Sábado, 27 de agosto, 2005 - AÑO 9 - Nro.1933
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Gorriarán Merlo, ex hombre fuerte del ERP y hoy dirigente del Partido para el Trabajo y Desarrollo

La guerrilla quedó atrás

Detenido en México en 1995, condenado en Argentina a cadena perpetua y posteriormente indultado, Enrique Gorriarán Merlo, ex hombre fuerte del Ejército Revolucionario del Pueblo en su país y ex combatiente sandinista, ejecutor de Anastasio Somoza en Paraguay, habla a Proceso de la década perdida, de la guerrilla latinoamericana y de su actual participación en la vida política con el Partido para el Trabajo y el Desarrollo. Asegura que no se arrepiente de haber tomado las armas.

MARCELO IZQUIERDO (*)

 "No me arrepiento de haber
resistido. Aunque me gustaría no haber cometido errores que sí cometimos¨, dijo el ex
jefe guerrillero argentino.
"No me arrepiento de haber resistido. Aunque me gustaría no haber cometido errores que sí cometimos¨, dijo el ex jefe guerrillero argentino.

Enrique Gorriarán Merlo, uno de los ejecutores del ex dictador nicaragüense Anastasio Somoza, asegura que la historia reivindicará a las guerrillas latinoamericanas.

A los 63 años de edad, 31 de ellos en la clandestinidad o en prisión, afirma que el tiempo de las armas quedó atrás y que la lucha pasa hoy, a casi 30 años de la derrota militar de la guerrilla argentina, por garantizarle a la población "un plato de comida".

El ex hombre fuerte del Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP) y guerrillero sandinista en Nicaragua recibe a Proceso en un apartamento de Palermo, un elegante y tradicional barrio de Buenos Aires, pocos días después de lanzar su flamante Partido para el Trabajo y el Desarrollo.

Gorriarán ya no se parece al temido guerrillero que retratan las viejas crónicas periodísticas. Habla pausado y mide cada una de sus palabras. "Siento haber tenido que vivir toda esa época tan dura, pero no me arrepiento de haber resistido", dice este hombre nacido en la localidad bonaerense de San Nicolás y que adoptó como segunda patria a Nicaragua, donde paradójicamente se le niega la entrada por razones de "seguridad del Estado".

Catalogado por sus antiguos compañeros de armas como uno de los más "duros" guerrilleros de los años setenta, su nombre quedó asociado para siempre con el asesinato de Somoza, en Asunción, el 17 de setiembre de 1980. "No se trató de una acción por venganza o un atentado individual, sino de una emboscada contra el jefe de la contrarrevolución nicaragüense", argumenta.

Ocho años después, en plena democracia argentina, comandó el asalto al cuartel militar de La Tablada, en las afueras de Buenos Aires, "para detener un golpe de Estado", según dice. Fue detenido en México en 1995 y expulsado a Argentina, donde la Justicia lo condenó a prisión perpetua. Salió de la cárcel en 2003, indultado por el entonces presidente Eduardo Duhalde.

En entrevista con Proceso, repasa los "años de plomo" de la lucha armada, su paso por Nicaragua, el asesinato de Somoza y su futuro en la política argentina.

--¿Cómo definiría a su movimiento?

--Las caracterizaciones tradicionales están bastante deterioradas. Nosotros decimos que es un partido que busca el desarrollo de un país en el marco de la mayor equidad social posible y en dirección a una igualdad cada vez más plena.

--Sus antiguos camaradas de armas dirían que olvidó nombrar al marxismo...

--Sí, algunos, pero el marxismo es el análisis concreto de la realidad concreta. No reniego de ninguna manera del marxismo. Sólo que dentro del partido hay compañeros de otras corrientes.

--Hace 10 años, en plena crisis pos-URSS, Raúl Castro (jefe de las Fuerzas Armadas de Cuba) dijo que en su país eran más importantes los frijoles que los cañones. Antes la guerrilla luchaba por un cambio profundo en la sociedad, ¿hoy sus antiguos referentes tienen como objetivo garantizar un plato de comida a la gente?

