ISIDORO GILBERT
El año culmina con un Kirchner con más poder y con un balance que incluye haber sacado al país del default, el pago anticipado al FMI que podría tener el sino de ampliar los márgenes de autonomía económica (y no solo en eso) que deberá verificarse en temas sensibles como la política de tarifas hacia las empresas privatizadas pero sobre todo con una mayor equitativa distribución del ingreso, mejorado algo, pero lejos del ritmo de crecimiento asiático. No es menor haber abierto el rumbo para que sea para educación el 6% del PBI.
La política externa se afianzó en el rumbo del nacionalismo popular, con énfasis en lo regional, diferenciándose en asuntos estratégicos para los EEUU como ocurrió en Mar del Plata y el ALCA. sin tentarse a pelear con Washington, en un marco favorable en el mundo cercano, sea por la victoria de Evo Morales en Bolivia o por el ingreso de Venezuela al Mercosur. Junto al afianzamiento de las relaciones con Brasil, da una fortaleza diferente a la necesaria inserción al mundo desarrollado y ampliar las alianzas pro autonomía con los emergentes de Asia, África y Rusia.
Quedaría el diferendo con Uruguay como una anomalía que requiere sabiduría y no de demagogia que ha creado la sensación a miles de entrerrianos de que las papeleras a instalarse en tierra oriental les perturbarán la vida para siempre, lo que se ha convertido en una fuerza material difícil de controlar.
Kirchner cultiva un estilo de confrontación que es crispante para muchos sectores, sobre todo para amplios sectores de la oposición parlamentaria, que acaso tenga su sustento en la manera tan particular que tiene el peronismo de ejercer el poder, donde la divisoria entre lo legal y lo autoritario puede ser del filo de una navaja. Ese estilo cae mal en capas medias, pero se aplaude en sectores populares; nada es igual.
La reorganización del gabinete nacional y una no despreciable renovación de cuadros en áreas de gestión y legislación, fijaron un desplazamiento hacia el nacionalismo popular y ampliando el papel del Presidente como conductor del universo del justicialismo, con capacidad de dejar fuera de la historia a sus enemigos, Carlos Menem y Eduardo Duhalde, usando a parte de los que fueron sus fieles en papeles de seguidores sin peso propio para modificar el rumbo, al menos, ahora.
Después de las elecciones de octubre con mayor respaldo, control del Senado Nacional y primera minoría en Diputados capaz de convertirse en mayoría mediante convenios políticos y favores para las provincias donde vienen los legisladores, el oficialismo aplica ese estilo avasallador para gobernar y hacer cumplir sus objetivos. El consenso no es lo que aflige al Presidente y lo que opina la oposición o la sociedad mediante redes de ONG, se va convirtiendo más en una formalidad que un espacio de ayuda para gobernar. Pareciera que Kirchner cree que interpreta a las mayorías, como le dicen las encuestas. Incluso cuando hace cosas que a muchos, crispan.
Siempre un hecho resume políticas y estilo y este en la ocasión lo fija el proyecto de reorganización del Consejo de la Magistratura que es el órgano que designa jueces o lo renueve, entre otras atribuciones sobre el manejo del Poder Judicial. Su inclusión en la carta magna, fue una de las concesiones que Menem le otorgó a Raúl Alfonsín para que se aceptara la reelección del presidente, un paso adelante sobre el sistema anterior con casi todo el poder en la materia para el Presidente y el Senado.
La práctica del actual Consejo recibió desde antes de que saliera a luz la reforma, críticas de amplios sectores, pero los cambios propuestos que cabalgan sobre ese descontento por el papel de las corporaciones de abogados y jueces, la modifican con una preeminencia especial de los políticos, de suerte tal que tendrán el control para bloquear cualquier cambio que el Ejecutivo no desee y poder para, mediante alianzas, buscar hacer prevalecer los que busca.
De 20 integrantes, se pasará a 13, donde cinco consejeros responderán al oficialismo, mellando el equilibrio que los constituyentes demandaron para el cuerpo. La propuesta de la senadora Cristina Fernández de Kirchner es resistida en la Cámara baja por todo el arco opositor que se presentó emblocado, lejos de ser una semilla de alternativa al kirchnerismo en 2007, pero con intenciones de bloquear sus objetivos inmediatos, la reforma de marras en especial.
Los cambios no son solamente para mejorar el funcionamiento del Consejo, desburocratizarlo, bajar sus gastos onerosos; busca el control para objetivos que salen de las charlas privadas más que del debate. En palabras de Hebe de Bonafini, la líder de Madres de Plaza de Mayo, que dice de manera plebeya lo que se oye en boca del ala "jacobina" del gobierno, la renovación es para que "se vayan estos 400 jueces de la dictadura, que apoyaron a los milicos, y que apoyaron a los políticos corruptos y chorros, y que apoyaron a la Iglesia. pero ahora si se cambia, esto que se está discutiendo (la ley de reforma del Consejo de la Magistratura), no va a quedar en manos de los jueces y abogados, para que entre ellos se tapen; va a haber diputados y senadores que no van a poder hacer una componenda tan impresionante para que ellos siempre salgan limpitos".
Del otro lado del ring se piensa que el poder de veto que tendrá el oficialismo será una amenaza sobre los jueces, sobre todo contra quienes investiguen casos de corrupción.
