Miércoles, 13 de diciembre, 2006 - AÑO 9 - Nro.2400
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En Diputados se citó a Locke y a Rousseau y hasta un principio milenario

Aprobaron nuevas normas sobre propiedad de inmuebles y explotaciones agropecuarias

Según lo aprobado, la titularidad del derecho de propiedad de inmuebles rurales y explotaciones agropecuarias será de personas físicas o de sociedades cuyo capital esté representado por acciones nominativas pertenecientes a personas físicas. Tras un homenaje al ex diputado del Partido Nacional por Lavalleja Gonzalo Piana Effinger, fallecido hace pocos años, cuyos valores personales y extensa trayectoria política fueron destacados con justicia por varios diputados, pasó luego, sin pena ni gloria, la media hora previa.

Antonio Pippo

Sirvió acaso para advertir algunos detalles exquisitos: Enrique Pintado (Asamblea Uruguay) exhibió con valentía una corbata colorada ("símbolo de derrota", dijo elípticamente) para quitar de su mente el espanto del domingo; Víctor Semproni (Claveles Rojos), esta vez de elegante ambo y corbata, hundió el mentón en el ombligo y durmió mientras alguien hacía una exposición sin sustancia; y Daisy Tourné (Partido Socialista) lució un abanico andaluz y un trajecito de un verde tan indefinido que me hizo acordar a "La de los ojos color del tiempo".

 

La tierra ¿de quién es?

Javier Salsamendi (Espacio 609), cuyo espíritu ratificador quedó expuesto en las dos lapiceras azules que colocó en un bolsillo a la izquierda (no podía ser de otro modo) de su camisa, informó el proyecto de ley que establece nuevas normas sobre propiedad de inmuebles y explotaciones agropecuarias.

Dijo que en los últimos años, a causa de la legislación vigente, ha habido dificultades para identificar bienes rurales de grupos dirigidos por autores de maniobras delictivas, en virtud de revestir su titularidad la forma jurídica de sociedades anónimas con acciones al portador. Como el mundo avanza hacia la transparencia en detrimento del anonimato y el ocultamiento patrimonial y de responsabilidades, este proyecto establece que los inmuebles rurales y las explotaciones agropecuarias serán propiedad de personas físicas o de sociedades personales, sociedades y asociaciones agrarias, sociedades de fomento rural, cooperativas agrarias y personas públicas estatales y no estatales. No obstante, un inciso de su artículo tercero, permite que las sociedades anónimas puedan ser titulares de estos bienes si se reconvierten en otras cuyo capital esté representado por acciones nominativas pertenecientes a personas físicas.

Volviéndose cósmico, o tal vez místico, Salsamendi exclamó que "la apropiación de algo que se llama tierra es la apropiación de una parte del planeta". Tal vez por el vuelo de esta afirmación, la sala entró en ebullición y la Mesa, a timbrazo limpio, debió proteger al diputado oficialista. Este hizo su cierre -no sin un amague previo de disputa, a primera vista despareja, con el voluminoso Sergio Botana (Alianza Nacional)- historiando las iniciativas que, en la misma dirección que este proyecto, se han tejido en el país desde 1964.

 

El gran debate

Luis Lacalle Pou (Herrerismo), con voz fuertemente timbrada cual si hubiese recurrido a pilas importadas, informó por la minoría adelantando el rechazo al proyecto. De manera algo estridente, pero sin altivez, preguntó: "¿Qué nos importa más, que un predio sea de Juan de los Palotes y esté lleno de chircas, u otro que esté en plena producción aunque sea de una sociedad anónima?". Y luego lanzó varios golpes a gran velocidad (clavado, las pilas eran las del conejito que nunca se cansa): "Nos preocupa la tierra como factor de trabajo"; "el gobierno pone a las sociedades anónimas con acciones al portador casi como organizaciones delictivas, entonces hay que hacer lo mismo con los dueños de hoteles y casinos"; "esta ley es una amenaza y, si sale, la actividad agropecuaria será sustancialmente distinta".