--Sí, tenemos que garantizar el plato de comida: además ha cambiado el contexto nacional e internacional. En los años setenta, nuestra idea era tomar el poder y decretar el socialismo. visto hoy, creo que habría más posibilidades que ahora porque había una tecnología alternativa que era el campo socialista.

--¿Su programa apunta hacia el socialismo como meta final?

--Si uno ve el socialismo como (meta para) lograr una equidad más plena, apunta en esa dirección. Buscamos los mismos objetivos de igualdad social adaptándolos a las políticas del momento.

--En el contexto actual latinoamericano, ¿con cuáles gobiernos se siente hoy identificado?

--Con matices hay un contexto nuevo en el que se va desarrollando una óptica latinoamericana que hasta hace algunos años no existía, con los casos de Venezuela, Cuba, Brasil, Uruguay. Y en 2006 habrá elecciones en Nicaragua y Bolivia, que pueden ensanchar este panorama con los sandinistas y Evo Morales. Nos sentimos identificados con esos procesos.

--Se olvidó de nombrar a Argentina, o no lo incluye entre estos países...

--Estaría incluido en esta corriente latinoamericana. Néstor Kirchner tiene una política destacable en derechos humanos y política internacional, pero en lo económico y social no ha logrado satisfacer las expectativas. Es algo no peligroso, pero preocupante, porque puede llegar el momento en que el consenso se deteriore y pueda ser utilizado por las tradicionales fuerzas más recalcitrantes de la derecha.

 

La historia nos absolverá

--¿Qué le faltó a la guerrilla argentina para hacer el mismo camino que los tupamaros en Uruguay, que hoy integran el gobierno de Tabaré Vázquez?

--El problema es que fue un proceso diferente. Acá hubo 30 mil desaparecidos, intentaron terminar con una generación.

Todos los dirigentes que cayeron en manos de la dictadura fueron asesinados. En Uruguay, los tuvieron como rehenes y lograron sobrevivir. Esto ayuda a reintegrarse al proceso (político).

--¿A la guerrilla argentina le faltó un mea culpa?

--No, no lo veo así. De ninguna manera nos arrepentimos de haber combatido al autoritarismo, aunque en ese proceso obviamente cometimos errores puntuales. Este es uno de los pocos países donde no se reivindica como se debiera a la resistencia. Lógicamente, como nosotros no dominamos los medios ni contamos con aparatos de Estado, nos cuesta mucho el debate diario. Si no hubiese habido dictadura, no hubiera habido guerrilla.

--¿Pero actuaron contra el gobierno constitucional de Héctor Cámpora, en 1973?

--No, no actuamos contra Cámpora. Cuando asume, ofreció una tregua. Nosotros, como ERP, la rechazamos y expresamos que los militares estaban agazapados para volver a golpear. Si bien no atacaríamos al gobierno y a la policía, dijimos que sí íbamos a seguir atacando a las Fuerzas Armadas.

--¿No fue un error de la guerrilla no aceptar la tregua?

--Debemos haber aceptado la tregua, no porque hubiera un gobierno democrático en todos los términos. Subió por métodos democráticos, pero gobernó con un método contrainsurgente de terrorismo de Estado. Entre 1973 y 1976 (durante los gobiernos constitucionales de Cámpora, Juan Perón e Isabel Perón, antes de que ésta fuera derrocada el 24 de marzo del 76), hubo más desaparecidos que durante la dictadura anterior (la del general Juan Carlos Onganía, de 1966 a 1970). El robo de niños empezó en el 74. Si hubiéramos aceptado la tregua, permaneciendo puesto en evidencia que la Triple A (el grupo paramilitar Alianza Anticomunista Argentina, responsable de cientos de asesinatos) tenía una estrategia de poder propia del fascismo. Y eso nos hubiera granjeado un apoyo político más importante.

--Parafraseando a Fidel Castro, ¿cree usted que la historia lo absolverá?

