Poco después otro caso se registraba en la Ciudad Vieja y a los seis meses en un apartamento del Complejo Euskal Erría sucedió lo mismo. En la víspera otro caso de "coleccionistas de basura" quedó al descubierto cuando los bomberos debieron acudir con rapidez a la finca situada en Enrique Martínez 1588 y Carabelas, en el barrio de Reducto al incendiarse las chapas del techo que el dueño estaba galvanizando. La extinción de las llamas se complicó por la gran acumulación de residuos de la finca, pero afortunadamente no hubo que lamentar víctimas.
Cuatro casos en menos de un año llama la atención a la Policía y es materia obligada para psiquiatras y psicólogos que denominan esta patología de hacer acopio de basura como el "síndrome de Diógenes".
Esta enfermedad se conoce así, en alusión al filósofo griego del siglo IV antes de Cristo, que vivió en la más absoluta austeridad y criticó sin piedad las instituciones sociales. Los que padecen el síndrome, más extendido entre personas mayores de 65 años que viven solas, suelen sufrir algún tipo de trastorno mental -delirios paranoides, esquizofrenia, demencia senil, psicosis- y recogen y acumulan gran cantidad de objetos inservibles. Se abandonan, tanto en la higiene como en la alimentación.
Los profesionales en salud mental señalan que "hay pacientes que acumulan cosas de manera obsesiva negándose a tirar los objetos, que van configurando un mundo propio y es como si acabaran convirtiéndose en parte de sí mismos. Por eso les cuesta tanto desprenderse de ellos". La inseguridad y el miedo extremos, ligados a la soledad, también engendran a veces el impulso de acumular cosas. El amontonamiento actúa como un muro protector. Son una especie de coleccionistas sin criterio, guiados por la necesidad de acumular compulsivamente para sentirse protegidos en su madriguera de basura.
El procedimiento que siguen los servicios sociales en estos casos es siempre el mismo. Cuando un asistente social localiza un caso extremo de abandono, como son "los Diógenes", si los afectados se niegan a recibir ayuda, el último recurso para intervenir es que un juez autorice el ingreso involuntario en un centro hospitalario.
Son casos de difícil resolución si no hay una denuncia previa de los vecinos o familiares, porque los afectados por este síndrome se aíslan del mundo, y mantienen muy poca relación con el vecindario que sólo denuncia el caso cuando el olor se hace insoportable.
Algunos especialistas señalan que a veces los afectados por este síndrome no muestran conductas extravagantes en su entorno, sino que es al llegar a sus casas cuando se parapetan en el descuido y la dejadez. En esos casos es difícil descubrir su estado, y es que son víctimas de una soledad mucho más profunda de la que aparentan.
Cuando a un Diógenes del siglo XXI le preguntan por qué vive en esa situación, o cómo soporta el olor, le quita importancia. Uno de los hombres cuya situación tomó estado público que la casa estaba "desordenada", que sólo era ropa.
Estos argumentos son fruto de un delirio que se fragua durante años con parcial o nula conciencia de su enfermedad, dicen los especialistas en sanidad mental.
Suele darse en personas solitarias, que acaban teniendo un carácter huraño. Pero a veces el delirio puede llegar a compartirse en lo que se denomina folie a deux (locura compartida) y el afectado acaba arrastrando a alguien cercano que esté dispuesto a compartir su enfermiza percepción de la realidad. *
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