Martes, 28 de agosto, 2007 - AÑO 9 - Nro.2652
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España: el problema nacional

JOAQUIN ROY (*)

El gobierno español del Partido Socialista (PSOE) ha encargado a la radiotelevisión pública la misión "obligatoria", de contribuir a "la construcción de la identidad y la vertebración de España como país". Además, ha invitado a diseñadores para que sometan logos para representar las instituciones estatales. Estos proyectos recuerdan la función histórica encomendada a la escuela, el ejército y, en cierta manera, la Iglesia, desde el surgimiento del Estado-nación moderno en el alba del siglo XIX.

Resulta significativo que haya sido precisamente el gobierno socialdemócrata actual de Rodríguez Zapatero el que se haya propuesto esta doble senda emotiva y de mercadotecnia. Recientemente, la estrategia favorecida por los socialistas se ha basado en el "patriotismo constitucional", desarrollado por el pensador germano Dolf Sternberger y diseminado por Jürgen Habermas. Es una variante actualizada del nacionalismo "cívico", que rastrea sus mejores herencias a Ernest Renan, basado en la voluntad de adherirse a un proyecto nacional, en lugar de estar sujeto a la fuerza irresistible de unas marcas "nacionales" (lengua, raza, alimentación, clima, etcétera.). Esa lealtad de los ciudadanos debe ser correspondida por el estado benefactor.

El proyecto televisivo se instala también en el contexto de una polémica entre el gobierno y los sectores conservadores, sobretodo los afines al Partido Popular, y la jerarquía de la Iglesia Católica, a causa de la implantación de una asignatura de Educación para la Ciudadanía en las escuelas públicas. Nada tendría tampoco de insólito el proyecto, ya que está presente en numerosos países del globo, bajo

distintas denominaciones y modalidades. Lo han practicado tanto las democracias inclusivas como totalitarismos, desde la fundación del Estado moderno en que la soberanía se concedía al pueblo, en lugar de la monarquía, delegada por la divinidad.

La tarea encomendada por el PSOE no es fácil. Aparte de la oposición a ambos proyectos ejercida en los sectores conservadores de la oposición, conviene sopesar con cuidado cuáles son las razones por las que, en plena senda del siglo XXI, hay que acudir a la televisión para esta misión. España es un modelo de integración europea, está incluida en la lista de la primera docena de países del mundo desarrollado y será este año el número uno en crecimiento económico. Pero debe acudir a la televisión, una asignatura escolar y logos de diseño para promover la conciencia nacional.

La explicación de esta urgencia es sencilla, sistemáticamente soslayada en los análisis oficiales, y desdeñada por la sociedad. En España, la forja de una verdadera conciencia de identidad nacional ha sido un sonoro fracaso, sin que ningún sector, partido, región, o colectividad ciudadana se responsabilice de la carencia.

Falló la instrucción nacional. Fue marginada, salvo raras excepciones de algunos institutos de enseñanza media en contadas urbes. En contraste, el grueso de la educación efectiva se decantó por la inclinación hacia la enseñanza privada de corte eclesiástico, el

preferido por la burguesía y los sectores obreros que consideraban que la forma más rápida de escalar peldaños en la escala social era equiparar la educación de los hijos a la de las familias mejor situadas.

No hubo en suma una educación "nacional", laica y neutral a la que se le encomendó la misión, más que de educar, de formar ciudadanos. Así se hizo en Francia (donde el Estado creó la "nación") y Estados Unidos (donde la escuela gratuita, universal y controlada por los estados y los condados, tenía la misión de "procesar" oleadas de inmigrantes y convertirlos en "americanos").

Fracasó también el ejército, de estructura clasista, excluyente al revés ("los de arriba" pagaban su redención a "los de abajo"), sin más contribución que presentar la única oportunidad para que los hijos de los estratos rurales y provincianos optaran por el abandono de su medio natural y se agolparan en las grandes ciudades. Sin guerras en

todo el siglo XIX, desde la oposición a Napoleón hasta el conflicto con Estados Unidos en 1898, que contribuyeran a la forja de un patriotismo que fuera la base de una conciencia nacional, el ejército se convirtió en fuerzas represoras que fueron cooptadas por el franquismo como herramientas de ocupación.

No se pudo construir una identidad nacional basada en criterios étnicos, una imposibilidad en un pueblo forjado por el mestizaje de siglos. Tampoco se acometió la justificación anclada en unos hechos diferenciales nítidamente detectables. Ni la religión ni la lengua tuvieron nunca la fuerza necesaria para convertirse en columnas

básicas de una conciencia nacional. Por otra parte, mayor derrota por omisión tuvo la plasmación de una nacionalidad inclusiva, cimentada en la voluntad individual.

La identificación nacional ha sido siempre en España una marca impuesta desde arriba, tanto en el ámbito "estatal" como en el "regional" o "autonómico" (en la terminología moderna), debido a la peculiar manipulación ejercida por ciertos nacionalismos periféricos, que han interpretado la identificación "nacional" (antaño, "regional",

y jurídicamente "autonómica") como "patriotismo" irresistible, identitario, impelido por un nacionalismo justificable para oponerse a la imposición "estatal". *

(*) Joaquín Roy es Catedrático 'Jean Monnet' y Director del Centro de la Unión Europea de la Universidad de Miami.(COPYRIGHT IPS)


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