Voceros de este grupo de personas se contactaron con LA REPUBLICA y narraron su padecimiento, tal como definieron la realidad que viven. Pidieron no ser identificados. Tienen miedo de posibles represalias: "Esta gente está armada, no sabemos cómo pueden reaccionar", justificaron así su pedido.
Según lo explicaron, los hechos que motivaron su denuncia se remontan a hace varios años, pero en el transcurso de éstos la situación se vuelve cada vez peor. Prueba de esto es que en octubre de 1997 ya habían presentado la primera denuncia formal en Jefatura. Recalcan lo de "formal" porque llamadas telefónicas pidiendo la presencia de la Policía, han sido varias.
A la luz de los hechos, sostienen, no ha habido respuestas. Una de las cosas que dijeron los vecinos es que "la Policía nos dice que no están cometiendo delito alguno, pero esto no es así". Según explicaron, las armas, la compra de droga, algunos robos a ocasionales clientes, y los disturbios, son moneda corriente sobre la calle Pagola entre Bulevar Artigas y Carlos Anaya.
Uno de los puntos en el que más hicieron hincapié es que desde hace años no saben lo que es dormir tranquilos: los viernes y los sábados menos. Han tratado de todas las formas de pedirle a los travestis que no se sienten en las puertas de sus casas, que no les orinen ni les hagan caca en sus frentes, pero no han logrado nada.
Los denunciantes dicen que en esa cuadra viven personas mayores y niños que se ven enfrentados a situaciones que no creen sean las mejores. Por ejemplo, aseguraron, sus denunciados suelen estar vestidos con muy pocas ropas y a veces con ninguna ya que "mantienen relaciones en la propia calle con sus ocasionales clientes".
Demostración de esto es que después de las ocho de la mañana, cuando los travestis se retiran y la "calma vuelve al barrio", quedan los restos de su presencia: jeringas, preservativos, botellas y demás.
A principios de febrero más de 40 vecinos firmaron una nota para radicar la denuncia ante el Departamento de Orden Público de la Jefatura: "Estas personas hacen uso de nuestros jardines, pasillos y puertas de la calle para orinar, defecar, mantener relaciones sexuales y otros actos que entrarían dentro de los atentados violentos al pudor, frente a todos nosotros. Luego de los cuales dejan vestigios de semen, preservativos usados, orina, excrementos (diarrea la mayoría de las veces), vómitos y sangre en nuestras puertas, ventanas y veredas".
En la carta dirigida al titular de la repartición, comisario Alvez, explican que luego de esto "las puertas son lavadas con litros de agua jane, desinfectantes de las más diversas marcas conocidas en el mercado, porque como usted entenderá constituyen altos focos de infecciones tanto para nosotros como para nuestros niños".
Finalmente, los firmantes advertían: "Queremos comunicarle que es nuestro último intento de poder solucionar las cosas a través de la ley en la que tanto creíamos. Si estas personas no son retiradas en un plazo razonable, los vecinos tomaremos otras medidas (ejemplo: prensa escrita y oral) para dar a conocer nuestra situación". Según lo explicaron a LA REPUBLICA, el plazo razonable ya fue superado (la denuncia fue presentada el 4 de febrero de 2000) y tras recurrir a este medio adelantaron que no descartan realizar denuncias penales.
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