José Carlos Cardoso (Herrerismo) salió a la arena a continuación con una energía, unos ademanes y una voz tan contundentes que recordaron a "Conan, el bárbaro" (de cuando Schwarzenegger no era gobernador de California): "Si se quiere saber quién es el dueño de la tierra porque se pretende que sea uruguayo, bueno, lo podemos debatir; pero este proyecto no lo dice". Su conclusión fue otro garrotazo: "No es un proyecto progresista sino regresivo, que parece salido de la Edad Media".

Salsamendi, todavía portando las dos biromes, saltó a destruir los argumentos de la oposición. Su esfuerzo fue interrumpido por otra arremetida de Botana, que andaba endiablado, con ganas de fajarse a la salida; por fortuna, las quejas del diputado del Espacio 609 fueron acogidas por la Mesa y pudo acabar: "Los proyectos de Wilson Ferreira y Carlos Julio Pereyra sobre la extranjerización de la tierra fueron del siglo XX, no de la Edad Media".

Cuando parecía que el debate adquiriría la dirección de una cañita voladora, emergió Carlos Gamou (Espacio 609) recordando que hace siete años hubo un debate similar en el Parlamento y ahora se está en lo mismo, "discutiendo por la alfombra cuando se está hablando de la estructura de la casa". Hizo una pausa, respiró hondo, brillándole esplendorosa su rotunda calva, y recordó un principio milenario: "Cuando un fenómeno se puede explicar de varias maneras, la explicación más verosímil es la que requiere el menor número de hipótesis sucesivas". (¡A la pelotita!) Y, tras cartón, parafraseó a Rousseau -sin duda su gran amor- y les enrostró a John Locke, dejando entrever que este pobre hombre se revolvería en la tumba al ver cómo la oposición reventaba su querida teoría del liberalismo.

 

Truco, retruco, vale cuatro

El impacto Gamou provocó casi un minuto de silencio, como si hubiese muerto alguien más que Pinochet y Peñarol. Reaccionó Gustavo Bernini (Partido Socialista), con una sentencia que perpetró involuntariamente un homenaje a la obviedad: "Acá están planteadas dos concepciones políticas de país, muy diferentes, y esto no puede sorprender a nadie".

José Amorín (Lista 15), en tono medido, económico, pero con contenido filoso, opinó que las sociedades anónimas con acciones al portador son un instrumento positivo, que no tiene sentido erradicarlas del sector agropecuario y admitirlas en el resto de la actividad y que Astori sostuvo lo contrario a este proyecto en el propio parlamento: "Nos dijo que la inversión extranjera directa se había duplicado en 2005, básicamente por la compra de tierras por extranjeros".

Alberto Scavarelli (Foro Batllista) introdujo un aspecto legal que, quizás debido a la certeza y rapidez con que lo expuso, desanimó la polémica: "Esta ley es aplicable a los inmuebles donde se realizan actividades agropecuarias pero deja afuera a aquellos improductivos, donde más se podría hablar de especulación".

A continuación, Iván Posada (Partido Independiente), criticando el proyecto a su manera (como Sinatra), se lamentó de que esta discusión no fuese seria. Qué curioso, igual ni siquiera sonrió.

Eduardo Rodríguez (Espacio 609), embutido con discutible elegancia en una remera de destellantes hombreras naranja, defendió el proyecto con gran dedicación y variedad de argumentos y cifras, pero sin advertir que estaba conjugando el verbo redundar hasta el agotamiento.

El debate no paró aquí, porque el oficialismo y la oposición siguieron retrucándose y echándose el envido y la contra flor al resto a cada rato, y a grito pelado, pero lo esencial ya estaba dicho.

Casi al cierre de esta edición, los votos de la mayoría permitieron, como era previsible, aprobar el proyecto. *


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