Federico M. Zaragoza
Y así hasta estos turbulentos pero esperanzadores albores de siglo y de milenio, porque se ha ganado en conciencia global y conocimiento profundo de la realidad; porque la moderna tecnología de la comunicación permite la participación no presencial, lo que fortalecerá la autenticidad democrática; y porque, muy relevante, la mujer ampliará en pocos años el magro 5% que tiene hoy en día como porcentaje de influencia en la toma de decisiones. Y la conclusión, muy favorable de estos nuevos hechos y oportunidades será que la Humanidad tomará en sus manos las riendas de su destino y hará posible, por fin, el cumplimiento del clarividente inicio de la Carta de las Naciones Unidas: "Nosotros, los pueblos...".
Sí: serán "los pueblos", la sociedad civil, la que, constituyendo progresivamente democracias genuinas, en las que los votantes cuenten además de ser contados en los comicios electorales, en las que sean tenidos en cuenta todos los días y no sólo en los momentos del recuento. El gran cambio será la transición de súbditos a ciudadanos, de una cultura de imposición y violencia a una cultura de conversación y conciliación, de la fuerza a la palabra. De preparar la guerra a preparar la paz. "Si quieres la paz, ayuda a construirla con tu comportamiento cotidiano", siendo actor y no espectador impasible y pusilánime. El tiempo del silencio ha terminado, tanto a escala personal como, sobre todo, institucional. Me gusta repetir que el silencio de los silenciosos es más oprobioso que el de los silenciados. Atreverse a saber... y saber atreverse para contrarrestar el omnímodo y omnipresente poder mediático que nos llena de zozobra y nos uniformiza, hasta el punto de aceptar lo inaceptable (gastar en armas todos los días 3 mil millones de dólares, sin contar con el disparate de los escudos antimisiles, mientras mueren de hambre 60 mil personas diariamente).
Distraídos, no vemos los "invisibles", lo ordinario. Sólo vemos los visibles, las informaciones que describen lo "extra-ordinario", lo insólito, lo atípico. Es necesario conducirnos educadamente, es decir, en virtud de nuestra propia reflexión, "dirigiendo con sentido la propia vida". Es preciso ir poniendo tantas cosas trastocadas en su sitio: los valores democráticos -que según la Constitución de la UNESCO de 1945 son la justicia, la libertad, la igualdad y la solidaridad- en lugar de las leyes del mercado que, como era previsible, han ampliado las brechas y desgarros sociales en lugar de reducirlos; unas Naciones Unidas fuertes en las que se hallen representados "los pueblos" y que cuenten con los recursos personales, financieros y tecnológicos que les permitan tener la autoridad "democrática" que nunca tendrá la fórmula plutocrática de los G-7/G-8; una economía de desarrollo global -con grandes inversiones en fuentes de energía renovables y de bajísimo coste que permitan un acceso generalizado a bienes materiales, la producción, transporte y reciclaje del agua para todos, la vivienda...- en lugar de la actual economía de guerra y especulación, que concentra la riqueza y el poder cada vez en menos manos.
No hay economía de guerra sin guerra, sin preparación para la guerra, sin pretextos para armarse hasta los dientes. Los únicos capaces de oponerse a esta inercia colosal son "los pueblos", es el poder ciudadano, una sociedad civil consciente que no se deje embaucar, que no apoye más que a los gobernantes que, con valentía, estén decididos a la puesta en práctica de los principios universales tan lúcidamente expresados en la Carta de las Naciones Unidas, en la Declaración de los Derechos Humanos... .
La política debe basarse en unos principios éticos generalmente aceptados. Incorporar determinados valores religiosos es inadecuado y peligroso como también lo es -y la experiencia actual lo demuestra- basar la acción política en aspectos estrictamente económicos. "Es de necio confundir valor y precio", sentenció Don Antonio Machado.
Por ello, es tan necesario que la excusa del choque de civilizaciones quede definitivamente excluida y que se afirme la implicación ciudadana y la asunción de responsabilidades por parte de todos, sabedores de que todos podemos. Si unimos nuestras voces y manos, abiertas, tendidas, nunca mas alzadas, entonces lograremos, en un gran clamor popular, reorientar los erráticos rumbos presentes.
Precisamente, el 10 de abril último en el Monasterio de Montserrat -cerca de Barcelona- una reunión de personalidades de los distintos credos religiosos convocada por la Fundación Cultura de Paz difundió una declaración sobre las causas de los conflictos y apremia, de manera muy concreta, a la aplicación urgente de una solución política para la dramática e inacabable situación en el Próximo Oriente, así como en otros lugares del mundo. Creyentes o no, los seres humanos deben ser respetados por igual e involucrarse en acciones solidarias con los más menesterosos. La única condición para el diálogo, abierto a todas las opiniones, es la no violencia, la no imposición. "Todos en el mismo barco -Jesús, Buda, Mahoma-. Todos tenemos el mismo destino", subrayaba en la reunión de Montserrat el ex Presidente de Irán Mohammad Khatamí. En el mismo barco, con el mismo rumbo. ¿Tan difícil es provocar la "explosión espiritual" de la que hablaba Federico García Lorca, que significaría cambiar la fuerza por la palabra? Las religiones deben disponer de eficientes mecanismos de contacto e interacción -como establece la declaración para su eficaz seguimiento- con el fin de evitar prejuicios y estereotipos y ser capaces de contribuir, de este modo, a la construcción de un futuro común donde el deseo de paz deje de ser un saludo para convertirse en una gozosa realidad.
Presidente de la Fundación para una Cultura de Paz y ex director general de la Unesco. Copyright IPS
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