoral que adviene en la izquierda no repara en estas cosas, aumentarán las vulnerabilidades y, en ese marco, la economía de la incertidumbre diagramará un escenario en el cual la política será la suma de confusiones y conflictividad.
Este gobierno ya ha hecho lo necesario para promover el crecimiento, satisfacer la necesidad de la inclusión original y echar a andar algunas reformas que exigen continuidad y mejoras. Ahora, es preciso que ese discurso de futuro se integre con un tratamiento diferente en el cual se incorpore más agresivamente el resto de los temas que deben diferenciar a la izquierda del resto de la colectividad política nacional. Es el tiempo de convencer sobre la capacidad de fortalecer la institucionalidad republicana y defenderla cueste lo que cueste. Allí y no en los balances que saturan y multiplican expectativas donde hay que buscar los desafíos de futuro. Esa es la vía del reencuentro de la izquierda con sus desafíos y su mística fundacional. Que es la nuestra por demás.
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