ANTONIOP PIPPO - DESDE DIPUTADOS
El primer tema del orden del día no debió haber obligado a los señores diputados a un esfuerzo verbal mayor a digamos con generosidad una media hora: se trató el proyecto de creación de un circuito histórico en la ciudad de Paysandú, relacionado con la gesta del general Leandro Gómez. Su origen fue una iniciativa expuesta en un libro por el doctor Martín Durán del Campo, quien, como corresponde, estaba en las barras, cabalmente emocionado.
Pero, se sabe, la esperanza suele equivocarse.
La presentación inicial de Gustavo Borsari (Herrerismo), minuciosa, profunda, casi lírica, hubiese bastado. No fue así. Hablaron tantos legisladores que perdí la cuenta; todos abundaron y redundaron a la enésima potencia y con una fruición impresionante. La verbosidad alcanzó proporciones tales que, seguramente influido por ese entusiasmo tan caudaloso, un diputado blanco llegó a decir: "El legislador que me 'procedió' en la palabra...".
Me dejó estupefacto, más allá de que el circuito histórico de marras fue aprobado, como se supo que ocurriría desde antes de que hablara Borsari. Claro, siempre se halla el momento de hablar para la tribuna (o para sí mismos).
Ruben Martínez Huelmo (Espacio 609) informó el proyecto de acuerdo con Venezuela en el ámbito del desarrollo del programa Venesat 1 sistema satelital Simón Bolívar para el uso conjunto de la posición orbital 78º, solicitada por Uruguay para el programa Urusat 2. El mero enunciado pone los pelos de punta: es una reacción orgánica ante el peligro, en el caso de introducirnos en algo tan complejo e intrincado que nos pudiese depositar a las puertas del Vilardebó.
No obstante, Martínez Huelmo hizo el supremo esfuerzo de bracear sin hundirse entre confusas olas técnicas, históricas y aun enciclopédicas. Eso sí: despreció a la síntesis. Al comienzo, y cual sublime acto de sinceridad, dijo: "éste es del tipo de acuerdos más complejos, a los que la cátedra ha ubicado en el derecho espacial". De inmediato, y para construir el indispensable contexto, fue hacia atrás hasta el mismísimo inicio de la era espacial, la penetración del hombre lo dijo sin pudor en el cosmos, el lanzamiento del Sputnik e incluso aquella Guerra Fría que tantas películas y literatura produjo. En determinado momento, quizás por una zancadilla de hadas malignas, hizo referencia a la Ley de Newton y comprobó, con un azoramiento que despertó piedad, que había perdido de vista el texto de referencia. Alguien gritó "¡la manzana, la manzana!", en una trivial alusión al fruto utilizado por el sabio en su experimento sobre la gravedad; tuvo el efecto de un milagro: Martínez Huelmo halló los papeles extraviados y nos aplastó desde entonces, con inocultable placer, en una escasamente exquisita disertación. Quien gritó fue acribillado por miradas criminales desde todos los ángulos.
Concretamente, Uruguay presentó en su momento los registros necesarios ante la Unión Internacional de Telecomunicaciones, referidos a la utilización de las posiciones orbitales distancia de un lugar determinado al primer meridiano 75,5º y 78º de longitud oeste. Pero, de no darse continuidad a los procedimientos de coordinación establecidos, tales registros serán eliminados a la brevedad. Este acuerdo que por otra parte resuelve ese riesg posibilita que Venezuela utilice una de las dos órbitas satelitales a cambio de servicios de comunicación sin costo alguno y con destino exclusivo al tráfíco de informaciones gubernamentales. Venezuela correrá con los gastos de toda la tramitación ante la Unión Internacional de Telecomunicaciones y, además, Uruguay no tendrá responsabilidad por daños que se puedan originar en la puesta en órbita del satélite y operaciones subsiguientes. Nuestro país accede, sin costo alguno y contra demanda, hasta al 10% del total de la capacidad operativa del espectro de frecuencias del Programa Venesat 1. Además, deberá informar a Venezuela sobre los trabajos de coordinación y cualquier modificación de los parámetros técnicos registrados ante la autoridad internacional.
Martínez Huelmo quedó exhausto luego de enrostrarnos su instruida lectura y, por un momento, la sala dudó si la extensión de sus propias palabras no le haría sucumbir, fenómeno inusual pero que registra antecedentes parlamentarios. No le ocurrió, por suerte.
