Washington, ANSA
Junto a mil reproches y lamentos, Gore se lleva la rabia de no haber podido hacer contar aquellos votos rechazados que, según está convencido, le habrían entregado la Casa Blanca.
La batalla de Gore, iniciada hace 18 meses con el anuncio solemne de su candidatura en la escalinata de un tribunal de Cartago, en su estado del Tennessee, terminó en otro tribunal, el de la Corte Suprema.
El voto decisivo, al final, no fue el de los cien millones de norteamericanos o el de los seis millones de electores de Florida, sino el del miembro de la Corte Suprema de Justicia de los Estados Unidos responsable del fallo por 5 a 4 que obsequió a George W. Bush la presidencia.
Para Al Gore, llamado por su rol de vicepresidente a desbloquear durante ocho años con su voto cada empate en el Senado, ésta fue la ironía suprema.
Le queda ahora a Gore, junto a su convicción de haber sufrido el más grande arrebato de la historia política norteamericana, mil reproches y lamentos.
Para empezar, el reproche de una campaña iniciada y conducida mal, con meses preciosos tirados al aire en busca de un mensaje que no lograba encontrar, con generales que no daban confianza y un equipo sin armonía.
Le queda también el reproche de haber querido cortar del modo más torvo el cordón umbilical con Bill Clinton.
Cuando en 1976 Gore decidió entrar en política y se candidateó en Tennessee para un lugar en el Congreso pidió a su padre, un ex senador, que no se metiera en su campaña ya que temía heredar los errores políticos paternos y quería demostrar que podía solo.
Dos docenas de años después la escena se repitió con Clinton, su segundo mentor.
Pero, este corte abrupto con un presidente exitoso se reveló un error: si Gore hubiera, por ejemplo, conquistado el estado de Arkansas, la patria chica de Clinton, hoy sería el presidente electo de los Estados Unidos.
Además, haber menospreciado la amenaza del "verde" Ralph Nader fue un error mortal para el vicepresidente.
Los votos conquistados por el paladín de los verdes en Florida se revelaron decisivos en la derrota de Gore.
Peor, el reproche más grande para Gore fueron los debates con su rival republicano George W. Bush.
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