--Sí. Y no me refiero a mí, sino a la lucha. Cuando viene el golpe de Onganía (en 1966), nosotros no lanzamos la guerrilla enseguida. Nos movilizamos para recuperar las libertades perdidas. La dictadura contestó con asesinatos, prisión y tortura.

En 1970 hubo el primer desaparecido. Recién ahí, en julio, decidimos enfrentar a la dictadura por la vía armada. Los hechos históricos recientes no se analizan con la falta de pasión que haría falta también del lado nuestro, y eso ayuda a no tener la objetividad necesaria. Nosotros siempre dijimos la verdad. No hay ningún desaparecido por la guerrilla, ningún niño robado, ningún torturado. Hubo dictaduras, en un contexto de la doctrina de seguridad nacional impulsada por Estados Unidos, que primero violaron la Constitución con los golpes de Estado. Después hubo torturas, asesinatos, tiraron gente al mar, y en respuesta a esto salimos nosotros.

 

La ejecución de Somoza

--¿Por qué no lo dejan entrar a Nicaragua?

--Eso es por el gobierno. Me invitaron varias veces pero todavía estoy prohibido. El día antes de un viaje que tenía previsto, el presidente Bolaños sacó un decreto por el cual me prohibía el ingreso porque podía afectar la seguridad del Estado. Yo confío en que, después de las elecciones de 2006, se revise la medida.

--¿Siente que fue en vano la lucha, que se perdió el tiempo?

--No, porque el cambio profundo está en que en la época de Somoza no había posibilidades de alternancia política. La revolución sandinista era una revolución democrática frente a un Estado autoritario. De ninguna manera se perdió el tiempo. La prueba está en que el Frente Sandinista es hoy todavía la principal fuerza política de Nicaragua, que acaba de sacar 43% de los votos, a pesar de que, como sabemos, en cada campaña electoral Estados Unidos promueve que si vuelve el sandinismo vuelve la guerra y se retiran las inversiones. En esta última elección hubo también una campaña a partir de vincular a Daniel Ortega con Bin Laden, cuando todos sabemos que Bin Laden está ligado a Bush.

--Hay gente dentro del sandinismo, e incluso el propio Fidel Castro, que consideró que Daniel Ortega se equivocó al llamar a elecciones.

--Yo creo que no había otra posibilidad.

--Pero perdieron tres elecciones consecutivas. ¿Qué falló?

--Está el efecto de esas campañas que atemorizan a la gente ante la posibilidad de una vuelta al pasado en cuanto a la guerra. La revolución sandinista nunca tuvo el apoyo que se piensa de lo que fue el campo socialista. Tuvo apoyo pero no el que se supone. Sufrió dos tipos de presión en esa época. Hasta la era de Gorbachov, la presión era para que se declarara socialista, cosa que yo creo que con buen criterio el sandinismo no quiso hacer porque también requería de alianzas con la socialdemocracia y con otros sectores políticos a fin de enfrentar la agresión estadounidense. Y después de Gorbachov la presión fue a la inversa, que no se hiciera socialista sino que aceptara las presiones de Estados Unidos. Entonces, cuando termina de caer el muro, termina el apoyo que tenía Nicaragua del campo socialista que venía a través de Cuba. El país queda entonces en una situación internacional muy comprometida. Y no sólo se dieron las elecciones sino que además se adelantaron.

--¿El asesinato de Somoza en Paraguay fue una decisión suya?

--Una decisión nuestra apoyada por la dirección del Frente Sandinista.

--Cuándo habla de nuestra, ¿a quiénes se refiere?

--Varios de nosotros habíamos sido fundadores de lo que fue la seguridad del Estado nicaragüense, inmediatamente después del triunfo de la revolución. Ahí teníamos los informes de inteligencia más precisos con que contaba el Estado. Lo de Somoza no fue una acción por venganza o un atentado individual, sino de una emboscada contra el jefe de la contrarrevolución que ya había empezado a actuar con el propósito frustrado de retomar el poder.

