ISABEL VILLAR
l cabo de un día de agenda intensa, la presidenta Bachelet llegó a la Sala Paulina Luisi del edificio Anexo del Palacio Legislativo, donde la esperaba una nutrida concurrencia femenina. El detalle no pasó desapercibido para la mandataria: los hombres uruguayos brillaban por su ausencia. Con excepción del vicepresidente Rodolfo Nin Novoa, el resto de la masculinidad corrió por cuenta de Chile, que aportó integrantes de la comitiva de la visitante.
Hay que aclarar que Bachelet llegaba a cerrar un seminario binacional sobre participación política de las mujeres, que se desarrolló durante toda una jornada y cuya temática evidentemente no interesó a los varones que, en cambio, sí acudieron puntualmente a otras actividades de la agenda oficial. De entrada, Bachelet reconoció la similitud de los diagnósticos de la condición de las mujeres en la región, lo que la lleva a concluir la universalidad de los problemas, pero también a pensar que ha llegado la hora de "ir avanzando más rápidamente".
Consciente del significado simbólico de su liderazgo en la materia, y valorando especialmente sus efectos, la presidenta destacó que su elección "también es expresión de derrota de la exclusión, de los que creen que hay un orden inmanente e irreversible".
"Ser mujer y estar en política es más que una falda con banda presidencial", advirtió la presidenta en alusión a su propio compromiso en " un tema con fuerte contenido ético".
A su juicio, el gran desafío es " resolver la fragmentación de las sociedades" y una agenda política que configure género y cohesión social va en ese sentido.
Las políticas públicas no son neutras, porque no afectan por igual a todos. "No se puede dar por igual, hay que nivelar la cancha. Las políticas públicas tienen que hacerse cargo de las diferencias que hay en la sociedad", afirma Bachelet.
Por eso en su gobierno procuró dar gestos claros: paridad en el gabinete y también en cargos inferiores; trató de llegar hasta los gobernadores, pero no lo logró.
Por la novedad, fue criticada con el argumento de que hay que estar a los méritos de las personas. Pero, "no son los méritos los que frenan a las mujeres, sino la desigual distribución de responsabilidades cotidianas", advirtió entonces.
Hoy la preocupan prioritariamente tres temas: erradicación de la violencia de género, mayor presencia de mujeres en espacios de toma de decisiones y la conciliación de actividades laborales con vida familiar.
Respecto del primero reconoce que la solución no es rápida ni fácil, aunque considera que sólo constatar los hechos como problema social ya es un paso. El cambio cultural, cree, debe venir desde la sala cuna, donde niños y niñas pueden aprender a relacionarse como pares.
El porcentaje de legisladoras en Chile es de 14%, en Uruguay de 11%. Magro en ambos países y por demás alejado de las respectivas realidades demográfica en términos de sexo, " Una aspira no a privilegios, sino a normalidad en el reparto. Es una torpeza que países pequeños se pierdan esa fuerza (la de las mujeres)", dice Bachelet y suena muy convincente.
"Para echarnos mochilas al hombro, las mujeres somos expertas y no se trata de eso". Con esa introducción, la presidenta destaca que la conciliación entre las responsabilidades familiares y laborales no es un tema de mujeres sino de toda la sociedad. En Chile hay premios para empresas que crean condiciones para esa conciliación. Por otro lado, se acaba de reformar el sistema de pensiones: las mujeres que se jubilen a partir de 2009 recibirán un bono por cada hijo nacido vivo o adoptado, lo que también apunta a proteger la maternidad en lugar de estigmatizarla como carga.
Bachelet ha reivindicado un liderazgo distinto, más inclusivo, más horizontal y lo practica. Se ganó problemas y costos por eso. Apenas asumió, los medios dijeron que la presidenta no tenía autoridad; hoy hablan de vacío de liderazgo. Esto no es casual: la presidencia de un país es lo más masculinocrático. La mandataria es consciente de ello, y de que la diferencia en los símbolos de autoridad tampoco termina allí. Mientras fue ministra de Salud Pública no tuvo que cuestionárselo mayormente, pero sí cuando llegó a titular de la cartera de Defensa. Una mujer acostumbrada a pedir por favor inmersa en un mundo militar donde sólo se ordena, debió cuidarse mucho de " no entrar con el pie equivocado". Concluyó que lo conveniente era hacer las cosas bien desde la partida, incluso formalmente, pero sin caer en el grito. Cuando se ganó el respeto de sus subordinados, se acabaron los problemas.
Como presidenta se enfrentó a la disyuntiva de adoptar códigos que no le eran propios, para que dijeran "es mujer pero habla como un hombre" o tomar el camino más lento- de expresar su liderazgo a su leal saber y entender.
Bachelet está convencida de que la humanidad es parte de la política. "Hay hombres que se permiten un liderazgo más holístico dice, citando como ejemplos a Tabaré Vazquez y a José Luis Rodríguez Zapatero- y mujeres que hacen todo lo contrario, como Margaret Thatcher". "Una tiene que saber mandar, en el sentido de tomar decisiones, y generar un discurso que pueda ser escuchado pero conservando la propia diversidad", concluye. "Ser coherente, consecuente con lo que cree, no rendirse jamás y conocer exactamente de qué se trata lo que está diciendo", son sus principios y los que cree deben sustentar en general las mujeres políticas, a quienes estimula asegurando que "se sobrevive y se puede tener éxito".
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