La pregunta inevitable es si la necesaria renovación del Poder Judicial no es posible con un Consejo equilibrado. En la imposición (que no es ilegal) mucho tiene que ver la concepción que sobre el poder tiene el kirchnerismo.
En esa imagen deben incorporarse los poderes especiales y otras normas que profundizan el presidencialismo. ¿Todos estos pasos están enderezados a encarnar un proyecto hegemónico como temen los radicales y un sector del socialismo o peor aun, un Estado fascista como proclama, sin mucho auditorio, la líder del ARI, Elisa Carrió?
Lo que surge de todo esto es una aplicación del poder siempre en el filo de lo no constitucional pero además, y dentro del tema en debate, Kirchner fue un factor clave en la remoción de la Suprema Corte que fue funcional a Menem y al modelo neoliberal y la reemplazó por jueces independientes. Bajo su impulso y con el actual Consejo llegaron algunos nuevos jueces federales que por lo que han andado van en la buena dirección sobre todo en lo referente a la impunidad de lo ocurrido en los años de terror donde 2006 será el tiempo de los grandes juicios.
Kirchner acaba de reforzar con recursos y cuadros para que lleguen a buen puerto las 1.004 causas por violaciones a los DDHH con 1.406 imputados, 170 de ellos presos ahora a cargo del servicio penitenciario normal y 26 prófugos. El jefe del Ejército, Roberto Bendini, acaba de enviar a la reserva al mayor Rafael Mercado porque su esposa es la que motoriza la "defensa de los presos políticos (sic)" y el militar que no dice ni mu sobre ese proselitismo, es ya presentado como una víctima del autoritarismo y abre un debate. Y indica que 2006, en ese campo, todo será movido.
La oposición teme y el estilo confrontativo presidencial empuja al campo contestatario incluso a sectores que tienen otra mirada sobre el curso general de la actual administración.
Sea como sea Elisa Carrió logró poner en una misma mesa a los parlamentarios de centro derecha, progresistas o de centro-izquierda e incluso una pequeña pica dentro del oficialismo para tratar de hacer abortar la reforma: hay no menos de dos diputados que no desean ver aprobado el proyecto de reforma. "Al gobierno no lo apoya (en este tema) nadie", proclamó el referente de Pro, el empresario Mauricio Macri, la esperanza blanca de la derecha para 2007, aunque él se ubica como pretendiente a jefe de gobierno porteño.
Carlos Kunkel, que fue el armador del Frente para la Victoria en la provincia de Buenos Aires, un setentista de aquellos, leyó la confluencia en un punto, no más, como un revival de la Unión Democrática, esa coalición entre radicales, socialistas y comunistas (los conservadores no estaban) que quiso oponerse en 1945 a Juan Perón. Para la izquierda fue casi letal ese respaldo a la UD, como se mira ahora no en el furor de la confrontación mundial contra el fascismo, que erradamente se imputó al coronel de la esperanza.
Para razonar: en el siglo XX hubo dos grandes movimientos populares, el peronismo y el irigoyenismo (por Hipólito Irigoyen, el primer presidente elegido por sufragio universal en 1916) y a los dos, la izquierda, socialista y comunista se le enfrentaron. Kunkel que fue un "pesado" en los ´70, sabe dónde pone el dedo.
Pero ni el radicalismo donde tiene en su bloque una reserva kirchnerista, ni el socialismo quieren ir más lejos que en obtener consenso para una reforma del Consejo de la Magistratura sin hegemonismo, ni político ni corporativo. Por eso, el Frente Opositor que promovió Carrió no tiene mayor destino, sobre todo porque la diputada quiere transformarlo en Frente de la Resistencia, que en su lógica va directo a impedir quórum o como dice el jefe del bloque kirchnerista, el setentista Agustín Rossi, uno de los nuevos cuadros, "la mayoría no puede ser avasallante pero tampoco avasallada".
Muchos radicales y socialistas jamás han querido verse fotografiados con Macri y Ricardo López Murphy, pero son entendimientos circunstanciales, no de largo aliento.
Claro que mellan credibilidad en el discurso renovador que impulsa el socialismo, pero ¿qué hacer frente a la locomotora kirchnerista que no le tiene asco en reunir número con hombres de Eduardo Duhalde, Adolfo Rodríguez Saá o Luis Patti, el ex comisario torturador?
Por lo pronto, el kirchnerismo que cuenta con 117 diputados propios con las excepciones señaladas que se verá que hacen en una situación límite, no sólo necesita reunir 129 legisladores para lograr quórum sino que por ser un proyecto de rango constitucional tiene que tener la aprobación de la mitad más uno de la Cámara. Puede que en Diputados no lo logre el oficialismo y el proyecto regrese al Senado con alguna reforma.
Allí, la amplia mayoría kirchnerista no tendría problemas en insistir, y convertir en ley, el proyecto original. Pero los especialistas reparan con eso de que por su jerarquía, la ley necesita en las dos cámaras, no sólo en una, de la mayoría especial y abriría un debate sobre la legalidad de la ley, pese a la insistencia del Senado. Y así serán las cosas en los tiempos que vienen, entre Kirchner y la mayoría de la oposición. *
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