--¿Después de 25 años, usted considera que fue necesaria la acción?

--Lo que considere yo tiene un valor relativo si recordamos que ese día hubo que decretar feriado en Nicaragua, salió todo el pueblo a la calle, no como reconocimiento a nosotros sino como rechazo a lo que fue Somoza.

--Ese hecho lo marcó como una persona violenta, ¿fue un punto de inflexión en su vida?

--No, porque si uno lo ve desde el punto de vista de América Latina, hay todo un período que va desde el asesinato de Kennedy hasta la caída del Muro en que se produjo una confrontación armada no sólo en Argentina sino en América Latina.

Y dentro de ese contexto fue que nosotros actuamos militarmente como respuesta a esa política de agresión de Estados Unidos. Entonces, ni me arrepiento ni me alegro (por el asesinato de Somoza) porque fue una acción que estaba dentro del contexto de la guerra contra la contrarrevolución en aquel momento. Me hubiera gustado que nunca sucediera ninguna de estas cosas.

 

La detención en México

--¿Se equivocó en atacar el cuartel de La Tablada, en 1989, en pleno gobierno democrático de Raúl Alfonsín?

--Nosotros conocimos la relación de Menem con (el jefe militar golpista Mohamed Alí) Seindeldin. Eso nos preocupó porque reverdecía la alianza cívico-militar que había sido sustento de todos los golpes de Estado desde 1930 en adelante. Y esa fue la razón política, junto a la impotencia del gobierno y la complicidad del menemismo y del vicepresidente Víctor Martínez, para actuar en La Tablada. Había un golpe para derrocar a Alfonsín. Puede ser que no hayamos actuado de la manera más adecuada. La historia será la que diga si exageramos la situación o si actuamos correctamente. Pero nosotros ese día detuvimos el golpe de Estado.

--¿Cómo fue que lo detuvieron en México?

--Fue en 1995. Habíamos estado en una negociación con Menem a través del Movimiento Ecuménico de los Derechos Humanos y nos propuso una especie de negociación para indultar a los compañeros que estaban presos por el ataque a La Tablada. En esos días viajé a México, el 11 de octubre, con el objetivo de activar la solidaridad para el indulto hacia los compañeros y de pedir asilo político. Tenía previsto un encuentro para el día 29 con dos diputados mexicanos. Ese día me detuvieron.

Yo había notado que me seguía la policía mexicana, pero no le di importancia porque pensé que estaban controlando que no hiciera ninguna actividad clandestina partiendo de la tradición mexicana de proteger y no extraditar a perseguidos políticos. No sabía que en esa oportunidad se iba a estrenar otra variante. Me detuvieron en un operativo en el que participaron agentes argentinos. Eso fue evidentemente un acuerdo de Menem con Zedillo porque no hay otra posibilidad de hacer una acción semejante.

Me interrogaron cuatro veces en el cuartel de migraciones. Hasta que me dijeron que había un problema con mi pasaporte uruguayo, a nombre de Juan Alberto Rodríguez Marenco, que era falso. Que mi verdadero nombre era Enrique Gorriarán. Entonces le expliqué lo del asilo, pero me expulsaron a Argentina.

--¿Cuándo fue la última vez que tuvo un arma en la mano?

--En La Tablada.

--¿Se volvería a alzar en armas?

--Ahora la situación ha cambiado totalmente y yo creo que no se va a volver a repetir ese contexto de tener un intento de golpe cada dos años y cuatro meses, como ocurrió desde 1930 hasta 1990. Ojalá no me equivoque. Hoy estamos en una situación social más grave que la de los años setenta, pero con una situación institucional mucho más sólida. Eso permite luchar por los mismos objetivos en condiciones menos traumáticas.

--La última pregunta: usted, ¿de qué se arrepiente?

--De nada. Siento haber tenido que vivir toda esa época tan dura, pero no me arrepiento de haber resistido. Aunque me gustaría no haber cometido errores que sí cometimos. *

*Tomado en acuerdo con la revista mexicana Proceso.


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