ntes de ganar las elecciones de 1994, las mujeres de la ANC se movilizaron reclamando una cuotificación que se fijó en el 30%. Quienes entraron al Parlamento, chocaron muchas veces con las posiciones de sus partidos o líderes masculinos por lo que a través de la Comisión mixta para el mejoramiento de la calidad de vida y la condición de las mujeres se pudieron tratar los temas de interés de las parlamentarias por encima de las estructuras político partidarias. Entre sus logros figuran: la ley sobre interrupción del embarazo, que amplía y mejora notablemente las condiciones en las que las mujeres pueden recurrir al aborto; otra que mejora los derechos de las madres a obtener ayuda del padre de sus hijos; la que garantiza a las mujeres embarazadas y a los niños menores de seis años acceso gratuito a la atención médica y la de 1998 sobre violencia doméstica.
Pero el mérito no es sólo sudafricano. La Unión Africana, que nuclea a todos los países de ese continente, ha adoptado el criterio de paridad política desde la Declaración solemne de igualdad sexual (2004). Los indicadores son elocuentes: Ruanda, uno de los países más devastados del planeta, tiene el porcentaje más alto de participación política femenina del mundo; Sudáfrica, por su parte, figura en los primeros puestos del ranking con un 32.8% de parlamentarias y 41.4% de representación ministerial femenina. Cuatro de las nueve provincias en las que se divide el país están gobernadas por mujeres.
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