La Habana, AFP
La visita que realizará el presidente Vladimir Putin esta semana a Cuba marca el regreso de los rusos a esta isla del Caribe de la que partieron hace diez años dejando una huella visible: decenas de fábricas obsoletas y miles de anticuados autos Lada.
Realmente son siete años desde que el último soldado de una brigada especial acantonada en Cuba desde la Crisis de los Misiles en octubre de 1962, abandonó la isla, el 5 de julio de 1993.
Pero antes, miles de técnicos, diplomáticos y asesores habían emprendido el camino de regreso tras la disolución de la Unión Soviética, en diciembre de 1991, terminando con casi tres décadas de "ayuda solidaria y desinteresada".
Durante ese tiempo, el bloque soviético se convirtió en el principal socio comercial de Cuba, con el 85% de su intercambio de mercancías, y casi la única fuente crediticia y de colaboración.
La salida de los rusos de Cuba dejó a la isla en la soledad política y en una abrupta crisis económica, que se denominó oficialmente Período Especial.
Los partidarios de Fidel Castro recuerdan con cariño a los "hermanos" soviéticos, que tanta ayuda dieron a la isla, pero guardan ahora recelo al oso siberiano, que se lanzó por la borda y los dejó solos en el barco del socialismo, en un mar más que tormentoso.
Tres décadas de presencia rusa no calaron realmente en la cultura y la idiosincracia cubana, de marcados ingredientes africanos y españoles, una mezcla caribeña muy diferente al espíritu eslavo.
Los "bolos", sobrenombre alusivo a la falta de aristas que les endilgó la gente, nunca fueron aceptados por la chispa, el carácter bromista e informal de los de la isla.
No obstante, florecieron en aquellos años algunos matrimonios ruso-cubanos, muchos de ellos resultado del paso de 200.000 estudiantes y profesionales que se prepararon en la Unión Soviética.
Además de unos cuantos Vladimir, Igor, Mijail, Nadia y Natacha, poco queda en el sustrato cubano, que tal vez sólo recuerda a "Moscú no cree en lágrimas", entre las miles de películas soviéticas que vio.
El paladar cubano tampoco reconoce el sabor del vodka, que jamás cambió por el ron de caña de azúcar. Así como tampoco los rusos se echaron un bate al hombro para saltar al campo y jugar béisbol, el deporte nacional de la isla, ni se contagiaron del ritmo frenético de la salsa o del romántico bolero.
Otro recuerdo bien visible, es el enorme edificio de la embajada soviética, y después rusa, levantada en el residencial barrio de Miramar, desde cuya torre se puede divisar buena parte de la ciudad.
Pero los rusos no regresan a Cuba como se fueron, en mangas de camisa de técnico y colaborador. Ahora visten traje sastre, usan portafolios de empresarios y vienen a hacer negocios con sus antiguos aliados políticos.
Putin es esperado en La Habana con una fuerte presencia empresarial, que ya no hablará en rublos convertibles, sino en dólares y euros, contantes y sonantes.
El relanzamiento de las relaciones que harán Putin y el presidente Fidel Castro, viene precedido de un lenguaje amistoso, pero muy pragmático y desideologizado.
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