Pasadas las 10.30 horas ingresó a Cárcel Central el arzobispo de Montevideo vistiendo un atuendo negro y llevando un maletín en sus manos. Teniendo en cuenta que el año Jubilar culmina el próximo 6 de enero, y en la proximidad de la Navidad, el religioso decidió visitar nuevamente a los reclusos del establecimiento carcelario de la calle San José y cumplir la promesa de jugar con ellos al ping-pong.
Días atrás había comenzado el peregrinaje por los centros de reclusión, llegando primero a la Cárcel de Mujeres el cinco de diciembre y al Comcar el pasado lunes en donde también ofició misa y entregó la eucaristía a los presidiarios. Monseñor Cotugno dijo ayer que su visita a Cárcel Central (ubicada en el mismo edificio de la Jefatura de Policía de Montevideo) es motivada por la conveniencia de entregar a esa población un clima de comprensión, cercanía y presencia de fe a través de la persona de Dios, "que es misericordioso y nos da la fuerza para superarnos y ser mejores; es positivo".
Sobre la posibilidad de rehabilitación de personas que cayeron en la delincuencia sostuvo que "sí es posible la recuperación, aún cuando éste haya cometido un asesinato". Explicó que "el cambio es factible siempre y cuando se le haga entender a este ser humano que se equivocó. Para modificar estos comportamientos se debe llevar a esta persona a una autocomprensión de su responsabilidad, y al mismo tiempo, remediar el crimen cometido".
Puso como ejemplo, que en el ámbito de la Iglesia, cuando se acuerda el perdón de un pecado de homicidio, el matador tiene que hacerse cargo de la responsabilidad de la consecuencia. "Si mató a un padre de familia, por un derecho de justicia, el homicida deberá con responsabilidad preocuparse por la viuda y los hijos que permanecen desamparados, y trabajar para mantener a esta familia", opinó el arzobispo.
"!Perdón sí!", sentenció, pero bajo la condición que sea con corresponsabilidad y justicia. A su vez señaló que la recuperación del delincuente se hace gradualmente, según el caso.
En este sentido manifestó su deseo de que las instituciones penitenciarias sirvan para que la persona pueda darse cuenta de sus errores y, al mismo tiempo, ingresar al recluso en un proceso de rehabilitación y de reinserción en la sociedad en términos positivos.
Monseñor Cotugno transmitió el pedido hecho por el papa Juan Pablo II de reducción de penas para la población presidiaria, "que no fue para atropellar la Justicia", aclaró, sino que se propuso para facilitar el arrepentimiento, buscar el cambio y la reinserción de quien cayó en una falta.
El prelado anunció que el pedido papal de condonación de penas tuvo eco en algunos países, como en Italia y España, que en las cercanías de la Navidad, se registrarán algunas reducciones en el tiempo de las condenas. En Uruguay --dijo-- "las autoridades tienen su sentido de responsabilidad y se mueven de acuerdo a su propio accionar".
Antes de subir al cuarto piso del establecimiento, monseñor Cotugno anunció que tras celebrar misa jugaría con los presos al ping-pong y sacó de su maleta un juego de paletas y pelotas. Las exhibió y pronosticó que no iba a perder ningún partido. Los hechos dirían que de los tres que disputó ganó sólo uno, aunque demostró tener gran habilidad y rapidez en su mano derecha.
Con su carisma consiguió que los presos ovacionaran cada tanto que obtenía. Había clima de fiesta. "Yo desafié en mi anterior visita a los reclusos a jugar, recordando la época de mi niñez", expresó el jerarca eclesiástico. A pesar del agobiante calor reinante en el ambiente, la población reclusa de Cárcel Central parecía vivir un día especial, de regocijo espiritual y distensión.
Actualmente, el establecimiento funciona como cárcel y centro penintenciario. Retiene a unos 100 reclusos de forma permanente: algunos tienen permiso para salir a trabajar y otros para realizar visitas a sus familiares. Mientras tanto, en el mismo edificio, hay reclusos que ya purgan penas y otros esperan ser derivados al Comcar.
Días atrás, en este edificio céntrico, los reclusos palpitaron con los partidos clásicos entre Nacional y Peñarol y, al igual que en el Estadio Centenario, fueron divididos en hinchadas a fin de preservar la paz interna.
Pudieron ver los partidos a través de la señal por cable emitida en los dos televisores instalados a principio de mes en el piso cuarto. Sin embargo, ayer, la distracción no fue la televisión por cable, sino las ocurrencias del arzobispo de Montevideo que desafió a una treintena de reclusos a jugar al ping-pong.
Minutos antes envió, mediante la eucaristía, un mensaje tendiente al arrepentimiento y a la búsqueda de la superación a través de la persona de Cristo.
Pidió para que Dios les brinde la oportunidad de devolver aquello que ilegalmente quitaron y tras comulgar a la mitad de los presentes, se fotografió con todos los reclusos junto a la imagen de la Virgen de los 33 que el religioso había regalado a los presos en su anterior visita a Cárcel Central, como motivo del Jubileo de los Presos.
Finalmente, monseñor Cotugno con sus 62 años, dio clases de ping-pong. Jugó tres partidos consecutivos con los más experientes reclusos, demostrando dotes para el juego y reflejos para responder a los veloces pelotazos: perdió el primero por un punto, ganó el segundo y el tercero lo perdió también por poco.
Comentarios (beta!)