Egon Friedler
Entre otros éxitos señala ; que Israel es el segundo país con mayor número de patentes por habitante en el mundo después de Japón ; que empresas israelíes ocupan el tercer lugar entre las compañías que cotizan en la bolsa de Nueva York, después de EEUU y Canadá ; que Israel ocupa el segundo lugar en el mundo en producción de libros por habitante ; que Israel ocupa posiciones de vanguardia en el mundo en materia de biotecnología, irrigación, producción de artefactos médicos, fabricación de satélites y telefonía celular ; que el estado judío tiene un record en el número de profesionales universitarios en relación a la población ; que es el único país en el mundo que entró en el siglo XXI con un incremento neto en la cantidad de árboles ; que Israel tiene el porcentaje más alto de computadoras hogareñas en el mundo, etc. Si se tiene en cuenta que todo esto fue obtenido en un país acosado por enemigos, que ha tenido más de una guerra por década en sus 60 años de vida, que enfrenta la constante amenaza del terrorismo, y que pese a sus problemas de seguridad ha logrado absorber exitosamente a millones de inmigrantes judíos procedentes de los países más diversos y las culturas más diferentes, los logros de Israel asumen dimensiones míticas.
Sin embargo, la fiesta en Israel está empañada por numerosos problemas internos y externos. En el plano interno, un problema legal está jaqueando la estabilidad del gobierno. Ni más ni menos que el Primer Ministro, Ehud Olmert, está siendo investigado por acusaciones de corrupción y una crisis política podría ser inminente. Por supuesto, que en materia de corrupción Israel es una especie de "kindergarten" en comparación con sus vecinos, en una región en la que caudillos y familias reales suelen confundir graciosamente las arcas estatales con sus propios bolsillos, sin que a nadie se le ocurra expresar la menor crítica. Pero la democracia tiene un alto precio e Israel lo está pagando con creces. También es parte de ese precio, gracias al apreciable caudal electoral de los partidos religiosos, el absurdo y abusivo poder teocrático de un Rabinato cada día más distanciado del pueblo y de la modernidad. Pero si los problemas internos más serios en el momento, son solubles a mediano o largo plazo, al igual que los problemas de integración que en algún momento parecieron insolubles, es muy distinto el tema de la paz y el de la inserción de Israel en una región del mundo plagada de fanatismos, odios y conflictos.
El 13 de setiembre de 1993, los líderes laboristas israelíes, Itzjak Rabin y Shimon Peres firmaron en la Casa Blanca en Washington el acuerdo de Oslo con Yasser Arafat destinado a traer la paz al Medio Oriente. Cuando ese proceso estaba por culminar en las conversaciones del año 2000 en Camp David, con la decisiva intervención del entonces presidente norteamericano Bill Clinton, el líder palestino pateó el tablero y lanzó la rebelión civil conocida hoy bajo el nombre de "segunda intifada".
En los casi 8 años transcurridos desde entonces sucedieron muchas cosas en el Medio Oriente, pero sin duda la más importante es que el conflicto israelí-palestino ha dejado de ser una confrontación entre dos nacionalismos. De hecho, el conflicto ha sido secuestrado por Irán para hacer avanzar su revolución islámica en el Medio Oriente. Desde 1967 se esgrime el argumento de los "territorios ocupados" como demostración presuntamente irrefutable del carácter "imperialista" de Israel. Pero cuando Israel en el año 2000 propuso devolver la casi totalidad de los territorios (bajo el gobierno más pacifista y proclive a las concesiones de toda su historia) chocó con el rechazo y la violencia. Hoy las mayores amenazas a la seguridad de Israel proceden de dos territorios que abandonó voluntariamente : del Sur del Líbano, de donde se retiró en el año 2000 y de la Franja de Gaza de donde se retiró en el 2005. ¿Porqué? Muy sencillo, Irán arma a Hezbollah en el Norte y a Hamas en el Sur. Irán está dispuesta a expandir su "revolución" en el Medio Oriente, en base al "prestigio" que puede adquirir en el mundo islámico contribuyendo a la destrucción de Israel. Cuando en la década del treinta del siglo pasado, Adolfo Hitler, prometía aniquilar a los judíos de Europa, nadie quiso tomarlo en serio. Algo similar está ocurriendo con las amenazas de Mahmud Ahmadinejad contra Israel. No hay sanciones ni económicas ni morales contra Irán, y se ignoran sistemáticamente los actos de violencia y la agenda genocida de Hamas, Hizbollah y sus patrocinadores. En cambio, Israel es condenada una y otra vez cuando no tiene otro remedio que defenderse de ataques constantes y deliberados contra su población civil. Esta política de cobardía colectiva está destinada a fracasar, como fracasó la política de apaciguamiento del Primer Ministro británico Chamberlain con Hitler en 1938. La historia enseñó una y otra vez que los judíos suelen ser las primeras víctimas de iluminados megalómanos con ambiciones planetarias, pero nunca son las últimas.
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