Asediada por mosquitos que inoculan dengue y fiebre amarilla, Esperanza Nuiba, una campesina de 63 años, vive el drama de tener que utilizar para beber y cocinar el agua estancada en las calles de su barriada en la ciudad boliviana de Trinidad, inundada tras dos meses de lluvias.
Esperanza habita una humilde vivienda construida con troncos en las afueras de Trinidad (a 1.500 kilómetros de La Paz), parte de la cual está ahora anegada. La mujer se las ha arreglado para cocinar en una especie de altillo de su choza, de donde desciende tres veces al día en busca de agua.
En los alrededores de Trinidad no hay agua potable a causa del desastre natural y el fantasma de la morbilidad planea sobre la población más vulnerable, es decir los niños y ancianos.
La capital provincial de Beni tiene 90 mil habitantes, 20 mil de los cuales han sido ya evacuados.
"Recojo el agua más claringa (clara)", justifica esta boliviana que recorre en malla de baño su inundado barrio, por donde transitan botes, juguetean los niños desnudos entre aguas turbias y flotan cadáveres de roedores y materia fecal. El drama de Esperanza lo viven miles de bolivianos del departamento amazónico del Beni. Y es que el 50% de su extensión territorial de 213 mil km2 ha quedado a merced de furiosos aguaceros, los cuales recrudecieron desde mediados de febrero. *
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