Martes, 06 de marzo, 2007 - AÑO 10 - Nro.2481
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A propósito del informe y discurso presidencial

Profundización democrática y crecimiento con equidad

ENRIQUE RUBIO (*)


Mucho se ha discutido y mucho más se debatirá acerca del Informe y Memoria Anual de la Gestión del Gobierno Nacional remitido la Asamblea General el 27 de febrero y sobre el acto realizado en la Plaza Independencia el 2 de marzo último. Es lo bueno de este país: discute a diestra y siniestra, con calor y en forma ininterrumpida, en relación con todo evento que le viene en gana -relevante o insignificante- y luego cesa en forma abrupta, mueve el dial y pasa a otra cuestión. A mi juicio, en este caso lo más importante es la ruptura de los códigos, de las rutinas establecidas y de las inercias institucionales. Antes los Informes de los Presidentes no contaban, pero ahora sí importan. Incluso la oposición quiere responder. ¡Bienvenida la oposición!

Se puede argumentar que el Frente Amplio no debió convocar, pero nadie puede discutir el derecho del Presidente a hablar directamente a la ciudadanía en la plaza pública: ¿o se prefieren las cadenas de radio y televisión, la adustez del mandatario ante su augusto escritorio, enmarcado por las consabidas banderas y símbolos patrios? No está mal el calor de miles de ciudadanos, ni la fuerte apelación a la simbólica del artiguismo, ni que la gente sustenta con sus manifestaciones un mensaje que tiene por destinatarios masivos a los que fueron y también a los televidentes interesados. Claro ¡no todos podían o se animaban a hacer esto en gobiernos anteriores! Y no porque les disgustara o carecieran de la idea. Algunos periodistas con aguda capacidad de discriminación han dicho que esta "semiótica oficial" del artiguismo y la calle introduce una diferencia radical con gobiernos anteriores. Aciertan, ¡de eso se trataba! Otros comentan que el discurso pudo ser más corto, y es probable que tengan razón, incluso por ello Tabaré Vázquez debió suprimir nada menos que el capítulo de las propuestas de cara al futuro a pesar de sus tres horas de intervención. En todo caso ello no es lo central.

En materia de contenidos, en relación con el Informe y el discurso, me parecen muy destacables algunos aspectos. En primer lugar, el énfasis en la coherencia entre el compromiso previo y las realizaciones posteriores. Principalmente en el campo del fortalecimiento y profundización de la democracia. Algunos sostienen que el proceso de cambios debió ser más rápido, profundo o radical. Otros, que ello no era posible dado el desastre heredado y constituido en punto de partida. Pero la mayoría coincide con el gradualismo, con el respeto ostensible de las libertades públicas, con la jerarquización que este gobierno ha realizado, por ejemplo, del Poder Judicial y de todas las intendencias: a la transferencia de unos 333 millones de dólares anuales del fondo previsto en el artículo 298 de la Constitución, y a otros aportes significativos que se realizan por distintos conceptos, se agregó ahora la promesa de cubrir el 30% del alumbrado público, lo que no es poca cosa. O respalda el impulso dado a la generación de derechos civiles, sociales y políticos o, en otro enfoque, con el respeto otorgado a los derechos humanos. En particular, la mayoría coincide con su compromiso con el "nunca más" y con su política contra toda forma de discriminación y en favor de acciones afirmativas en derechos de género, infancia y adolescencia, o de reividicación de otros excluidos, postergados, olvidados o invisibles. Respalda la política de relaciones laborales, el fortalecimiento de los derechos de las organizaciones sociales y de sus miembros, el impulso innovador en materia de legislación social -el más importante desde José Batlle y Ordóñez-, amparando, entre otros y otras a las trabajadoras domésticas, a los asalariados rurales o a los dependientes de empresas terciarizadas. Coincide con su firme decisión y con las campañas consiguientes en favor de la salud de la población (antitabaquismo y otras adicciones, y distintas políticas de prevención), o sus acciones en relación con los asentamientos precarios o en apoyo del movimiento cooperativo. También la mayoría otorga credibilidad a su énfasis en la austeridad republicana y a su decisión de cortarle la mano a la corrupción, en caso y allí donde aparezca. Y apoya el combate de las redes clandestinas, nacionales y transnacionales, del llamado crimen organizado, y el esfuerzo, aunque todavía considere que es insuficiente, en defensa de la seguridad pública y ciudadana.

En segundo lugar me parece jerarquizable el énfasis puesto en el crecimiento con equidad, soporte económico de la profundización democrática. A pesar de la coyuntura adversa en algunos aspectos, como el precio del petróleo, la sequía que soportada, y la agresión de los cortes de ruta, con daño intangible en imagen y tensiones incluso mucho más importantes que los cientos de millones de dólares perdidos en turismo. Esta armonización del crecimiento con la redistribución de la riqueza, o de los ingresos, merece un énfasis especial. Se desprende de lo dicho y escrito pero requiere mayor destaque. No sólo es cierto que el producto bruto interno de 20 mil millones de dólares es el más alto de la historia, también es verdad que el crecimiento se da con redistribución simultánea: la combinación del aumento del empleo -y caída de la desocupación- con el incremento más rápido de los salarios y de otros ingresos que el ritmo de crecimiento del producto, como resultado del gasto social presupuestal (que no abarca solamente ni principalmente al plan de emergencia), la formalización de la economía (visible en los nuevos cotizantes del BPS, o en el número de beneficiarios de Disse, o en las asignaciones familiares, o en la posibilidad de otorgar aumentos diferenciales a las jubilaciones más sumergidas), o como producto de los consejos de salarios y de la acción del mercado. Por algo el ingreso real de los hogares creció en 2006 el doble que el producto; y los salarios, a su vez, más del doble. Téngase en cuenta, para no abundar en números pero tampoco omitirlos, que la ocupación industrial creció en torno al 10% en 2006, y en dos años la inversión pública un 50%, la privada un 60% -unos 900 millones de dólares- y que la inversión extranjera directa batió todos los récord históricos, alcanzando, aún sin considerar la planta de Botnia, en el año que finalizó el 30 de setiembre de 2006, los 1400 millones de dólares. Si todo lo anterior se traduce en una mejora de los indicadores sociales -en la caída, por ejemplo, de la mortalidad infantil- ello constituye una consecuencia tan feliz como obvia y previsible, en un país en el cual la desocupación cayó, en relación con las cifras de 2003, prácticamente a la mitad. Todo ello sin considerar el impacto redistributivo que tendrán las dos grandes reformas que entrarán a regir este año: la tributaria y de la salud. *

(*) Senador de la República.


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