Antes de que tomara la palabra Jaime Trobo (Herrerismo), que se había estado afilando los colmillos con una lija, ocurrieron algunos hechos dignos de mención. En las barras se instaló una dama de larga cabellera negra y amplio escote; como se fue rápidamente, todos imaginamos que no le interesaban precisamente los satélites. También regresó Jorge Gandini (Alianza Nacional), sin haber rebajado ni un gramo y tan locuaz como siempre. Y Adriana Peña (independiente, Partido Nacional) exhibió un sobrio trajecito gris que me hizo recordar al que lucieron algunas hermanas dominicas cuando dejaron su hábito tradicional.
Trobo fue un huracán. Blanco, sí, pero huracán al fin. Empezó tirando la espadilla de mano: "Esta no es la forma en que Uruguay debe acceder a su posición orbital. Es inconveniente, es un acuerdo desprolijo y, en algunos aspectos, poco transparente. Es un tema complejo, técnico, y nosotros queremos dar una visión política".
En esto cumplió. No apeló a Newton, ni a Galileo, ni a Sagan, ni muchos menos a Hawking con su física cuántica y sus agujeros negros. Se permitió, eso sí, alguna ironía. Al recordar la inquietud de la oposición acerca de los riesgos que este convenio puede generar a Uruguay, dijo que el canciller Gargano afirmó que no eran tales "porque desde los satélites no se puede tirar bombas"; concluyó esta cita con una expresión equiparable a la que podía haber usado Mefistófeles mientras se le caía un poquito de baba ante un santo varón ingenuo: "¡Qué candidez!".
A juicio del Partido Nacional digo esto porque a los colorados, durante toda la sesión, ni el área geoespacial ni el convenio les movieron un pelo "en el origen de su solicitud del satélite, Uruguay requirió que el mismo pudiera operar para todas las zonas de las Américas, en todas las bandas y en todos los canales, y esa coordinación debe ser hecha exclusivamente por nuestro país". Trobo, con la voz lo suficientemente erecta como para que nadie dejara de prestarle atención, aclaró: "Venezuela solicitó un acuerdo para hacer uso de las posiciones concedidas a Uruguay, porque tenía complicaciones serias ante la Unión Internacional de Telecomunicaciones para obtener su propia posición orbital". Y añadió: "No queda claro si la bandera posición georbital será uruguaya o venezolana, ni si las comunicaciones gubernamentales incluirán a las militares y si, eventualmente, éstas podrían ser destinadas a fines contrarios al mantenimiento de la paz". Y remató: "el artículo 11 del acuerdo arrebata al parlamento su potestad de conocer aspectos de la actividad del gobierno, violando expresas disposiciones de la Constitución de la República".
Concluidas las exposiciones, una tensa calma se apoderó de la sala. ¿Todo había terminado? ¿Se había agotado realmente la lista de oradores? ¿Se pasaría, nomás, a votar el proyecto?
No.
Cuando ya Trobo acomodaba los papeles en la carpeta, poco menos que dispuesto a irse, se observó al coordinador de la bancada oficialista, Aníbal Pereyra (Espacio 609), como atacado por el mosquito del dengue: hablando por celular, haciendo visera sobre su frente para ver mejor, saltando de banca en banca como un arlequín tricolor, recorriendo a grandes zancadas el ambulatorio y abriendo y cerrando puertas.
¡Por las barbas del profeta!
Le faltaban dos votos, a la búsqueda de los cuales salió y llamó a despachos, a la cantina del Palacio y hasta a boliches cercanos. Casi al borde de un accidente vascular, ordenó a Martínez Huelmo que pidiera la palabra ¡arreglate como puedas Ruben, que Aníbal necesita tiempo!, lo cual éste hizo con presteza. Su breve aporte verbal, porque a los cuarenta segundos entraron en tropel varios legisladores oficialistas por diversas puertas (como el chancho del "Castillo de la suerte"), tuvo, empero, un efecto de estirada tipo Mazurkievicz. Obvio: Trobo no perdió la oportunidad, se reenganchó como en la conga de campaña, ahora apoyado por su correligionario Pablo Abdala, y alargó la cosa un rato más porque antes, vivo como el rayo, se había apoyado en la generosidad obligada de Pereyra quien, con su pataleta detectivesca todavía insatisfecha, ordenó a sus huestes votar la extensión de la hora de la sesión.
Claro, todo concluye en la vida. Al final, y tras un par de sueñitos de Semproni de una pureza conmovedora y totalmente justificados la mayoría puso sus votos sobre la mesa y el acuerdo ya famoso quedó aprobado.
Newton, agradecido. Escuchá a Newton en la barra: "¡Muy bien, Ruben!
Y a continuación, con una velocidad antes desmentida, también se aprobó la exoneración de tributos a los consultorios jurídicos gratuitos que atiendan a poblaciones carenciadas, unas modificaciones propuestas por el Senado al estatuto del refugiado y la tipificación como falta de la reventa de entradas para espectáculos públicos. *
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