"Pero a pesar de eso, al mismo tiempo, se convirtió en una situación de hecho para mí que yo tuviera una segunda vida que desarrollé en el sótano de mi casa". El jubilado austríaco hizo estas confesiones escritas a su abogado Rudolf Mayer, quien las entregó, con el permiso de Fritzl, a la revista News, de Austria.
Fritzl reconoce haber violado reiteradamente a su hija Elizabeth, hoy de 42 años, durante sus visitas a su búnker hermético. "Era como una adicción", declaró. Apenas tomó pequeñas o ninguna precaución anticonceptiva "porque la verdad es que yo quería hijos con Elizabeth".
Admitiendo que su hija tenía miedo de parir un bebé sin asistencia médica, él trató de prepararla para la ocasión llevándole libros médicos, toallas y desinfectantes.
Elizabeth alumbró siete de sus niños en el sótano entre 1992 y 2002, uno de los cuales murió tres días después de nacer. "Yo estaba feliz con mi vástago", dijo. "Era para mí una idea encantadora tener una familia adecuada... debajo, en el sótano, con una buena esposa y un par de hijos", explicó. Describiéndose a sí mismo como "un hombre decente, con buenos valores" y no la "bestia" que retratan los medios de prensa. Fritzl incluso insiste en que él "hizo lo mejor que pudo para cuidar a su familia secreta".
"Cuando yo bajaba al búnker, llevaba flores para mi hija y libros y animales de peluche para mis hijos", dijo Fritzl, agregando que él miraría películas de aventuras con los niños mientras Elizabeth cocinaba sus comidas favoritas. "Y después nos sentaríamos todos en la mesa de la cocina a comer juntos", apuntó.
En lo que aparece como un desesperado esfuerzo por explicar sus actos, Fritzl enfatizó con fuerza que sus emociones hacia su hija fueron una "derivación" de los sentimientos incestuosos que él había experimentado hacia su propia madre, María, cuando niño, situación que él nunca había estado en condiciones de expresar.
"Mi mamá era una mujer fuerte", dijo Fritzl. "Ella me enseñó los principios de la disciplina, el orden y el trabajo duro, y me alentó en mi vida escolar y profesional". Ella lo había educado a su imagen, tomando muchos trabajos al finalizar la Segunda Guerra Mundial, contó. Ella se había separado de su marido, a quien Fritzl describe como "un sinvergüenza sin valor y un mujeriego".
"Ella era tan estricta como es preciso, la mejor mujer en el mundo. Y yo era su esposo en cierta manera. Ella era la jefa en el hogar, pero yo era el único hombre de la casa... Tuve éxito en suprimir mis deseos. Las semejanzas de puntos de vista y habilidades entre Elizabeth y su madre fueron la causa de él "la eligiera" a ella, en lugar de a sus otras hermanas, dijo.
"Mi deseo de tener sexo con Elizabeth resultó cada vez más fuerte", dijo. "Era un círculo vicioso del que no había salida, no solamente para Elizabeth, tampoco para mí".
Pero Fritzl recalca que aún ama a su mujer desde hace 52 años, Rosemarie, actualmente de 68, con quien él tuvo siete hijos. "Desde que puedo recordar, mi mayor sueño era tener muchos hijos... y yo consideré que Rosemarie sería la madre apropiada. No hay nada malo en ello", dijo. "El hecho es que yo la amé y aún la amo".
El poner los ojos sobre su hija en 1984, dijo, había sido una forma de controlar el comportamiento de ella y limitar su estilo de vida excesivo, agregando que su apego al orden y la disciplina era un producto de haber crecido en la Austria pautada por el nazismo. "Ella era muy diferente a mis otras hijas", dijo. Ella salía durante toda la noche, tomaba alcohol... incluso escapó dos veces. Yo la traje de regreso a casa cada vez". Fritzl admitió haber drogado a Elizabeth y haberla conducido al sótano que había sido concebido específicamente para encarcelarla. Dijo que él "tuvo que crear un lugar donde yo pudiera mantenerla a la fuerza si era necesario, lejos del mundo exterior".
"Yo sabía que a Elizabeth no le gustaba lo que yo le estaba haciendo, yo sabía que le estaba causando daño a ella, que la estaba lastimando. Pero la presión por hacer posible finalmente lo que estaba prohibido era demasiado fuerte para mí".
No obstante, el escenario que Fritzl había construido resultó cada vez más difícil de controlar, dijo. "Con cada semana que yo mantenía a mi hija prisionera, mi situación se tornaba más disparatada", dijo.
"Pensé una y otra vez si yo debía o no dejarla ir. Pero yo no era capaz de tomar una decisión, aunque y quizás precisamente a causa de ello yo sabía que cada día que pasaba yo iba a ser juzgado más severamente por lo que había hecho. Pero yo estaba aterrado de ser arrestado, y por mi familia, y porque todo el mundo conocería mi crimen... hasta un día en que, simplemente, ya era demasiado tarde para liberar a Elizabeth". Fritzl reivindica enfáticamente que él había instalado un mecanismo de relojería en las puertas del calabozo, de forma tal que si algo le sucedía a él, ellos sus prisioneros podrían abrirlas luego de un cierto período de tiempo. "Si yo hubiera muerto, Elizabeth y los niños habrían alcanzado la libertad".
Fritzl afirma que él no consideró suicidarse. "Yo no quiero morir", dijo. "Lo único que quiero es hacer la expiación".
El abogado de Fritzl dijo que su cliente podría recibir exámenes siquiátricos para evaluar si corresponde que sea juzgado. Mayer agregó que puede apelar si la sentencia de la Corte no contempla la personalidad de su cliente.
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