Sábado, 05 de febrero, 2005 - AÑO 9 - Nro.1736
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Residente uruguayo en EEUU quiso sobornar a un escuadrón de Policía y además le pegó a funcionarios

Le organizaron fiesta de bienvenida sin imaginar que estaba en prisión

El corpulento uruguayo que hacía años estaba radicado en Los Angeles llegó a Montevideo a pasar unos días con su familia. Tenía que renovar la cédula y no quiso esperar 15 minutos, entonces armó la de San Quintín y parte de los convites de la fiesta que le prepararon tuvieron que tirarlos.

Todo se desarrolló en las oficinas de la Dirección de Identificación Civil, donde el hombre se acercó a una funcionaria y le ofreció 40 dólares para que le entregara la nueva Cédula de Identidad "ipso facto".

Alarmada, la mujer se negó al ofrecimiento del yanqui uruguayo y le dijo que fuera a hablar con un superior de ella. Ya rabioso, el individuo encaró a un comisario y luego de explicarle "su problema" lanzó un ofrecimiento colectivo que dejó patitieso al oficial. "Mire, hay 40 dólares para cada uno de ustedes, pero denme de inmediato mi documento".

El comisario llamó a la guardia que, a su vez, se comunicó con funcionarios del Departamento de Delitos Complejos que se constituyeron en las oficinas de la calle Rincón en pocos minutos.

Los investigadores rodearon al impaciente gigantón y le explicaron que tenía que acompañarlos a la Jefatura capitalina. Lejos de sentir culpa por lo que había intentado hacer, el hombrón se les fue encima a los policías y les aplicó varios golpes de puño, ante lo cual aquellos no tuvieron más remedio que aplicarle una andanada de llaves paralizantes y dejarlo prontito para la camioneta.

El caso fue puesto en conocimiento del juez en lo penal de turno quien no pudo ocultar su asombro por la robustez del imputado, pese a lo cual lo remitió a prisión por un delito de soborno en grado de tentativa y otro por desacato.

A todo esto, amigos y familiares que ya habían culminado los preparativos de la fiesta sorpresa después de tanto tiempo de no verlo, se sentaron a esperarlo estratégicamente detrás de puertas y muebles. Allí estuvieron horas para agasajar al gigantón, hasta que una llamada telefónica arruinó la fiesta. Apesadumbrados, todos los invitados a la reunión se dirigieron a la prisión, dejando las masitas y sandwiches de lado, aunque una vez que lo vieron entre rejas obviamente no se registraron escenas de tanto regocijo. Lo cierto es que, dicen las malas lenguas, algunos amigos volvieron rápidamente a la casa a engullir lo que no se había echado a perder. *


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