PEDRO CRIBARI PERIODISTA
¿Con cuál mitad del vaso nos quedamos?
¿La que muestra la capacidad de la Policía de evitar una tragedia en los alrededores del Estadio Luis Tróccoli logrando que no hubiera un cuerpo a cuerpo entre fanáticos de Cerro y fanáticos de Peñarol?
¿O con la impericia de las autoridades del fútbol y del Ministerio del Interior de permitir que se jugaran dos partidos de altísimo riesgo con las hinchadas presentes?
Sólo mentes muy inocentes podían imaginar un escenario de tolerancia o control en dos partidos como Cerro-Peñarol y Platense-Cerrito, jugados a menos de 2 mil metros de distancia y con rivalidades cruzadas entre los protagonistas.
No alcanza con repudiar los hechos de violencia. Tampoco caer en las frases hechas de que "hay que aprender de estas situaciones para no repetirlas". Pura cháchara, vacía de contenido.
Lo único que cabe son fórmulas reales y concretas que erradiquen a los inadaptados del ambiente del fútbol. ¿De qué sirvió que se gastaran decenas de miles de dólares en filmadoras para registrar a los violentos de cada club? De nada, porque no se usó esa información calificada para adoptar alguna medida ejemplarizante. Muchas comisiones, muchos diagnósticos y paupérrimos resultados.
Se conocen los modelos exitosos en el mundo porque la violencia no es un mal uruguayo y no se aplican en nuestro medio. Los que han ido arruinando el fútbol como esparcimiento familiar y de la comunidad gozan de fuerte protección. Y así nos va. Cada vez más seguido escribiendo o hablando de estos temas propios de la crónica roja. Como un uruguayo más, me gusta el fútbol, me gusta en especial vivir una tarde de fútbol en familia o con los amigos. Claro, como un uruguayo más, cada vez asisto menos al fútbol abrumado por la incapacidad y falta de voluntad de las autoridades para crear en torno a ese hermoso deporte un clima adecuado para que se disfrute y no se sufra o se tenga miedo.
Anoche, cuando escribía estas líneas sentía que los uruguayos habíamos dado otro paso en la dirección perversa del doble discurso imperante en el gobierno del fútbol.
Miraba con envidia cómo dos rivales directos del fútbol inglés, el Manchester y el Arsenal, se enfrentaban nada menos que por el liderazgo, sin tejidos ni grupos de choque policial que garantizaran la buena conducta de los espectadores.
Nosotros nos quedamos con la imagen de los alrededores del Tróccoli, las noticias escalofriantes del Paladino y el autismo de las autoridades. *
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